Me había levantado muy temprano para coger uno de los primeros ave, había desayunao poco y quería comer algo. Me fui al vagón cafetería. La minibarra estaba casi vacía: dos mujeres tirando a pijas, la mayor ahíta de botox, una treintañera tomándose un zumo de bote y un bocadillo de jamón con un aspecto maravilloso, un señor con tirantes probablemente de Ciudad Real y una pareja joven con niño gritón. Dentro de la barra, un camarero más bien joven, alto y flaco, con aspecto de licenciado en filología eslava y aparentemente habitual de manifestaciones y lector de El País, que se ve obligado a opositar a algo facilito (a renfe en este caso), y en la cocina, un señor mayor y una chica joven que parecían no hacer nada. De charleta.
Me acodo entre las pijas y la del bocadillo, y de inmediato se me acerca el camarero filólogo.
-¿Qué quiere tomar?
-Buenos días. Un bocad...
-¡Oiga, oiga! –corta con tono indignado la mamá del nene gritón -¡que estamos nosotros antes!
Tampoco era para ponerse así... Me encogí de hombros. Bueno, pensé, tampoco pasa nada. Pronto me di cuenta de que si pasaba. El camarero se acercó a la pareja. Eran dos pasos dentro de la minibarra, pero el camarero como que tardaba en dar el primero y cuando terminó el segundo, esperó a tener los dos pies juntos y la mano apoyada en la barra para preguntar
-¿Qué quieren tomar?
-Dos cafés con leche y dos tostadas con mantequilla y mermelada
El filólogo se dió la vuelta y se puso enfrente de la cafetera, abrió un cajón y sacó un sobre circular de café, lo puso en la cafetera, se movió un poco, abrió un armario, sacó una taza, la puso debajo de uno de los pitorrillos de salida del café, puso en marcha la cafetera y se quedó observando cómo se llenaba la taza. Cuando estuvo por la mitad, paró la cafetera, volvió a abrir el armario de antes, sacó un plato, cogió la taza y la puso sobre el plato, y las dos cosas delante de la mamá enfadada.
Volvió a darse la vuelta, abrió el mismo cajón y sacó otro sobre circular de café, lo puso en la cafetera, se movió un poco, abrió el mismo armario, sacó otra taza, la puso debajo de otro de los pitorrillos de salida del café, puso en marcha la cafetera y nuevamente se quedó observando cómo se llenaba la taza. Cuando estuvo por la mitad, paró la cafetera, volvió a abrir el armario de antes, sacó otro plato, cogió la taza y la puso sobre el plato, y las dos cosas delante del papá del crío insoportable.
-¿Cómo quieren la leche?- Yo ya alucinaba con el camarero.
-Caliente
El filólogo volvió a darse la vuelta. Abrió otro armario, sacó un brick de leche, lo puso al lado de la cafetera, volvió a abrir el primer armario para sacar una jarrita, la puso al lado del brick, cogió la leche, llenó la jarrita, guardó el brick en el armario, calentó la leche en la cafetera, llenó las dos tazas de café –era la primera vez que hacía algo que sirviera para dos cosas- se dió la vuelta, dejo la jarrita en el fregadero y se volvió a encarar con la pareja
-¿Cómo querían las tostadas?
-Con mantequilla y mermelada- Al unísono.
El pseudocamarero pasmao abrió el armario de las tazas, sacó dos platos y los puso uno al lado de otro, abrió el armario donde estaba la leche, sacó una bolsa como de pan bimbo, cogió dos rebanadas con unas pinzas, dejo una en cada plato y la bolsa de pan en el armario, lo cerró y le dió los platos con el pan a los de la cocina.
-Tostadas con mantequilla y mermelada- les dijo.
-Ya les toca a las del bótox- pensé ingenuo. Para mi estupefacción el simil filólogo se quedó en la puerta de la cocina esperando que le dieran las tostadas. Hasta que no se las dieron, no se movió de allí. y hasta que no le dio la cuenta a la pareja del nene repugnante, se la pagaron, abrió la caja y les dio las vueltas no se arrastró hacia las pijas para empezar el mismo espectáculo de incompetencia, desidia y falta de profesionalidad.
Más de media hora estuve esperando el bocadillo. Eso es bastante menos tiempo que el que llevan buscando trabajo las varias decenas de miles de excelentes camareros que se quedaron sin trabajo cuando se prohibió fumar en los bares. Pero aunque sea un incompetente, aunque odie su trabajo, aunque sea un inútil que está perjudicando la rentabilidad de la cafetería del tren, aunque tenga a los pasajeros hasta las gónadas, su puesto de trabajo es intocable: son sus derechos. Y a los míos, que también los tengo a un servicio decente y a que mis impuestos no sufraguen la desidia, que les vayan dando.
¿Qué pasa? ¿cómo coño un tipo tan excepcionalmente incompetente podía estar ocupando un puesto de trabajo que desempeñaría con eficacia, aprovechamiento y alegría cualquiera de los profesionales que hay en el paro? ¿Por qué un filólogo en funciones de camarero, es capaz de faltarse al respeto a sí mismo y no intentar siquiera realizar dignamente el trabajo por el que se le paga?. El caso es que esta actitud la he visto decenas, quizá centenares de veces en gente aparentemente equilibrada y al menos medianamente inteligente (y también en muchos imbéciles, pero suelen ser sindicalistas). Sería impensable que algo así pasara en un país civilizado. Contaba no recuerdo quién en un ABC de hace decenios que se quejó a un amigo en Nueva York porque la cajera del supermercado era seriamente ineficiente, pero su interlocutor le aclaró que en USA no había habido paro desde la Guerra Mundial, y que la gente que valía para otras cosas no trabajaba de cajero en un supermercado, porque lo ineficiente es tener ahí a alguien que pueda hacer eficazmente otra cosa, que la gente eficaz hacía otros trabajos más complicados.
Pues probablemente lo que pase es que el tipo ese, como le pasa a miles de tipos como él, después de acabar la carrera se encontró completamente imposibilitado de encontrar trabajo, que aunque haya una cierta necesidad de licenciados en filología eslava, especialmente para dar clase también de filología eslava, hay muchos más licenciados que trabajos, así que el buen hombre tuvo que buscarse los garbanzos en algo menos etéreo ¿En qué? Pues en lo que menos esfuerzo requiriera y más seguridad ofreciera: en alguna oposición estatal. Dicho y hecho. Y como las oposiciones tienen eso, que exigen sentarse y estudiar, aunque sea opositar a camarero de renfe, lo más fácil es que las saque alguien habituado a hacerlo. O sea, un universitario; pero ese universitario no quedará de ninguna manera feliz por haber conseguido un trabajo seguro, sino todo lo contrario, estará jodido por no poder ejercer la profesión a la que ha dedicado tantas horas de cafetería,. Ese universitario, inexorablemente, se convertirá en un resentido.
En este país desgraciado las cosas son así, al menos en el campo de las administraciones públicas. Aquí, un indocumentado que ha acabado el bachillerato de milagro puede llegar a ministro, mientras que un doctor en física puede verse abocado a opositar a administrativo o a personal responsable de parques y jardines (para cubrir la plaza, por ejemplo, de aquel al que hicieron presidente del Parlament catalán, que manda gúebos). Estos cabrones han conseguido desvertebrar España, han conseguido sacar lo peor de el pueblo español. y además, nos han dejado con una progresía crecida en su resentimiento.
Porque el resentimiento es la energía de la que se alimenta el voto progresista. Decía Gregorio Marañón en las reflexiones que acompañaron su biografía de Tiberio, que “el resentido pasa muchas veces, ante los ojos inexpertos, con una apariencia de respetabilidad. Suele ser esta falsa virtud del resentido afectada y pedante; y alcanza en ocasiones la rígida magnitud del puritanismo”. El resentido debe justificar su misantropía y sólo puede hacerlo disfrazando el resentimiento con argumentos de moralidad superior. Si su desgracia es fruto de la injusticia, el luchará por la justicia universal que, eso es lo que espera y se calla, le llevará al puesto dominante que él cree que se merece; mientras tanto, exigirá que se requise toda aquella riqueza que él no puede alcanzar, aunque sea para repartirla entre los que más lo necesitan. Hoy el resentido no es tan burdo como para querer apropiársela a la vista de todos, le basta con ser el designado para distribuirla y disfrutarla entretanto. Esta moral miserable del resentido ha sido detectada, reconocida y permanentemente fomentada en España, que casi parece la cuna de la envidia y el cainismo.
Quizá se ha hecho inconscientemente, pero todo el sistema educativo español parece encaminado a crear un inmenso número de resentidos bien formados, con capacidad de influencia social y fácil movilización. Son los miembros de la generación mejor formada de la historia, son los que deberían apuntalar el bienestar de la nación pero son el grupo más destructivo que pueda imaginarse. Les encanta sentirse “gentes de la kultura” y “activistas solidarios”, pero sólo han disfrazado su resentimiento de pacifismo, solidaridad, multiculturalismo y defensa de las libertades, y se les nota el disfraz cuando se les mira de cerca y se da uno cuenta de que pretenden imponer sus ideas por cualquier medio aunque sea usando la fuerza y la represión de las ideas no afines.
¿Pero cómo se ha conseguido que haya tantos universitarios resentidos? Uno de los mensajes que va de suyo en el discurso progre es el de la igualdad, y como subespecie, el de la igualdad de oportunidades. Partiendo de ahí, consideraron injusto que la universidad fuera sólo para los ricos, aunque para ello tuvieran que mirar a los universitarios y no a sus familias (entre las que había ricas y pobres): un tipo con una carrera ganaba más que un currito sin ella, ergo la universidad era para ricos. Aunque el silogismo era del género idiota, prometieron cambiar la situación, de manera que en cuanto tuvieron la posibilidad de hacerlo entraron a saco en los esquemas universitarios y, en aras de la supuesta igualdad, fomentaron que cualquier merluzo pudiera acabar con un título colgado de la pared, hasta que consiguieron que España fuera el país del mundo con mayor porcentaje de titulados universitarios en las últimas generaciones.
No sé si cayeron en que tener el puesto de trabajo adecuado para esos licenciados o doctores era mucho más importante que tenerlos a ellos, así que también consiguieron que fueramos el país con mayor porcentaje de universitarios subempleados del mundo. Las empresas privadas se cuidan muchísimo de contratar gente sobrecualificada: saben que son una fuente de conflictos porque tienden a dejar de hacer las cosas que deben hacer porque se sienten por encima de la tarea, vamos, que con su doctorado en Historia del Arte, picar datos en un ordenador es un insulto, y “para lo que pagan...” pues dejan de trabajar y se dedican a meter cizaña en su departamento. Y eso lo hacen bien y concienzudamente. Las empresas privadas no contratan a futuros o actuales resentidos, porque (otra vez D.Gregorio) “los poderosos deben saber que a su sombra crece inevitablemente, mil veces más peligroso que la envidia, el resentimiento de aquellos mismos que viven de su favor (...) es muy típico de estos hombres, no sólo la incapacidad de agradecer, sino la facilidad con que transforman el favor que les hacen los demás en combustibles de su resentimiento”.
Estos resentidos son los que están deseando ajusticiar a Rajoy por haberles quitado la extra de navidad sin motivo alguno, porque ni hace falta rescatar a los bancos españoles, dado que nuestro sistema financiero es el más sólido del mundo, ni existe una crisis de deuda que nos impida fomentar el crecimiento incurriendo en más déficit y sin tener que hacer recortazos.

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