sábado, 22 de enero de 2011

El totalitarismo de los torpes y los cobardes (i)

Al final de la primavera 1973 yo era un adolescente granujiento que acababa de descubrir que esa chica de cerebro poderoso y fantástico sentido del humor que estudiaba en el mismo colegio en el que estudiaron las hermanas de mi abuelo, era, además, extremadamente apetitosa aunque no fuera guapa. Y lo que era mejor, después de una tarde paseando, me había dado cuenta de que yo le despertaba a la susodicha unos impulsos similares a los que yo sufría. Y Allí estábamos, besuqueándonos tímidamente en un banco desde el que habíamos visto ponerse el sol por detrás del Templo de Debod. De repente apareció un municipal tronante que nos preguntaba de muy mala manera que si no sabíamos que allí no se podían hacer “esas cosas”; con mala cara y grandes aspavientos decía que podía haber niños cerca y que se nos veía desde las ventanas de las casas que había a nuestra espalda, mientras sacaba un talonario y un lapicero del bolsillo de la guerrera. Salimos de allí a toda la velocidad que pudimos en dirección a la Plaza de España, que la multa era de cincuenta pelas de las de entonces, diez duros de los de antes de la inflación, un fortunón. El policía aquel no nos persiguió como temíamos, sólo quería asustarnos y que nos fuéramos.

¡Cómo han cambiado las cosas! Gracias a los avances sociales y acabada la ominosa dictadura, ya nadie te dice nada se te pones en cualquier sitio a dar rienda suelta a los instintos. Ahora puedes estar en cualquier parte haciendo cualquier cosa sin que te multen; ya todo se confía a la propia conciencia, que el poder dice que ya nos considera lo suficientemente maduros como para permitir que seamos nosotros quienes decidamos qué es lo que hacemos en público. Menos fumar. Si te pones a fumar en las cercanías de unos columpios, en un bar o en un tomacopas de chunda-chunda, no tardará en aparecer un tipo de esos con aspecto de solidarizarse con el pueblo palestino o una señora gorda de edad indefinida, directiva de la Asociación de Vecinos del barrio, que dará parte a la autoridad por tu indecente actitud para que te soplen un mínimo de treinta lereles a ti y de trescientos al propietario del negocio que permite que en su propio local huela a otra cosa que a fritanga o a sobaco.

Y es que durante la sangrienta dictadura estaba prohibida cualquier muestra pública de afecto, que había que proteger a la infancia de los daños que ese mal ejemplo sin duda les produciría y a los adultos de soportar un asqueroso espectáculo. Pero aunque se estuviera convencido, como lo estaban los biempensantes, la gente de orden, la mayoría sociológica, de que aquello era repugnante, de que era un gravísimo pecado y de que era una degeneración que produciría taras y enfermedades, el personal civil no te denunciaba a los encargados de reprimir conductas perniciosas.

Ahora, que habrá quien incluso considere positivo para la infancia la contemplación directa de lo que antes era considerado como escandaloso por eso de complementar las enseñanzas que deben recibir en el cole, para evitar que los niños puedan aprender malos hábitos han prohibido fumar en las cercanías de los parques infantiles y de los centros de enseñanza. Para impedir que quienes no quieran no tengan que verse obligados a airear su ropa al llegar a casa para desprenderse del fétido olor a tabaco. No se puede permitir que los niños sean testigos comportamientos perniciosos ni que aquellos que están obligados a entrar en cualquier local para emborracharse concienzudamente tengan que soportar el olor de un Winston. Eso sí, somos demócratas y permitimos fumar en la propia casa y en los espacios abiertos que no estén en las cercanías de aquellos lugares dignos de protección para preservar intereses superiores, que no se diga que tenemos tendencias totalitarias, porque medidas así sólo se toman para proteger a la infancia incluso de sus propios padres si es que son lo suficientemente inadaptados como para permitir que sus hijos les vean fumar cuando los llevan a subirse al tobogán, a los enfermos cuando llegan o salen de ver al médico o a los pobres consumidores que, forzados a entrar en los bares, puedan ser afectados por el humo del tabaco.

Ya no es que aparezcan paralelismos entre la actuación social del franquismo y el modelo de sociedad que los enloquecidos y no sé si malvados o idiotas progres buscan, es que las técnicas del control social progresí han superado en eficacia las de los totalitarismos de los años treinta. El control social ya no pretende basarse en la imposición de la voluntad de los autoungidos como únicos conocedores de las necesidades infividuales por medio de la fuerza bruta, sino en la sutil manipulación de la conciencia individual aprovechando tanto el cómodo acriticismo y la deficiente formación de la mayoría, como la debilidad moral de los torpes que se sienten a gusto siendo dirigidos desde las alturas del poder sin darse cuenta del proceso de esclavización que están sufriendo y el miedo de los cobardes a ser calificados como inadaptados, insolidarios o antidemócratas.

Y para conseguir esto, la progresía sólo ha necesitado aprovechar las debilidades de la estructura de nuestras bases culturales: la filosofía griega (que facilita la introducción de unas falacias lógicas en el discurso que unos individuos mal formados no pueden detectar), el derecho romano (que nos lleva al respeto ciego a las leyes aunque sean injustas, que siempre nos olvidamos que las leyes no son justas por ser leyes, sino que son leyes por ser justas) y el cristianismo (que nos imbuye de intensos sentimientos de culpa, especialmente el catolicismo, de amor incondicional incluso hacia nuestros enemigos, y de sacrificio personal), de manera que con muy poco esfuerzo, estos tipos, de pocos principios, pero muy flexibles, han conseguido exagerar las tendencias hacia la divinización de los liderazgos “providenciales” que tanto nos gustan a los españoles, maximizando los peores defectos de esta sociedad torpe, envidiosa, cainita y cobarde. Nos toman por tontos porque somos tontos.

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