Siempre he mantenido que una de las cosas buenas que tiene vivir con un perro en la familia es que -a la fuerza ahorcan- se recupera el placer del paseo. Con dos o tres paseos obligatorios cada día haga frío o calor, con lluvia o con sol, si no le encuentras el gustillo a lo de sacar al perrito, estás perdido. Y como yo soy uno de esos desgraciados que intentan siempre ver el lado positivo de las cosas, hace mucho que decidí que lo de los paseos diarios era algo de lo que disfrutar, y los disfruto. Me encanta pasear a mi perro incluso esas veces en las que parece especialmente incómodo. Me pasa con mi perro como supongo que les debe pasar (y si no les pasa es que, como mucha gente mantiene, están verdaderamente enfermos) a los que se embuten en esos pantaloncillos pintorescamente enjutos y, vacunados por nuestro Gran Timonel contra el inevitable ridículo que él tiende a hacer en la playa sin dejar huella o intentando seguir a Cameron sin que se le caiga el bofe, se ponen a corretear diariamente por las calles: que me costaría prescindir de ello aunque el tiempo fuera de los de quedarse en casa envuelto en una manta leyendo un libro tocho y con una botella de oporto a mano.
Anoche tuve uno de esos paseos raros que tocan de vez en cuando: cuando ya estaba bastante alejado de casa, el cielo se abrió y empezó a dejar caer agua como si lo echara de menos. Agua a cantaros en gotas que empezaron finas y de inmediato se volvieron enormes al tiempo que pasaban de caer hacia abajo a caer muy inclinadas por un ventarrón que me daba en la cara. Pero los perros no se dejan impresionar por esas menudencias y el mío seguía olisqueandolo todo como si no pasara nada.
Y en realidad, no pasaba nada. Me dí cuenta de que hiciera lo que hiciese me iba a poner como una sopa por eso de que mi casa quedaba lejos y no iba a parar de llover, y decidí intentar disfrutar el momento. ¡Coño!, ¡¿sabes que me gustó aquello?!, ¿sabes que el agua fria en la cara es agradable, que la sensación del agua cayendo por el cuerpo cuando ya ha empapado toda la ropa es agradable, que es divertida la cara con la que te mira la gente que corre sin paraguas levantando los hombros, como si haciendo eso se fueran a mojar menos?
Cuando por fin llegamos a casa y me sequé me quedé más a gusto que en brazos, pero empecé a preguntarme si cabe asumir todos los malos rollos con la misma deportividad y quedarse tan a gustito después. Me acordaba de los centenares, quizá miles de adultescentes que vi en la calle una noche que salí a cenar hace alrededor de un mes y que estaban tan contentos con la que cae, pero que ni pueden ni quieren secarse.
El caso es que soy de poco nocturnear. Recuerdo que hace unos cinco o seis años, dos veces seguidas que salí a cenar, cuando intenté volver a casa, ya con el metro cerrado, me encontré con las calles llenas de coches pero sin un solo taxi libre, y como las dos veces me tuve que volver andando a casa y cada vez que se me plantea lo de salir me entran sudores fríos, aunque desde entonces no me haya vuelto a pasar. Era cuando éramos ricos y hasta los taxistas tenían derecho a salir los viernes y no trabajar, y para cuatro que lo hacían, la demanda era tan alta que si no se te apeaba alguien en tus mismos morros, era imposible pillar la lucecita verde. El otro día era todo lo contrario. Había cientos de personas en colas quilométricas para subirse al buhobús, y colas quilométricas de taxis vacíos esperando que alguien les levantara la mano.
Aunque hacía frío, las puertas de los bares de copas estaban llenas de gente en grupos en los que alguien fumaba. Se les veía encantados. Ahí estaban. Los de la generación más preparada de la historia con sus pantalones caídos, los más, soplando a costa de la asignación semanal de papá y los menos, tirando del menosquemileurista sueldo del trabajo temporal mientras intentaban pillar cacho.
Y es que todos esos jóvenes y jóvenas, esos que son la generación más preparada de la historia (en cantidad, no en calidad), es la generación que creció entre logses y sin milis, los primeros que aprendieron que el esfuerzo no tiene ni debe tener recompensa, los que son sujetos de una miríada de derechos que el estado debe subvenir y los que sólo han mamado cainismo y odio a la discrepancia. Esos adultescentes se han convertido sin saberlo en deudores permanentes del poder que les facilita vacaciones que casi no tienen que pagar, que les permite seguir estudiando gratis aunque no se esfuercen ni un poquito, que les apoya en su deseo de seguir siendo eternanente unos mozalbetes sin responsabilidades a base de alargarles la duración del carné joven casi hasta la primera senectud, pero a quien, a cambio, le han entregado su inconformismo, su creatividad y su capacidad cultural.
Fíjate en que la generación más preparada tiene un nivel de paro que duplica el de los Estados Unidos de la Gran Depresión, que la inmensa mayoría de ellos irá el resto de su vida de un trabajo mal pagado al paro hasta que encuentren otro subempleo temporal, que los que de entre ellos encontraron un empleo estable por eso del azar, se vieron empujados a firmar una hipoteca para comprarse un zulito en el PAU de Quintocoño que van a tener que estar pagando hasta que lleguen a la edad de jubilación, si es que tienen la suerte de no pasar una temporada desempleados y que el banco no se la ejecute. Y aunque duela, están tan encantados como estaba yo secándome la lluvia. Pero ellos no se secan la que cae, porque nunca podrán salirse de la que ha caído.
¡Qué coño que no podrán salirse! Lo que pasa es que no quieren salir, que se vive comodísimo tirando de los derechos que tienen por haber nacido y respirar, que es que hemos vuelto a aquellos tiempos imperiales en los que estaba mal visto doblar el espinazo y aquí todo el mundo era hidalgo y tenía el derecho y la obligación de no dar palo al agua, de no esforzarse. Y ahí está la madre del cordero. Estos ingenieros sociales comandados por un inepto demenciado que vinieron a crear el Hombre Nuevo en los trenes de Atocha son sólo la última oleada de destrucción de la prosperidad no sé si de forma intencionada o por pura estupidez. Se han encontrado con la primera generación que ha mamado que el esfuerzo no se debe premiar, que el estado es responsable de todo lo malo que les pueda pasar y por tanto, está obligado a conseguir que vivamos estupendamente porque nos lo merecemos, y que todo aquel que triunfa lo hace a base de explotar al obrero, defraudar a la sociedad y corromperse.
Y claro, esta gente no puede estar por la libertad. Porque la libertad pone a cada uno en su sitio: al tipo listo que curra como un desesperado lo llevará arriba, al brillante pero vaguete le deja sobrevivir casi tan dignamente como a ese otro más bien zamuzo pero que se deja los cuernos en el tajo o la oficina y al indolente de pocas luces lo podrá en donde se merece, a vivir de la caridad pública, o de las políticas sociales, que así se llama ahora. Y eso, para esta generación tan preparada es inadmisible. La igualdad es para ellos un artículo de fe, un derecho inalienable. Ninguno está dispuesto a admitir que su colega del instituto, ese repugnante empollón, pueda vivir mejor que él. Si además creen, porque están muy preparados, en esa falacia que ha hecho fortuna entre los multicultis de que la economía suma cero, de que si los ricos son cada vez más ricos es porque los pobres son cada vez más pobres, no estarán dispuestos a quedarse atrás, entre los pobres. Y no es que vayan a ponerse a exigir un escenario en el que eslomarse a trabajar y demostrar lo que valen, no, lo que van a pelear hasta la muerte es que se impida que la libertad permita que otros más esforzados y mejor preparados que ellos, tiunfen.
Es algo que estamos viendo. Los adultescentes (y las Federicas, esa ancianitas fascistoides que votan UPyD) son quienes de mejor grado aceptan la prohibición de fumar, para defender los derechos de los no fumadores (¿qué derechos ni qué coño?), los que les parece estupendo que no permitan que se vendan chuches y cocacolas en los institutos, que hay que proteger la salud "de los más jóvenes", los que defienden que la mejor forma de ahorrar gasolina es prohibir pasar de 110, los que dicen que hay que prohibir los negocios privados en suelo público, o sea, fuera chiringuitos de la playa, los que para defender y de paso exterminar el toro de lidia, defienden la prohibición de la Fiesta, los que reconocen el derecho de los artistas a vivir de su obra (otra falacia, que el derecho de los artistas es el de “intentar” vivir de su obra, es decir, el de producir algo que el público quiera comprar y vendérselo a un precio que esté dispuesto a pagar), aunque puedan protestar contra la Ley Sinde, que deben pensar que los artistas bastante tienen con las subvenciones, que no deben contar con que ellos gasten un duro de los pocos que tienen para copas en pagarles, son esos adultescentes los que fusilarían a los peperos, son los que odian con especial saña a la Lideresa. No se si lo saben, pero si los odian es porque odian lo que ellos defienden con mayor empeño; la libertad individual para elegir cuál debe ser el destino de tu dinero, el colegio de tus hijos o el médico que antes o después perderá la batalla y te dejará llegar mansamente al hoyo que tu hayas elegido.
Desgraciadamente, sólo los inconformistas que siguen trabajando y esforzándose podrán cumplir con aquella promesa entre estúpida y malvada de volver al corazón de Europa. Pero de una forma literal, con el recurso a la emigración, votando con los pies, que ya vino Angela Merkel a reclutarlos. No nos acordamos, ni leemos, ni queremos enterarnos, pero hace tan poco tiempo que dejamos de salir de nuestro país expulsados por la pobreza, que la Constitución vigente todavía dice “Artículo 42. El Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno”. Volvemos a lo mismo. ¿Quién dijo que la Constitución estaba sobrepasada?
Y son esos adultescentes liberticidas que se encuentran tan a gusto con la que está cayendo porque tienen derecho a prestaciones sociales, quienes a pesar de todo van a volver a votar a los que les han hecho creer que tienen la mejor formación posible, les permiten insultar y agredir a los cristianos, abortar cuando quieran y casarse entre ellos si son gays, aunque, a cambio, les han dejado fumando en la calle, haciendo cola en el buhobús, con trabajos temporales mal pagados, sin poder pagarse una vivienda digna, y sobre todo, no se si lo saben, les han dejado sin futuro.
Y ahí están. Cantando bajo la lluvia.
Anoche tuve uno de esos paseos raros que tocan de vez en cuando: cuando ya estaba bastante alejado de casa, el cielo se abrió y empezó a dejar caer agua como si lo echara de menos. Agua a cantaros en gotas que empezaron finas y de inmediato se volvieron enormes al tiempo que pasaban de caer hacia abajo a caer muy inclinadas por un ventarrón que me daba en la cara. Pero los perros no se dejan impresionar por esas menudencias y el mío seguía olisqueandolo todo como si no pasara nada.
Y en realidad, no pasaba nada. Me dí cuenta de que hiciera lo que hiciese me iba a poner como una sopa por eso de que mi casa quedaba lejos y no iba a parar de llover, y decidí intentar disfrutar el momento. ¡Coño!, ¡¿sabes que me gustó aquello?!, ¿sabes que el agua fria en la cara es agradable, que la sensación del agua cayendo por el cuerpo cuando ya ha empapado toda la ropa es agradable, que es divertida la cara con la que te mira la gente que corre sin paraguas levantando los hombros, como si haciendo eso se fueran a mojar menos?
Cuando por fin llegamos a casa y me sequé me quedé más a gusto que en brazos, pero empecé a preguntarme si cabe asumir todos los malos rollos con la misma deportividad y quedarse tan a gustito después. Me acordaba de los centenares, quizá miles de adultescentes que vi en la calle una noche que salí a cenar hace alrededor de un mes y que estaban tan contentos con la que cae, pero que ni pueden ni quieren secarse.
El caso es que soy de poco nocturnear. Recuerdo que hace unos cinco o seis años, dos veces seguidas que salí a cenar, cuando intenté volver a casa, ya con el metro cerrado, me encontré con las calles llenas de coches pero sin un solo taxi libre, y como las dos veces me tuve que volver andando a casa y cada vez que se me plantea lo de salir me entran sudores fríos, aunque desde entonces no me haya vuelto a pasar. Era cuando éramos ricos y hasta los taxistas tenían derecho a salir los viernes y no trabajar, y para cuatro que lo hacían, la demanda era tan alta que si no se te apeaba alguien en tus mismos morros, era imposible pillar la lucecita verde. El otro día era todo lo contrario. Había cientos de personas en colas quilométricas para subirse al buhobús, y colas quilométricas de taxis vacíos esperando que alguien les levantara la mano.
Aunque hacía frío, las puertas de los bares de copas estaban llenas de gente en grupos en los que alguien fumaba. Se les veía encantados. Ahí estaban. Los de la generación más preparada de la historia con sus pantalones caídos, los más, soplando a costa de la asignación semanal de papá y los menos, tirando del menosquemileurista sueldo del trabajo temporal mientras intentaban pillar cacho.Y es que todos esos jóvenes y jóvenas, esos que son la generación más preparada de la historia (en cantidad, no en calidad), es la generación que creció entre logses y sin milis, los primeros que aprendieron que el esfuerzo no tiene ni debe tener recompensa, los que son sujetos de una miríada de derechos que el estado debe subvenir y los que sólo han mamado cainismo y odio a la discrepancia. Esos adultescentes se han convertido sin saberlo en deudores permanentes del poder que les facilita vacaciones que casi no tienen que pagar, que les permite seguir estudiando gratis aunque no se esfuercen ni un poquito, que les apoya en su deseo de seguir siendo eternanente unos mozalbetes sin responsabilidades a base de alargarles la duración del carné joven casi hasta la primera senectud, pero a quien, a cambio, le han entregado su inconformismo, su creatividad y su capacidad cultural.
Fíjate en que la generación más preparada tiene un nivel de paro que duplica el de los Estados Unidos de la Gran Depresión, que la inmensa mayoría de ellos irá el resto de su vida de un trabajo mal pagado al paro hasta que encuentren otro subempleo temporal, que los que de entre ellos encontraron un empleo estable por eso del azar, se vieron empujados a firmar una hipoteca para comprarse un zulito en el PAU de Quintocoño que van a tener que estar pagando hasta que lleguen a la edad de jubilación, si es que tienen la suerte de no pasar una temporada desempleados y que el banco no se la ejecute. Y aunque duela, están tan encantados como estaba yo secándome la lluvia. Pero ellos no se secan la que cae, porque nunca podrán salirse de la que ha caído.
¡Qué coño que no podrán salirse! Lo que pasa es que no quieren salir, que se vive comodísimo tirando de los derechos que tienen por haber nacido y respirar, que es que hemos vuelto a aquellos tiempos imperiales en los que estaba mal visto doblar el espinazo y aquí todo el mundo era hidalgo y tenía el derecho y la obligación de no dar palo al agua, de no esforzarse. Y ahí está la madre del cordero. Estos ingenieros sociales comandados por un inepto demenciado que vinieron a crear el Hombre Nuevo en los trenes de Atocha son sólo la última oleada de destrucción de la prosperidad no sé si de forma intencionada o por pura estupidez. Se han encontrado con la primera generación que ha mamado que el esfuerzo no se debe premiar, que el estado es responsable de todo lo malo que les pueda pasar y por tanto, está obligado a conseguir que vivamos estupendamente porque nos lo merecemos, y que todo aquel que triunfa lo hace a base de explotar al obrero, defraudar a la sociedad y corromperse.
Y claro, esta gente no puede estar por la libertad. Porque la libertad pone a cada uno en su sitio: al tipo listo que curra como un desesperado lo llevará arriba, al brillante pero vaguete le deja sobrevivir casi tan dignamente como a ese otro más bien zamuzo pero que se deja los cuernos en el tajo o la oficina y al indolente de pocas luces lo podrá en donde se merece, a vivir de la caridad pública, o de las políticas sociales, que así se llama ahora. Y eso, para esta generación tan preparada es inadmisible. La igualdad es para ellos un artículo de fe, un derecho inalienable. Ninguno está dispuesto a admitir que su colega del instituto, ese repugnante empollón, pueda vivir mejor que él. Si además creen, porque están muy preparados, en esa falacia que ha hecho fortuna entre los multicultis de que la economía suma cero, de que si los ricos son cada vez más ricos es porque los pobres son cada vez más pobres, no estarán dispuestos a quedarse atrás, entre los pobres. Y no es que vayan a ponerse a exigir un escenario en el que eslomarse a trabajar y demostrar lo que valen, no, lo que van a pelear hasta la muerte es que se impida que la libertad permita que otros más esforzados y mejor preparados que ellos, tiunfen.
Es algo que estamos viendo. Los adultescentes (y las Federicas, esa ancianitas fascistoides que votan UPyD) son quienes de mejor grado aceptan la prohibición de fumar, para defender los derechos de los no fumadores (¿qué derechos ni qué coño?), los que les parece estupendo que no permitan que se vendan chuches y cocacolas en los institutos, que hay que proteger la salud "de los más jóvenes", los que defienden que la mejor forma de ahorrar gasolina es prohibir pasar de 110, los que dicen que hay que prohibir los negocios privados en suelo público, o sea, fuera chiringuitos de la playa, los que para defender y de paso exterminar el toro de lidia, defienden la prohibición de la Fiesta, los que reconocen el derecho de los artistas a vivir de su obra (otra falacia, que el derecho de los artistas es el de “intentar” vivir de su obra, es decir, el de producir algo que el público quiera comprar y vendérselo a un precio que esté dispuesto a pagar), aunque puedan protestar contra la Ley Sinde, que deben pensar que los artistas bastante tienen con las subvenciones, que no deben contar con que ellos gasten un duro de los pocos que tienen para copas en pagarles, son esos adultescentes los que fusilarían a los peperos, son los que odian con especial saña a la Lideresa. No se si lo saben, pero si los odian es porque odian lo que ellos defienden con mayor empeño; la libertad individual para elegir cuál debe ser el destino de tu dinero, el colegio de tus hijos o el médico que antes o después perderá la batalla y te dejará llegar mansamente al hoyo que tu hayas elegido.Desgraciadamente, sólo los inconformistas que siguen trabajando y esforzándose podrán cumplir con aquella promesa entre estúpida y malvada de volver al corazón de Europa. Pero de una forma literal, con el recurso a la emigración, votando con los pies, que ya vino Angela Merkel a reclutarlos. No nos acordamos, ni leemos, ni queremos enterarnos, pero hace tan poco tiempo que dejamos de salir de nuestro país expulsados por la pobreza, que la Constitución vigente todavía dice “Artículo 42. El Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno”. Volvemos a lo mismo. ¿Quién dijo que la Constitución estaba sobrepasada?
Y son esos adultescentes liberticidas que se encuentran tan a gusto con la que está cayendo porque tienen derecho a prestaciones sociales, quienes a pesar de todo van a volver a votar a los que les han hecho creer que tienen la mejor formación posible, les permiten insultar y agredir a los cristianos, abortar cuando quieran y casarse entre ellos si son gays, aunque, a cambio, les han dejado fumando en la calle, haciendo cola en el buhobús, con trabajos temporales mal pagados, sin poder pagarse una vivienda digna, y sobre todo, no se si lo saben, les han dejado sin futuro.
Y ahí están. Cantando bajo la lluvia.

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