lunes, 27 de diciembre de 2010

¡Es la libertad, estúpidos! (i)

Empezaba el setenta y seis respirándose mal rollo. Mal rollo político, con Franco casi caliente, sus herederos sin querer apearse del machito del control social (la Caverna, los llamaban) y el Régimen empeñándose en caerse a trozos y sus prebostes queriendo mantener la línea y seguir fusilando rojos, mientras los rojos (poquitos, había poquitos), querían empezar a fusilar fascistas, y mal rollo socioeconómico, que el personal, después de haber pasado de la alpargata al seiscientos eslomándose a trabajar, estaba aterrado por una situación económica que percibía terminal para su bienestar después de tres años en los que se había acumulado una inflación del 54,3 por ciento, con un gobierno arrasando los escasos dineros públicos (los impuestos eran bajísimos) subvencionando desde la gasolina hasta los ruinosos astilleros o la minería, con un paro que se les echaba inexorablemente encima (y que se cobraba indefinidamente, no sólo un par de años) y con los salarios, especialmente los públicos, más que estancados estancadísimos. La inmensa mayoría de las familias españolas perdía poder adquisitivo a espuertas, y la totalidad estaba extremadamente asustada de quedarse a pan pedir.

Con ese panorama de yesca y chispas, se pusieron en marcha un buen número de huelgas que sólo fueron reprimidas un poquito (generalmente caían multas en lugar de condenas para los líderes, aunque acabaran en la cárcel por impago a razón de un mes por cada cincuenta mil de multa). En enero se puso en huelga el metro de Madrid, y aunque sólo era secundada relativamente porque a pesar de que no había regulación de servicios mínimos, quien quería trabajar podía hacerlo, que los piquetes informativos, a fuer ser ilegales se limitaban a informar, provocó una importante indignación. Inmediatamente después se declaró la huelga en Correos y en Renfe, lo que ya era bastante peor, que no había mensacas ni correo electrónico y los coches, los autobuses y las carreteras eran muy parecidos, de verdad, a los marroquíes.

El gobierno que presidido por Carlos Arias Navarro, el que fuera joven fiscal que se ganó el apodo de Carnicerito de Málaga cuando ejercía allí en los primeros tiempos de la posguerra, el mismo Presidente que en 1975 se ofreció a EEUU para entrar en guerra con Portugal tras el golpe fallido contra Spínola en el caso de que triunfase la izquierda y empezase por allí la extensión del comunismo, no pudo soportar la presión, y tras emplearse a fondo Alfonso Osorio, Ministro de la Presidencia, para convencer al General Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, Vicepresidente segundo para asuntos de la Defensa, fueron militarizados los trabajadores de esos organismos. Como vieron que esas decisiones eran bien recibidas, cogieron carrerilla y en febrero militarizaron también a los trabajadores del Ayuntamiento de Barcelona y a los del transporte urbano de Sevilla y en septiembre, con Arias ya cesado y con Suárez empezando los malabarismos, a los autobuses de Madrid, sospecho que más que por necesidad, como excusa para hacer ver la utilidad de empezar a preparar el real decreto que legalizó el Derecho de Huelga y que sigue vigente desde marzo del setenta y siete.

¿Pero qué dices, Gato? ¡Alucinas! ¿Cómo te atreves a insinuar que fuera bien recibido que la sangrienta dictadura franquista militarizara trabajadores? ¡Si esas huelgas eran las que abrían el paso a la revolución democrática por la que todo el mundo luchaba!

Pues no insinúo. Afirmo. Hasta finales de los setenta los franquistas eran muy mayoritario (mira este video de Franco en Bilbao). Sólo algunas élites intelectuales estaban por la democracia y pequeños grupos obreros u obreristas por la dictadura del proletariado, y no fue sino hasta que se convocaron las elecciones a cortes constituyentes cuando este pueblo de súbditos empezó a considerarse de centro, centroderecha o centroizquierda. En aquél setenta y seis la inmensa mayoría de los españoles, que no paraban de ver crecer la delincuencia común, estuvieron encantados de que se pusiera un poco de orden por la vía de someter a los revoltosos a la disciplina y al Código Penal, al Código Penal Militar, por supuesto. Aquella satisfacción popular se debió grabar en el alma de un adolescente Zapatero que si ahora es más bien sandío, de granujiento y presuntuoso jovenzuelo debía ser mas simple que el mecanismo de un chupete. Por lo que nos importa, también se debió quedar archivado en el cerebro brillante y tenebroso del taimado Bubalcaba, nuestro actual Presidente de hecho, que entonces, ya talludito, si que era de los pocos antifranquistas pata negra.

Ahora, los que entonces eran franquistas se han tornado progresistas por la fuerza de la propaganda, pero siguen siendo los mismos débiles súbditos del poder que han sido siempre. Y los totalitarios lo saben, igual que saben que basta una mínima provocación para que se desaten las ansias populacheras de que el poder, que hace tiempo era emanado de Dios, luego fue “legítimo” y ahora se le llama “democrático”, cercene la libertad de quienes son señalados como enemigos del pueblo. Y nada tan efectivo entre esta mayoría de imbéciles cainitas españoles que excitar su envidia para liberar el deseo liberticida.

Así que primero, hicieron públicos los sueldos escandalosos de los controladores. Unos sueldos conseguidos a base de funcionar como cualquier sindicato de clase, como cualquiera de esos que paralizan servicios públicos aprovechándose de que su empresa, el estado, nunca va a concursar hasta el límite de poner a la plantilla en la calle y de que controlan un sector más o menos importante cuyo colapso provoca serias molestias a los ciudadanos y ataques despiadados de la oposición, sobre todo si la oposición es progresista. Y al personal, todo se les va en “exigir” respeto a las justas reivindicaciones de maestros, camioneros, ateeses, o conductores de metro. Bueno, lo de los conductores de metro fue peor recibido porque las víctimas fueron los propios progresistar solidarizables con las reivindicaciones, que además supieron que cada uno de los huelguistas cobra unos dos mil setecientos lereles mensuales. Si además hubieran sido conscientes de que lo que cobran sale básicamente de los impuestos que pagan, quizá todo habría ido peor aún para esa banda de sinvergüenzas.

Y lo de los sueldos abrió la caja tronante de la envidia. ¿Quién no envidia a unos pájaros con una formación de medio pelo, un trabajo más mecánico que otra cosa (eso de ir poniendo en fila los aviones que van llegando para que despeguen o aterrizen uno detrás de otro y no todos a la vez no parece tener mucho misterio), y que se llegan a apretar un millón de euracos cada año? ¿que tienen mucha responsabilidad y que un fallo puede provocar una catástrofe? Pues sí, igual que el camionero que se cruza cada día con centenares de coches a los que no arrolla, igual que el paleta que no deja burbujas grandes en la viga maestra del edificio que se construye, igual que el cirujano que no confunde un bisturí con una cucharilla de café. Que sí, que esos tipos son unos jetas, pero no mucho más jetas que los mineros que han forzado unos sueldos tan enormes que en las zonas donde hay minería no hay otras industrias porque nadie puede igualar los salarios arrancados a la teta del estado, ni más jetas que los maestros públicos que cobran un tercio más que los concertados, ni que los caldereros que se embolsan seis mil de ala al mes porque no hay gente en España que estudie FP para aprender a soldar medianamente bien. Pero los sueldazos de los controladores, que ni son progresistas como los maestros, ni trabajadores en lucha como los mineros, ni especializadísimos obreros manuales como los caldereros, esos sueldos, digo, son imperdonables en este país.

Y, por supuesto, tras hacer nacer una envidia mastodóntica, pudo explotarse. La militarización no fue una medida que se tuviera que adoptar por haberse creado una situación de emergencia, sino al revés: se provocó la emergencia para declarar la alarma y la militarización: la Ministra de Defensa puso en alerta al Ejército del Aire el día anterior al Consejo de Ministros que desató el caos con un Real Decreto Ley. La estúpida reacción de unos ensoberbecidos controladores que se consideran semidioses después de mil batallas ganadas al estado hizo el resto: millones de españoles ciegos de envidia, con al menos un amigo con las vacaciones jodidas y con un cabreo del carajolavela vieron con placer que se militarizaba a esos cabrones multimillonarios. ¡Con dos cojones, Pepiño! ¡Como Franco, pero progresista, como tiene que ser! ¡Que se jodan esos ricachones chantajistas!. Lo único malo fue que no se encarcelara a ninguno de ellos como habrían hecho si fueran del Pepé, y que no se les incautaran los bienes, como hacía la Inquisición, para repartirlos entre los que menos tienen. Tó p’al pueblo, que dijo Guerra. Sed de sangre de rico satisfecha. Con ello se podrá seguir sangrando a esos pardillos sin que se quejen, porque se podrá decir que si es que no ven que contra quiénes vamos de verdad, contra los ricachos que nos quieren dañar tanto como para dejarnos sin vacaciones. De ahí que Zarrías, esa especie de SuperMarioBros con corbata, hiciera aquellas insinuaciones sobre que el Pepé estaba detrás de las maniobras de los controladores.

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