El caso es que el sábado pasado oí de labios de una de esas locutoras que se creen las más listas del mundo cuando son, en realidad, unas pobres mujeres que se limitan a tener el habla facil pero poquito seso (tambien hay mogollón de hombres así, pero no suelen ser directores de larguísimos programas de radio, que no he oído a ningún tío, en ninguna emisora, que sea tan bobito como son algunas de las comunicadoras. Pueden ser idiotas multicultis o enloquecidos vengadores, pero bobitos, ni uno), que toda esa historia de los crímenes de la dictadura y de la guerra civil eran como una herida abierta en la sociedad española, y las heridas abiertas supuran. En realidad, antes de que apareciera el inútil patológico subido en los cercanías, esa parte de la historia era una fea cicatriz, fea, pero ya, por fin, cicatriz. Pero resultó que ese malnacido se enteró de que el delito de genocidio no prescribe, y que hay alguna convención de la ONU bajo la que se pueden anular las leyes de punto final o amnistía, así que ese pájaro envenenado de odio por el ajusticiamiento de su abuelo, el espía traidor a sus compañeros de armas, decidió reabrir la herida y regarla con basura como la de que el franquismo fue un régimen genocida. Y la herida abierta con la navaja de la Memoria Histórica y recubierta con mierda de idiota se infectó y efectivamente supura, supura historia deformada, maniqueísmo, mentiras, envidias y resentimientos. Esto es hoy España.
En España casi nadie lo sabe, pero tal y como lo define el artículo II de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 260 A (III), de 9 de diciembre de 1948, el genocidio ha sido definido como determinados actos “perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”. Es decir, es necesario que los actos presuntamente genocidas se hayan cometido con el dolo específico de destruir un grupo social, hacerlo desaparecer. Por tanto, no basta con llevarse por delante un montón de gente que tengan características comunes, es necesario tener la intención de acabar con su grupo, por ejemplo, en el caso de que la Pasión Culé se inscribiera en el Registro de Asociaciones Religiosas del Ministerio de Interior, lo que no sería raro si de ahí pudieran pilllar alguna subvención, y tratándose de ZetaPé, que es culé confeso (¿a que le pega?), tampoco extrañaría, bastaría con castrar a media docena de boixos nois para que se calificase como un delito de genocidio (si, no es necesario matarlos, basta con lesionarlos, ¿no has mirado el link?), siempre que se llegara a demostrar que se hizo para acabar con el apoyo social al Barça en una sola generación. O sea, que se trata de calidad, no de cantidad, que la cosa no depende de cuántos sean los afectados. Vamos, que castrar beodos con camisetas blaugranas por mero placer, o incluso por venganza por los apoyos arbitrales recibidos, no es delito de genocidio aunque te lleves por delante al contenido íntegro del Camp Nou, si no va acompañado de la negación del derecho a existir del grupo humano “Pasión Culé" (Véase el apartado 488 de la sentencia del Tribunal Penal Internacional de 2 de agosto de 2001 contra Radislav Krstic).
Nota. Aunque no vengan al caso, las fotos son del espectacular montaje de Gallardón en la Gran Via el sábado pasado: para celebrar el centenario, cubrió la calzada con una moqueta azul. Es difícil imaginar la sensación que daba pasear sobre ella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario