Hace diez años, cuando los llamados “Tercera Vía” asaltaron el poder en el Psoe y pusieron a Zeta al frente con la inestimable colaboración de la codiciosa gente de Balbás, los guerristas ansiosos de negar el pan y la sal a Bono y darle, además, una prostrera puñalada, y esencialmente los catalanes, que habían visto en su desmedida ambición el mejor ingrediente para que tragara el chantaje, pasé por una temporada en la que me alteraba cuando me daba cuenta de que esos chicos tan sin oficio ni beneficio fuera de la política habían perfeccionado hasta cotas inimaginables las tradicionales capacidades psocialistas, ya muy bruñidas por los gobiernos tontilistos de González, de decir una cosa y su contraria con aspecto de estar convencidos de ambas, y la de soltar las más evidentes y desvergonzadas trolas que pudieran imaginar si sospechaban que eso les favorecería mínimamente, sin permitir que se les alterase un músculo de la cara, y que además, esta Tercera Vía le había añadido el superpoder de soltar las más grandes gilipolleces sin ponerse colorados (probablemente porque no se dan cuenta de que son mamarrachadas puras y duras).En mis alteraciones ante esas muestras de desfachatez e impudicia se alternaban la indignación, por lo que representaban en cuanto a indudables disfunciones en los sistemas democráticos que permiten que gentes de semejante jaez llegaran a puestos de responsabilidad en la vida de mi país y la ansiedad por tener el futuro en manos de una enorme cantidad de votantes educados desde sus primeros años para ser perfectamente incapaces de darse cuenta de nada no propagado por los canales oficiales de la programación basura, y muchísimo menos de que estaban aupando no ya a unos descarados manipuladores y mentirosos patológicos, sino a una tropa que no sabía hacer la o con un canuto, a una sarta de incompetentes cuyas limitaciones intelectuales podrían ponernos al borde de una pendiente que nos llevaría inevitablemente a la argentinización de los derechos y las obligaciones, e’icir, o sea, que todos tendremos todos los derechos hasta que se acabe el dinero, y después seguiremos sin obligaciones, pero reclamando al maestro armero la devolución de esos derechos que, gritaremos, el imperialismo nos ha arrebatado.
Uno de los momentos en los que más se me levantó el alipori (que no me daba la risa de puritita piedad) por las sandeces que nos soltaban fué a partir del 1 de enero de 2002, cuando desapareció aquella heróica peseta suplantada por el invento europeo al que orgullosamente nos adherimos cuando Aznar consiguió llevarnos a lo que era impensable cumplimiento de los criterios de Mastrique. En aquellos momentos lo que más preocupaba a los sinsorgos de la Tercera Vía era “el redondeo”. era la demoníaca figura en la que veían los males del capitalismo feroz, la maldad intrínseca del empresariado español y la avaricia de los poderosos. “No puede permitirse que los empresarios acudan al redondeo para enriquecerse más a costa de los que menos tienen”, decían, “es una estafa al consumidor, el precio de las cosas no cambia porque se use una unidad de cuenta distinta”. Para mi sufrimiento, la campaña caló en los puretas, que se apuntan a cualquier gilipollez que les suene justa de entrada y que venga acompañada de un mínimo de lógica aristotélica o matemática simple aplicada. Tanto caló la bobada que incluso muchas autonomías de las percibidas como “sensatas” (evidentemente no me refiero a Cataluña, Euskadi, ni a ninguna de las gobernadas por el Psoe, claro) tuvieron que anunciar la puesta en marcha lo que los diferentes gobiernos psocialistas ya habían asegurado que iban a hacer, esto es, organizar unos comandos de inspectores de consumo que andarían atentos por los bares, los restaurantes y los comercios de al pormenor velando porque no se acudiera a ese malvado redondeo que co tanta expresividad delataba la insaciable avaricia de los empresarios. Era imprescindible aplicar estrictamente el cambio: cada euro debía representar ciento sesenta y seis coma tres ocho seis pesetas.
El problema al que nadie aludía (unos por no enterarse, los empresarios porque no se les viera el plumero, probablemente) era que de forma inmediata se pusieran los cafés a un euro y las camisas a veintinueve con noventa, como sucedió en poquísimos meses porque esos precios eran los que los españoles estábamos dispuestos psicológicamente a pagar (y pagamos sin chistar). Pero los puretas exquisitos y los propagandistas psocialistas ni lo sospechaban, ni lo denuinciaron, ni lo combatieron (y así nos luce el pelo, por cierto, que cada vez que me tomo una cerveza a quinientas pelas se me pone tanta cara de idiota como mala sangre). pero eso es lo que tienen los puretas, que se preocupan una barbaridad por los centimillos que se escapan usando las simples matemáticas de primaria al multiplicar la cantidad inicial (redonda, completa, elegante) por el bodrio ese de ciento sesenta y seis coma tres ocho seis, y no se enteran de lo que pasa o va a pasar a pocos centímetros de sus gafapastosas narices.
En fin, esa era una bonita muestra de las estupideces alimentadas por el escasito nivel mental de nuestros progres, pero provocadas y aireadas a los titulares por el ínfimo discernimiento de los chicos de la Tercera Vía. Aquella primera fila integrada, para nuestro regocijo primero, y nuestra vergüenza después, cuando empezaron a mandar, por Zapatero, Pepiño y Caldera era de las de memorizar para siempre como aquella delantera que fué del Athletic de Bilbao en los años cincuenta y que puede repetir de memoria media España (Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza) pero por lo contrario, no por la gloria, sino por la infamia. Pero decía antes que lo que más han llegado a perfeccionar estos eruditos ha sido la capacidad de decir una cosa y la contraria reduciendo hasta límites inusitadamente enfermizos el tiempo entre ambas contradictorias afirmaciones.
El máximo nivel conocido. la mejor nota de la historia la acaba de obtener el gran Pepiño. Ha reducido a cero el tiempo que media entre la afirmación de una cosa y su contraria. Ha dicho: “la paciencia del gobierno es infinita, pero se nos está empezando a acabar...” al cabo de los conflictos con los controladores. Unas verdadera exquisitez para los cazadores de chorradas y gamusinos.
Alguien bienintencionado podría pensar que se trata de una especie de figura literaria creada por el gran Pepiño, Yo no, y no porque no sea bienintencionado, que sincera y humildemente creo que lo soy, sino porque también creo conocer el paño de este tropel que nunca me defrauda, y el de Pepiño es un caso de libro de incompetencia intelectual. Además, si sus escasas luces le permitieran discernir la contradicción o la imposibilidad del fin de la eternidad (un abrazo, Isaac), su tendencia patológica hacia las afirmaciones contradictorias sería lo que le habría llevado a poner semejante sandez en todos los titulares sin pararse a pensar de que se trataba de una sandez. Así que insisto, mi opinión es que decir esa bobadase debe no tanto a su afinidad con la mentira propagandística como a su limitado seso. Y es que, con Lombroso, muchas veces veo claro que la cara es el espejo del alma.

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