miércoles, 30 de noviembre de 2011

La deuda

Estoy seguro que todos los pesimistas y conspiranoicos nos quedamos convencidos de la inevitabilidad del bochinche soberano cuando en septiembre de 2010, nuestro casi casi expresidente de gobierno se asomó al Wall Street Journal y soltó aquello de “la crisis de deuda que afectaba a España, y a la eurozona en general, ha pasado”. Y es que cada vez que el incompetente de marras abre la boca, la caga.

Por supuesto, no ha sido así. Como siempre, el susodicho pollo ha fallado en su predicción (o le han pillado la mentira por el simple paso del tiempo): la crisis de la deuda soberana ha ido a más. Irlanda hizo lo que tenía que hacer, y prácticamente ha eludido la fiesta, pero Grecia se quedó parada con sus mamandurrias y, por lo pronto, tienen a un funcionario europeo al frente del gobierno que ya se ha puesto el uniforme de estricta gobernanta, en Italia se pulieron a Berlusconi y colocaron otro euroburócrata a mandar; sospecho que su misión está más decantada hacia que los italianos se decidan a pagar impuestos que a cortar sinecuras y privilegios. Y en España acabamos de darle una sonorísima patada en el turiferario al adolescente ensoberbecido que nos metió en el follón. Ahora empiezan los navajazos entre ellos, que no hay más que leer el terrorífico editorial de El País del otro día para darse cuenta de lo que se les viene encima: quienes hace nada bebían los vientos por el Rapsoda de Copenhage, hoy le achacan lindezas como “incompetencia y falta de densidad política”, “torpeza poco común en el manejo de los tiempos””caudal político [...] dilapidado de manera insensata e innecesaria”, “arbitrariedad y nepotismo en sus decisiones de política industrial”, “lentitud en reaccionar” “incompetencia para los asuntos de la gobernación”, y exigen “su dimisión inmediata” para restaurar “las estructuras de una formación política amenazada de ruina”. Mientras tanto, los psocialistas, incluyendo al propio Zetapé, insisten en que Europa debe comerse los bonos emitidos para sufragar los inmensos gastos de esas economías dirigidas más por las populistas promesas electorales de candidatos enloquecidos que por la sensatez que debe tener un gobernante mediano.

Y ahora que por fin van a pasar inmediatamente a la negra oposición de los ciento diez escaños, me voy a permitir el lujo de estar de acuerdo con ellos: Europa está obligada a comerse la deuda soberana de los países europeos.

Te estoy oyendo pensarlo... ¡Jooder, Gato! ¡Manda güebos que digas esas cosas!. Pero no, no te alarmes, que hay razones que aclaran que esto no se aleja de mi forma de pensar habitual, porque para que esta maravillosa civilización funcione, para que siga teniendo tanta capacidad de crecer y de crear como para ir colaborando decisivamente a que cada vez haya menos gente en condiciones de pobreza (si, cada vez hay menos pobres) y cada vez más países se incorporen al bienestar (si, cada vez hay más sitios donde se vive bien: mira Corea, Thailandia, Brasil, Chile, o incluso, pronto, China), es imprescindible que cuando el ciclo viene mal dado, los estados puedan tirar de déficit para sufragar los estabilizadores automáticos, y si los inversores no quieren comprar esa deuda, los bancos centrales están obligados a hacerlo creando dinero de la nada (y así lo hace el Banco de Inglaterra y la FED). Y es que la deuda soberana siempre ha sido un puerto más o menos seguro para los ahorradores, que los hay también en tiempos oscuros, porque los países que emitían deuda para financiarse, en último extremo podían poner en marcha las rotativas oficiales, fabricar más moneda y pagar hasta la última de sus deudas. Eso siempre ha garantizado “la indiscutible solvencia de la administración” que repite una y otra vez nuestro Tribunal Supremo. Vale, eso crea inflación, pero las deudas las pagan siempre, y en dinero de contar.

Entonces, Gato, a ver si te aclaras, ¿cómo es que muchos países han entrado en default si es que le pueden dar a la maquinita? Pues porque puede llegar un momento de tal descontrol, que sea preferible o inevitable dejar de pagar y pasar unos años jodidos y sin inversiones externas a meter tanto dinero en el sistema que la inflación se dispare en una espiral que provoque que el dinero deje de valer y salten unos conflictos sociales del carajolavela que acaben en el linchamiento físico de prominentes miembros de la clase política y financiera. Pero en el fondo, si se hace con cuidado, siempre se puede tirar de máquina y pagar, aunque me da la impresión de que sólo se puede acudir a ello por razones coyunturales, nunca para financiar insensatos déficits estructurales como los que tuvieron las repúblicas sudamericanas en los setenta y ochenta por pura estulticia –justicialista o militar, por supuesto-, o tienen los países menos dotados de Europa cuando se han visto gobernados por una patulea de incompetentes demagogos empeñados en convencer a sus incompetentes votantes de que gracias a esos mismos gobernantes incompetentes habn conseguido ser más ricos que antes.

El resultado es de todos conocido: era tan solemne Zetapé, tan listillo Berlusconi, tan insensato Papandreu (y Karamanlis antes que él), que no pudieron o no quisieron darse cuenta de que antes o después los alemanes, franceses o suecos iban a dejar de poner pasta, ni de que siquiera en caso de necesidad iban a poder poner en marcha la imprenta del dinero porque no tenían la maquinaria, que desde hacía años ya se la habían cedido al BCE, un nido de cabrones que no quieren ayudar a mantener el estado del bienestar, con lo que las probabilidades de dar un trueno y dejar de pagar han pasado a ser menos que remotas.

O sea, que los inversores, que son unos cabrones y que han elegido a “los mercados” para dominar el mundo, sólo le prestan dinero con un tipo de interés razonable a los países que (i) tienen las cuentas ordenaditas, no gastan más de lo que ingresan y mantienen sistemas políticos estables y esquemas económicos fiables, o (ii) tienen las cuentas bien ordenadas y unos sistemas económicos y políticos fiables y sólidos, y pese a que gastan habitualmente algo más de lo que ingresan, le dan a las rotativas sólo lo suficiente para cubrir ese desfase en el orden interno, con lo que la inflación, aunque algo alta, está relativamente controlada (estos países pagan un sobrecoste más o menos equivalente a la inflación que genera la inyección de billetes). Para invertir en los países que tienen las cuentas hechas un asco o tienen un sistema político en el que en cualquier momento aparece un mercachifle prometiendo lo que no está escrito con tal de llevarse un puñado de votos, les tienen que ofrecer unos intereses mucho más altos, porque si no, no arriesgan sus ahorros con el cantamañanas. Si el país necesitado gasta más de lo que ingresa de forma fija y no porque un año hayan venido mal dadas, y además no puede imprimir su propio dinero por cualquier causa, los inversores lo crujen más aún, que entonces ya no se trata de que les vayan a devolver la deuda con inflación, sino directamente del riesgo de no cobrar porque el deudor no tiene acceso a la creación de dinero.

Cuando un país tiene necesidades crecientes y su máximo dirigente jura que no va a recortar derechos sociales, sean tradicionales o de recientes reciente implantación (y no sólo no los recorta, sino que los “perfecciona” incrementando su número), si los dueños de su máquina de hacer billetes se declaran públicamente hasta las gónadas de pagar AVEs hacia ninguna parte, cheques bebé, planes E o Z, parados a espuertas consecuencia de una rigidez laboral nacional sindicalista o legalizaciones de millones de inmigrantes con libertad de circulación y dispuestos a colapsar los sistemas de salud, y deciden que ese país no muede tener esas cosas si no las puede pagar solito, y que ellos no lo van a seguir haciendo porque no quieren cargar a sus ciudadanos con ese impuesto de pobres que es la inflación y que sólo pondrán la pasta si el pródigo se corta y se deja de derroches, puedes apostar un busto a que antes o después los cabrones de los inversores van a dejar de prestarle.

Y por supuesto que el BCE debe financiar el desequilibrio fiscal de los países que hasta ahora han tolerado la elusión fiscal o han dilapidado en gastos innecesarios más de lo que podían. Y lo va a hacer, pero siempre que esos países entren por el aro de comprometerse a gastar sólo lo que puedan pagarse. Cuando se pongan en orden y dejen de creerse ricos, dejen de hacer el idiota y se den cuenta de que son mucho más pobres de lo que creían, entonces sí, entonces el BCE empezará a hacer anotaciones en vacío en sus cuentas y creará dinero para ayudarles/ayudarnos a pasar el trago con una ligera inflación que sufriremos todos los europeos pero que nunca llegará a los dos dígitos.

Y a los países que no quieran dejar de gastar más de lo que ingresan, les devolverán la maquinita de imprimir para que jueguen a los papás ellos solitos. Y a ver cuánto aguantan sin una inflación del dos por ciento mensual como la que tuvimos en España a finales de los setenta o sin dejar de pagar pensiones, funcionarios, sanidad o petróleo.

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