Acabo de llegar de un agradabilísimo paseo que me ha traido desde la confluencia de la Gran Vía con Alcalá hasta mi puesto de trabajo, pasando, claro, por Cibeles y Colón, uno de los paseos más bonitos que puede hacerse en una ciudad europea, con la maravillosa temperatura que hay en Madrid en los amaneceres del verano, que ya decía no sé si Romanones, que lo único malo de Madrid en agosto era que “por la noche refresca”. Realmente lo he disfrutado, pero como lo disfruté ayer, que también me tocó andar, así que mi gozo por el paseo de hoy no se ha debido al Chupa Chups de marijuana que me metí en la boca a la altura de Capitanía General (ahora Ministerio de Defensa) y que un compañero me ha traido de tierras de herejes, de esas a las que no hace tanto llegábamos con picas y arcabuces por “el camino español”, por el paso dominado por los tercios que bordeaba Francia por el este, y en las que nos dejamos los dineros americanos y el futuro, pero donde mantuvimos el orgullo a costa de no poca sangre.Porque el susodicho ChupaChups, de un verde hoja brillante como los hayedos pirenaicos no se sube. Está rico, y sabe de verdad a hoja verde de esa planta, pariente del lúpulo, con la que siempre se han fabricado sogas y sueños y con la que, hasta que en el año treinta y uno la prohibiera la República cuando aún se conocía como grifa, nuestros legionarios en África aplacaban la ansiedad de la espera del tajo en el gañote que en cualquier momento podría sobrarse algún rifeño.
Y ya digo que sin influencia alguna de ese producto de Coffee Shop, venía pensando en lo trascendente para nuestro futuro que podía ser ese paseo que me estaba dando. Porque la decisión de andar por allí a las ocho de la mañana, rodeado de muchísima otra gente que como yo iba caminando a trabajar, no había sido tomada libremente, sino que era forzada por una huelga de los señoritos del Metro de Madrid (catorce pagas de dos mil setecientos lereles cada una), que también se habían negado a cumplir los servicios mínimos (“eran abusivos”, decían, “si tiene que reventar Madrid, que reviente”, dijeron), porque el gobierno de la malvada lideresa. les quería aplicar a ellos (¡a ellos!) una bajada de sueldo ordenada por Zeta siguiendo las oportunas indicaciones de Obama, Merkel y Sarkozy.La razón última de la irresponsable actuación es evidente: el Psoe debe usar cualquier medio para socavar la popularidad de Esperanza Aguirre si quiere comerse un colín en Madrid, y el funcionamiento del metro es capital. Ya lo habían probado alguna vez con huelgas encubiertas y con sabotajes, y si el metro funciona mal, el malestar ciudadano hacia Espe y Ruiz Gallardón crecía. Pero desgraciadamente para ellos, al frente del partido aquí está un esgarramantas, torpe de los de entrenamiento diario, sinsorgo de championslig, que no es capaz de medir. Igual que aquel personaje chiquitín que estuvo a punto de presidir la comunidad y del que dicen que atendía al nombre de Rafa Simancas, que se encargó no sé si treinta trajes de los caros antes de ser nombrado por los votos de Tamayo y Saez (juas juas), Tomás Gómez, exalcalde de Parla y candidato semioficial –todavía- a la Comunidad de Madrid creyó que enviando piquetes para hacer incumplir una parte de los servicios mínimos y provocando alteraciones del orden y malfuncionamiento del metro, iba a perjudicar seriamente la imagen de la malvada presidenta, sin caer en la cuenta de que estaba frente a la Lideresa de las Grandes Pelotas, la Presidenta de los Huevos Cuadrados, que dándose cuenta de la jugada y de la oportunidad ha dicho “¿Piquetes? ¡Pues que se cierre el Metro por completo¡”. Y s’an cagao, porque, de repente, los madrileños, absolutamente indignados, le han echado la culpa a los sindicatos, a los sindicalistas, a los liberados sindicales y al Psoe. Si llegan a pillar un sindicalista en una de las colas de las paradas de autobús, lo cuelgan de la marquesina sin levantar mas protestas de las que levantan en Zerolo los ahorcamientos de homosexuales en Teheran.
El tiro les ha salido por la culata, y ante los anuncios de expedientes a los incumplidores y las denuncias a la fiscalía (que esto último es como tener tos y rascarse las pelotas, pero suena amenazante), el comité de huelga, integrado exclusivamente por liberados intocables que no podrán perder su empleo ni su mamandurria, ha empezado a recular y ha anunciado el reestablecimiento de los servicios mínimos, eso sí, advirtiendo de que si se abre un solo expediente, volveran a infringir la Ley omitiéndolos. Se piensan que son ellos los que han decidido que Madrid quede paralizado porque no se enteran de que Espe, que es más lista y más valiente que ellos, ha decidido echar el pulso de la indignación popular. Si siguen, los laminará como la Tatcher laminó a los mineros.Deseo fervientemente que los expedientes se hayan empezado a notificar y que Espe, dándose cuenta de que acaba de morder en zona dolorosa, decida no soltar la presa. Si alguien ha cometido una falta laboral muy grave, que se le eche (o que se le sancione con meses de empleo y sueldo), aunque no sea sindicalista. Aunque suponga dos meses de Madrid sin Metro. Que las familias de los nuevos parados sin indemnización por ser un despido procedente busquen a los liberados sindicales y les afeen su conducta (o les castren con tijeras de podar), que se canalice la profunda indignación popular hacia esos sindicatos que hasta ahora han sido absolutamente impunes, que se presenten querellas por la comisión de un delito de los del art. 172 del Código Penal contra quien proceda y por apología de ese delito contra Mendez y Toxo, Yogi y Bubu, por decir que hacían muy bien en paralizar Madrid.
Me da toda la impresión de que estamos en el momento oportuno y de que contamos con la persona adecuada para acabar con la impunidad de nuestros decimonónicos sindicatos. Deben enterarse de que eso de tomar como rehenes a los ciudadanos es algo feo que va a empezar a estar muy mal visto y que originará que nadie se solidarice con sus reivindicaciones, aunque sean justas. Es el momento para pensar que el desorden debe llegar a un punto que la culpa sobrepase al mindundi del Gómez o a los sindicalistas y llegue a Zapatero. Es el momento para que todo el mundo exja una Ley de Huelga (sí, por supuesto, en caliente) que limite el poder sindical y asegure que los servicios públicos deben prestarse aún en medio de una huelga y que garantice que quien la haga la pague.

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