martes, 1 de febrero de 2011

Dos no discuten...

...si uno no quiere. De verdad me creo lo que dice la sabiduría popular, aunque tenga importantes objeciones, porque es evidente que eso es así, pero para que el supuesto se pueda llegar a dar es necesario en la mayoría de los casos que, además, el que no quiere discutir tenga una paciencia jobiana y una intensa seguridad en sí mismo, pero sobre todo, es imprescindible que el otro, el que sí quiere discutir, sepa que el primero es más fuerte y que si sigue por el camino de la discusión, puede que el sosegado se acabe cansando y le sobe los hocicos.

El Mejor Socialista Que Ha Conocido Pepiño (que sí, que de verdad lo dijo así el sábado en Zaragoza) mantiene que en todo caso se debe evitar la discusión. Sus ansias infinitas de Pazz y su íntimo y pleno convencimiento de que es la maldad intrínseca del cristianismo y del capitalismo lo que ha llevado a los muy beatíficos países que no sufren esas lacras a su actual situación de pobreza le ha hecho estar seguro de que es eso y sólo eso lo que provoca la tendencia al enfrentamiento con el ubérrimo, cleptómano y malvado occidente del tercer mundo. Es inútil intentar convencer al Rapsoda de Copenhague de que algunos países se ven pobres sólo porque hay países que se ven ricos, que si no existiera occidente nadie se vería pobre (y la esperanza de vida seguiría, en el mejor de los casos, en los tradicionales cuarenta años), pero que los pobres son mucho más ricos que hace escasamente un siglo gracias a que los malvados ricos han descubierto cosas como los antibióticos, las vacunas, la producción masiva de todo tipo de herramientas, los medios de transporte suficientes para que puedan vender sus productos y recibir productos ajenos, el conocimiento de la higiene como prevención de las enfermedades, la utilidad de la cultura para mejorar la vida de los pueblos... Y qué decir de que él mismo sabe que hay países pobres porque los ricos han creado medios de comunicación eficaces y carísimos.

Con esos presupuestos autoculpabilizantes del occidente progresí, era inevitable que alguien de pensamiento tan superficial y tan ñoño como ese insensato de la sonrisa concluyera que la tendencia al enfrentamiento se supera devolviendo a los pobres lo que les robamos (o sea, pasta para sus jefes) y hablando, dialogando en foros multicultis en los que los enemigos de occidente se quedarían satisfechos y dejarían de odiarnos viendo el arrepentimiento sincero de los cristianos, de ahí la inútil, trágica y carísima bobada de la Alianza de Civilizaciones.

Porque es que si al vergonzante sentido de culpa de los progres le unimos ese infantil providencialismo que da por solucionados los problemas interculturales a base de verse capaz de sacar de la necesidad material a las culturas basadas en el animismo o en el Islam quitándole el dinero a los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres y creando, de paso, nuevos ricos en los países ricos, mientras dialogamos pacíficamente con los sátrapas que se mantienen en el poder a distrayendo a sus súbditos con la acusación de la culpa de occidente en los males de su pueblo, le unimos la escasa perspicacia de nuestros mandatarios (o sea, de los que siguen nuestros propios mandatos, que a este botarate le hemos encargado dos veces, dos, que disponga de nuestro dinero), no podemos esperar que mire un poco más allá de sus narices cuando se enfrenta a una perspectiva agresiva y deje de pensar en esa sinsorgada de que dos no discuten si uno no quiere.

Cuando uno se da cuenta de que el afán discutidor del otro viene causado por un cabreo coyuntural, porque circunstancias ajenas a la normalidad llevan a buscar un desahogo o porque alguien se siente momentáneamente importunado, lo de evitar discutir tiene muchas ventajas porque lo que se busca es mantener un buen tono de convivencia. Sin embargo, si de lo que te das cuenta es de que alguien quiere iniciar una discusión con el único fin de encontrar un motivo de agresión violenta, no lo dudes chaval, o sales corriendo dejándote la copa y la dignidad en la barra, o, a menos que tú seas más fuerte o le hagas creer que lo eres, te van a dejar la cara como un mapa.

Pero estas reglas tan simples, que se aprenden por las buenas o por las malas durante la adolescencia, se le han atragantado a esta gauche divine que guía nuestro deambular desnortado, que cualquiera diría que los progres nunca se han visto en una trifulca tabernaria y que son incapaces de darse cuenta de lo que pasa a su alrededor. Todo lo fían al talante, al diálogo y al buenrollismo.

La traición de los meapilas multicultis a la cultura grecorromana y cristiana que permite a la progresía intelectual vivir como reyes y que nos ha llevado a la creación de una sociedad sana, próspera y libre quedó santificada en España con la portada de El País del 12 de septiembre de 2001: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”. El malo era Bush, lo malo eran las represalias que ese satán podía tomar contra los pobres y pacíficos islamistas que sólo se estaban defendiendo de los abusos. Nadie dijo nada contra las manifestaciones de júbilo que llenaron las calles de cenizas de banderas americanas desde Rabat a Islamabad. Cuando ardieron los barrios de Paris en los disturbios de 2005, no tardaron en convencernos de que el odio en las calles de los adolescentes franceses de abuelos argelinoso senegaleses se debía a su marginalidad económica, a la falta de perspectivas a la que les condenaba el sistema capitalista. Cuando se quemaban banderas y embajadas porque alguien había dibujado al profeta, nuestros brillantes intelectuales condenaban las ofensas a las creencias ajenas y consiguieron que se acosara policialmente a un iracundo barbudo que anunció su intención de quemar un corán. Cuando Irán se puso a centrifugar uranio, todos le reconocieron el derecho a buscar energías alternativas con fines pacíficos y se propusieron negociaciones multilaterales. Cuando Chavez acordó con los ayatolláhs la apertura de centros islámicos a dos pasos de USA, nadie le dió importancia. Cuando en todo el oriente próximo y medio se comenzó a asediar a las comunidades cristianas, se callaron y cuando se les empezó a asesinar en las iglesias, se condenaban los hechos con la boca pequeña mientras en voz baja se hablaba de que los abusos de los cristianos occidentales sustentando regímenes coloniales hacían comprensibles las masacres.

Cuando saltan los tunecinos para llevarse por delante al gobierno corrupto que entre todos manteníamos para que frenara el integrismo, nuestros intelectuales y los abajofirmantes habituales se felicitaban por que las ansias de democracia empezara a llegar al Magreb. Cuando la mecha de la rebelión prendió en Egipto contra el individuo con el que se había conseguido la división de los árabes en su guerra de exterminio de Israel, lo único que dicen estos superpacifistas superdemócratas supersolidarios que nos gobiernan es que desean que la voz del pueblo egipcio consolide la democracia. Cuando en Marruecos el paro y la pobreza saquen a la calle a los que aún no se han atrevido a cruzar el estrecho, hablaremos todos de que las ansias de paz y libertad del pueblo va a acabar con un régimen despótico.

Cuando, caídos los gobiernos prooccidentales del mundo árabe y en sus países tomen el poder las únicas fuerzas organizadas, las integristas, les instaremos a dialogar y a mantener los tradicionales lazos de amistad, les pagaremos nuevas mezquitas en nuestras ciudades y promulgaremos leyes por las que será delito la ofensa a su religión o impedirles librar los viernes, abriremos piscinas exclusivas para sus mujeres en todos los pueblos de España y les daremos un horario propio para usar la playa.

Cuando los mismos disturbios de Túnez, Egipto, Marruecos, Argelia, Jordania, Arabia Saudí o Yemen, estallen en los barrios no integrados de los multiculturales París, Londres, Bruselas, Amsterdam o Copenhage, y de Hospitalet o El Egido, llamaremos a la calma y hablaremos otra vez de capitalismo, pobreza y desesperación por la falta de futuro. Cuando se convierta en habitual oir estallar suicidas rasurados en el metro, en los trenes, en los grandes almacenes, en las macrodiscotecas, hablaremos de terrorismo y lo condenaremos en funerales multireligiosos, y apelaremos a no generalizar y a no confundir una religión pacífica con grupúsculos terroristas aislados y fanatizados. Llamaremos xenófobos y racistas a los que propongan cualquier medida de control, de respeto a las costumbres o de integración en los países de acogida y silenciaremos a quienes denuncien la Taquiya, el obligado disimulo de los creyentes en territorios hostiles al profeta. Legalizaremos los matrimonios polígamos y financiaremos con nuestros impuestos las escuelas coránicas.

Como no nos pongamos a hacer esfuerzos serios sin que ningún país se haga el remolón, sin que ningún medio de comunicación occidental se atreva a pedir otra cosa, sin que se perdone a ningún clérigo laico de los de barba, vaqueros, chaqueta de mana y pisacacas que lo vaya a criticar, como no impidamos todos a una y de cualquier forma (aunque sea impulsando regímenes semidemocráticos de musulmanes moderados bajo vigilancia continua, como el de Turquía) que los fundamentalistas tomen el poder en todo el Magreb, cuando veamos que se cumple el sueño que confesó en el cuarenta y siete Amin el Husseini, Gran Mufti de Jerusalen, de completar la obra que Hitler dejó inacabada, cuando veamos que tres generaciones de palestinos refugiadas durante más de medio siglo sin permiso para integrarse en sus paises hermanos vuelven a las tierras que abandonaron para dejar paso a las fuerzas árabes que iban a aniquilar a los judíos el día de su independencia al grito de “¡degolladlos!, ¡degolladlos a todos!”, cuando sepamos que una bomba nuclear iraní ha pulverizado Tel Aviv, nos daremos cuenta de que la Tercera Guerra Mundial comenzó en Túnez y no hicimos nada para evitarlo.

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