“¡Liberté, égalité, fraternité!” Con esa consigna, unos pocos listos se apoyaron en muchos menos listos que ellos para quitar de su sitio a los que resultaron ser unos pocos tontos y ponerse ellos en su lugar. Lo de menos fue que en realidad tuvieran bastante poco interés en la Libertad, en la Igualdad o en la Fraternidad (o si no, que pregunten al sur de París sobre el genocidio de la Vendée), que, en fin, con un poquito de libertad nominal, un mínimo sentimiento fraternal traducido en que se llamaban “ciudadano” unos a otros, y una igualdad reducida a la decapitación de los que eran más desiguales por arriba, el personal quedó más o menos satisfecho. Los más aventajados herederos de aquellos que acabaron con el antiguo régimen se dieron cuenta en seguida de que si lo que pretendían era controlar las vidas y las mentes de sus conciudadanos, y especialmente sus recursos, era necesario tender a la minusvaloración de la Liberté y proclamar ardientemente la Égalité, mientras que la Fraternité nunca ha dejado de ser la excusa para un expolio mayor o menor.
Y así vamos. Quienes nos mandan sólo gritaban “Libertad” cuando no mandaban, ahora tienen la Igualdad por bandera. Dejando a un lado la cuestión de qué es peor, si tratar distinto a los iguales o tratar igual a los diferentes, lo que está claro claro es que la promesa de igualdad mueve a mucha más gente que la de libertad, y no sólo porque ser libre es difícil, que obliga a tomar decisiones, sino más bien porque la igualdad es hija de la envidia y la envidia es el sentimiento que domina el mundo, y de la libertad nacen las desigualdades, el germen de la envidia fácil. Te estoy oyendo pensar “Ya estamos; el Gato otra vez diciendo cosas raras”. Pero no es raro: donde hay libertad, los más listos se imponen y consiguen lo que todos desean, sea eso lo que sea; si hay poco de esa cosa deseada por todos, es decir, si sólo unos pocos tienen eso que todos desean, antes o después se impondrá quien con mejor tino agite la bandera de la igualdad. Lo doloroso es que uno se dá cuenta de que si, pongamos por caso, todo el mundo quisiera tener un caballo de lunares rosas y que sólo existieran diez caballos así, siempre tendría menos seguidores quien propusiera que los caballos de lunares fueran usados por los diez ciudadanos más fuertes, o los más trabajadores, o los mejores jinetes, que quien propusiera prohibir o matar todos los caballos de lunares rosas, que no es tanto que lo tenga quien se lo merezca, que lo de “si no es mío, no puede ser de nadie”.
Los progres son los auténticos especialistas en la defensa de la igualdad en todas sus derivaciones, y tanto lo son, que cada vez que pueden, la cagan como la cagó Alejandro Magno cuando volvió a Macedonia con sus falanges y repartió entre los soldados el tesoro de los persas consiguiendo el primer caso documentado de hiperinflación. Una de las más sangrantes cagadas actuales es el malentendido de la llamada “igualdad de oportunidades”, cuyos términos y esencia se han confundido de forma absoluta.
Durante el franquismo, en la universidad estudiaban los hijos de los ricos y los hijos listos de los pobres, que conseguían becas a base de buenas notas. La aplicación de una política de igualdad de oportunidades absolutamente idiota consiguió empeorar las cosas de forma burda: como los progres pensaban o sabían que en los colegios privados se ofrece una mejor enseñanza que en los públicos (y eso que los profesores cobran un veinte por ciento menos), en lugar de limitar el acceso a la universidad a quien no estuviera suficientemente preparado de una forma absolutamente igualitaria y objetiva, bajó el listón para que todo el mundo lo pudiera saltar y todo el mundo pudiera ser licenciado en algo, así que lo de tener una licenciatura dejó de ser un mérito y dejó de ser una acreditación de conocimientos suficientes. Con la superabundancia de titulados frente a las posibilidades de emplearlos, para poder encontrar trabajo no bastaba con la licenciatura, había que haber hecho un master, algo que sólo se podían pagar los hijos de los ricos porque no hay becas para masters. Los pobres, listos o no, se han quedado con su licenciatura introducida en el orto y preparando oposiciones a cartero o a administrativo en un ayuntamiento, que, por cierto, tampoco les sirven de nada porque aunque saquen la máxima puntuación, las plazas se las llevarán quienes acrediten experiencia como contratados laborales y eso sólo lo consiguen los que ya han estado trabajando merced al enchufe de un poderoso.
¿A quién le extraña que cuando Aguirre ha sugerido potenciar a los mejor preparados los progres se hayan puesto a dar gritos? seguro que a nadie, porque todos sabemos ya que la forma que tienen los progres de igualar las oportunidades es la de cortar la cabeza a quien sobresale, usar la cama de Procusto en su version XS
Pero está todo el mundo encantado, si, encantado con la igualdad. ¡Ahí los tienes! vanagloriándose permanentemente de “la generación mejor preparada de la historia”, que consiste en realidad en la generación con más licenciados, y además, casi todos en paro o subempleados. Porque para esta gente la igualdad de oportunidades consiste en impedir a toda costa que nadie destaque, no vaya a ser que al empollón lo elijan antes que a la choni con la que compartía pupitre en la ESO. Y como hay mas gente inútil que gente lista y trabajadora, la mayoría de los votantes quieren que se impida que a los listos y trabajadores se les note que lo son, que así no les pisarán los trabajos. Que se jodan.
Otro tema derivado de lo de la igualdad es la discriminación positiva. A ver, yo me pregunto que a santo de qué nos escandalizamos porque en los Consejos de Administración de las grandes empresas haya menos mujeres que hombres. Al fin y al cabo, la edad media es de sesenta años, y resulta que hace cuarenta había poquísimas mujeres en la universidad, y la mayoría estaban para adornar el currículum personal y casarse mejor (una de mis compañeras más brillantes, Paloma se llamaba y probablemente se siga llamando, dejó la carrera a mitad del último curso porque se casaba y no le servía de nada terminar). Lo lógico es que los mejores empresarios de sesenta años sean hombres. No digo ni mucho menos que las mujeres de sesenta tengan peor cabeza que los hombres de sesenta, incluso me da igual que la tengan mejor, digo, simplemente, que esas mujeres brillantes se dedican a otra cosa. Los progres están tan empeñados en la discriminación positiva que están incluso dispuestos a hacerla obligatoria. Su primer intento lo paró Don Jesús de Polanco (que Dios tenga en su Gloria) diciendo en público y alta voz para que todo el mundo le oyera “Mujeres en mi consejo? ¡Ni hablar!” y allí se acabó la intentona. Pero volverán a ello, a ver si colocan a Leire en alguno.
Y claro, como hay mucho merluzo por ahí suelto, con la mandanga de la igualdad de oportunidades y la discriminación positiva se hacen y se dicen auténticas sandeces. Y tiene su gracia cuando esas majaderías tienen su reflejo en el BOE, porque aparecen publicados auténticos dislates. Las estupideces que se han podido oír a costa de la segregación de Espe me han recordado unas cosillas de hace cuatro o cinco años, cuando ya se empezaban a apagar los ecos del Talante del cantamañanas.
Hay una corriente que, con el pretexto de acabar con la discriminación a las minusvalías, impulsan la obligatoriedad de tener minusválidos en las empresas y en la administración. De verdad que creo que un abogado del estado debe saberse la Ley Hipotecaria al dedillo, vaya en silla de ruedas o corriendo a todas partes, de verdad que quiero que los maestros de mis hijos sean buenos profesores, aunque sean ciegos o tullidos, que el cirujano que va a abrirme las carnes y va a meter las manos en mi duodeno esté en su sano juicio, sepa lo que hace y conozca perfectamente el oficio. Pero puede que, por mor de la igualdad y la no discriminación, la cosa no sea así.
El caso es que los progres son tan rematadamente cortitos, que cada vez que dicen una progrez, van, la meten en una Ley y les sale lo que les sale... Con motivo de estas histerias de la discriminación positiva obligaron a reservar plazas en las ofertas de empleo público para los minusválidos y a quienes sufrieran retraso mental. Suena bien, pero sus efectos pueden ser demoledores.Es tan increíble lo que cuento ahora que probablemente lo quieras comprobar, así que pulsa aquí para acceder a la disposición publicada en el BO de la Junta de Andalucía el 22 de junio de 2007. La consecuencia de publicar la progrez en un boletín oficial es que si se convocan plazas de cirujanos, hay que reservar plazas para quienes sufran minusvalías o retraso mental. Si te vas a la última página del enlace que he puesto, el cuadro que hay allí enumera las plazas reservadas por el Servicio Andaluz de Salud a discapacitados, lo que incluye las plazas para RMLM (Retraso Mental Leve o Moderado) y para DFSS (Discapacidad Física Psíquica o Sensorial). O sea, que si el Tribunal que adjudicó las plazas fue lo suficientemente talibán, puede que en Andalucía te toque dejar que te clave un bisturí un cirujano bipolar en su fase maníaca asistido por un anestesista diagnosticado como retrasado mental. Por lo menos, las plazas para ellos estaban convocadas, y tratándose de Andalucía, a lo mejor ya estaban “dadas” a algún militante o familiar de alto cargo.

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