Josip Broz, “Tito”, antiguo partisano en la segunda Guerra Mundial y aglutinador de la federación yugoslava, palmó el 4 de mayo de 1980. El descontrol que se preveía que iba a seguir a su desaparición se materializó en una federación sin cabeza visible pero dominada por Serbia, porque los serbios eran la mayoría del ejército yugoslavo. Pero por la inercia, por la casi ausencia de sentimientos nacionalistas profundos y por el instinto de conservación, que la URSS seguía muy viva y seguía intacta su ansia de controlar los balcanes a pesar de ser Yugoslavia uno de los fundadores del Movimiento de los No-Alineados, se las apañaron para que las seis repúblicas socialistas permanecieran unidas. Eso si, cometieron un error de los de libro: sacralizaron las diferencias interterritoriales organizando una presidencia rotatoria del gobierno federal en virtud de la cual cada una de las repúblicas presidiría el gobierno federal durante un año.
Habían puesto las bases para despertar los dormidos sentimientos nacionalistas, que ya se sabe, se limitan a enunciar de variadas formas la idea básica y profunda de que yo soy bueno porque los otros son malos. Sólo faltaba encontrar razones para que los unos le echaran la culpa a los otros de las cosas que iban mal para que en una tierra llena de paisanos encabronados las palabras pasaran a mayores. Las razones tenían que llegar. Y llegaron, porque esas cosas pasan desde siempre, ya se lo dijo José al faraón Sesostris I hace tres mil años: a siete años de vacas gordas les siguen siete años de vacas flacas, porque los ciclos económicos son así, van y vienen sin que nadie haya sabido detenerlos.
Cuando el mundo occidental estaba empezando a dejar atrás la segunda crisis del petróleo, alla por los años ochenta y cuatro u ochenta y cinco, la presidencia rotatoria yugoslava, el poder central de la Yugoslavia del croata Tito, le correspondía a Serbia. Cuando pasó a manos de Croacia coincidiendo con que la “Guerra de las Galaxias” reaganiana obligaba a la URSS a meterse en unos gastos inasumibles para su economía llevando al caos la planificación socialista, no solo los estudiosos de la política internacional, cualquier observador con información fragmentaria llegaba a la misma conclusión: cuando Serbia vuelva a llegar a la presidencia rotatoria en 1990, en Yugoslavia se lía la de diosescristo.
Ya se sabe que dedicar un porcentaje demasiado elevado del PIB a gastos militares es una receta segura para quebrar un país, hasta Almanzor consiguió quebrar el califato a base de saquear los reinos cristianos, y en eso precisamente consistía la Guerra de las Galaxias: en obligar a la URSS a gastar lo que no tenía para no perder la carrera de las armas con USA, así que una crisis brutal comenzó a deshilachar los frenos de las fuerzas centrípetas que mantenían unidas a las repúblicas socialistas y el mal rollo y la mohina de la falta de harina hacía que los países satélites le echaran toda la culpa de sus males a la URSS de Gorbachov. En noviembre de 1989 el tinglado saltó por los aires, la progresía de Berlín occidental se lanzó a hacer pedacitos y pintadas en el muro para solaz y alegría de los empresarios de televisión mientras el personal de Berlín oriental se paseaba por el otro lado para comprobar que las cosas allí, los escaparates, los supermercados, los coches y los cines eran como salían en televisión. Aún así, con la crisis y la convulsión occidentalizante, Yugoslavia seguía unida y pronto volvió la presidencia de la federación a manos serbias, quebró el sistema de partido único y las repúblicas convocaron elecciones libres en medio de una crisis económica del copón. Muy chungo.
Como no podía ser de otra forma en un país sin hábitos ni sensatez electoral y con diferencias reales entre la gente, las elecciones las ganaron de forma abrumadora aquellos partidos que representaban lo opuesto a lo que había: si Tito había diseñado un estado socialista que aglutinaba etnias, idiomas, alfabetos y religiones, ahora ganaron partidos pro-capitalismo que afirmaban la superioridad de sus correspondientes etnias, es decir, ultranacionalistas populistas que culpaban a los otros de la crisis, del desempleo, del frio del invierno y dequedar los últimos en Eurovisión, salvo en Serbia, que las ganaron los que, capitalistas o socialistas, se consideraban superiores a los demás pero no estaban dispuestos a permitir veleidades secesionistas. Todos sabían que había llegado el momento de no retorno.
Con el mundo paralizado por otra crisis económica (Alemania occidental se había comido a Alemania Oriental, había decretado la paridad de los dos marcos y entre todos estábamos pagando semejante dislate) la fiesta la empezó Eslovenia, que declaró su independencia en junio del noventa y uno. La guerra fue cortita, sólo duró diez días, sospecho que porque Serbia oyó algo sobre que Alemania, que ya estaba que lo tiraba y que se consideraba la reina de los mares y la heredera del Imperio Austrohúngaro, estaba en condiciones de imprimir y regalar marcos a los secesionistas (de hecho, el marco era la moneda que se utilizaba ya por allí, como los dólares en Argentina). Pero aprendió lo suficiente para que no le volviera a pasar lo mismo con lo que venía: la declaración de independencia de Croacia. En cinco años de guerra unos y otros se masacraron concienzudamente.
La película siguió en Bosnia, en Kosovo, en toda la antigua Yugoslavia. Todos sabían lo que iba a pasar, todos sabían que se iban dando pasos que no tenían vuelta atrás, pero nadie hizo absolutamente nada para evitarlo.
En España tampoco había una conciencia nacionalista especialmente desarrollada. Sólo dos regiones querían un cierto grado de autonomía; cosa de poco: unos silloncitos cómodos y bien remunerados, una banderita, un himno, alguna mamandurria para repartir... Pero algunos imbéciles se pasaron de listos y cometieron el mismo error de libro que los sucesores de Tito, el del café para todos. Todos tendrían sus banderas, sus parlamentos sus gobiernos y sus mamandurrias. Y el control de la educación. Y todos se emplearon con denuedo a resaltar las diferencias y a repartir dinero a manos llenas para ir haciendo amiguitos entre los votantes.
Habían puesto las bases para despertar los dormidos o inexistentes sentimientos nacionalistas, que ya se sabe, se limitan a enunciar de variadas formas la idea básica y profunda de que yo soy bueno porque los otros son malos. Sólo faltaba encontrar razones para que los unos le echaran la culpa a los otros de las cosas que iban mal para que en una tierra llena de paisanos encabronados las palabras pasaran a mayores. Las razones tenían que llegar. Y llegaron, porque esas cosas pasan desde siempre, ya se lo dijo José al faraón Sesostris I hace tres mil años: a siete años de vacas gordas les siguen siete años de vacas flacas, porque los ciclos económicos son así, van y vienen sin que nadie haya sabido detenerlos.
Ya se sabe que dedicar un porcentaje demasiado elevado del PIB a gastos clientelares es una receta segura para quebrar un país, Juan Domingo Perón lo consiguió en poquísimos años aunque la economía argentina era tan poderosa como la de los Estados Unidos. En este año 2012 el tinglado del derroche está saltando por los aires, la progresía está lanzada a hacer cualquier cosa y a difundir cualquier proclama, por insensata, absurda y mendaz que sea, que pueda desalojar al pepé del gobierno. Y además, comienzan a hacer efecto dos de las mayores idioteces de aquel profesional de la cosa que era ZetaPe, que Dios confunda: el Estatut de Catalunya y la legalización de los partidos filoterroristas pro independencia vasca.
Pronto, en medio de una crisis del copón, se van a celebrar elecciones en Euskadi, y pronto también se convocarán las catalanas. Nadie duda que las elecciones vascas las vayan a ganar los partidos independentistas, que entre el partido ese que pretendía celebrar un referendum en 2006 sobre la autodeterminación en lo que se llamó el “Plan Ibarretxe”, y los legalizados jaleadores de la ETA van a ser mayoría. Nadie duda tampoco que el Hunurabla President Mas, ese que tiene pinta de jefe de planta del cortinglés, ayudado por el tal Oriol Pujol vaya a plantear como único punto del programa electoral el de “pacto fiscal o autodeterminación”, o sea, que o nos pagan por estar con ellos o nos declaramos independientes. No solo los estudiosos de la política, cualquier observador con información fragmentaria llega a la misma conclusión: cuando los ultranacionalistas gobiernen en Euskadi y en Cataluña, en España se lía la de diosescristo.
En noviembre de 1945, los republicanos de Tito del Frente Popular, liderados por el Partido Comunista de Yugoslavia, ganaron las elecciones con una abrumadora mayoría, entre otras razones, porque la votación había sido boicoteada por los monárquicos, que no quisieron participar en lo que consideraban unas elecciones ilegales. Cuando Bildu y CiU convoquen sus referenda para abandonar España, el gobierno los declarará ilegales y los constitucionalistas no participarán en ellos. Como aquellos monárquicos.
En 1934, las derechas ganaron las elecciones al parlamento de la Segunda República española. Cuando la CEDA pidió entrar en el gobieron por eso de haber ganado, Maciá proclamó el Estado Catalán, el pesoe se levantó en armas y, aunque la rebelión se sofocó rápidamente (el estado catalán duró tres horas), en Asturias provocó algunas decenas de miles de muertos.
Todos saben lo que va a pasar, todos saben que se han dado pasos de difícil solución, que se están dando y se van a dar pasos que no tienen vuelta atrás, pero nadie hace absolutamente nada para evitarlo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario