martes, 1 de junio de 2010

La progresividad

No se cómo lo consigo, pero me paso la vida dando el cante. Las cosas que mis contemporáneos dan por hechas, esas que se consideran irrefutables por la generalidad del mundo, esas que, especialmente a los progres pero también a los demás, les parecen la Verdad Revelada por la Pata del Cid Campeador, todas las inmutables frente al Tiempo y al Espacio, a mí, me suelen producir primero resquemor y, demasiadas veces, reflexiones que me llevan a quedar mal con todo aquel que me escuche.

Una de ellas es la progresividad fiscal. Todo debe ser progresivo. Y al rico, palo, que es muy feo eso de ser rico, que si lo eres es porque algo habrás hecho. Y nuestros izquierdosos mas recios no se dan cuenta de que esa forma de pensar es un subproducto enfermo pero inapelablemente heredero de la forma de pensar del integrismo católico. Digamos que eso de llamar integrista católico a los izquierdosos progres, solidarios y ex-internacionalistas me gusta tanto como recordarles que las leyes laborales son las más pulcramente franquistas. Porque cualquiera diría que esos izquierdosos son simples fundamentalistas religiosos, bueno, cualquiera que no considerase que su postura progre inicial proviene de la estulticia o de la simple envidia. O de las dos cosas.

El caso es que me da la olisquila de que nuestro visceral rechazo a los ricos, en la parte que no proviene de la envidia, viene de una religiosidad que si por un lado se aferraba apasionadamente a la interdicción musulmana del cobro de intereses (con lo que para la financiación de las operaciones imperiales debimos acudir primero a los judíos y cuando no pudimos pagarles y les echamos, a los herejes alemanes personificados por los Függer), por otro nos decía que la salvación proviene directa y exclusivamente de la fé, frente a las herejías protestantes que la basaban tambien y en principio en la fé, pero que además exigían esfuerzo, de forma que para ellos la riqueza es el producto de ese esfuerzo santificante, mientras que para nosotros proviene de las prácticas usurarias o judaizantes (por cierto, nótese que, en realidad la mala fama del Opus Dei proviene de su insistencia de santificación en el trabajo, porque como en general suele tener el fruto del éxito, desde fuera lo que se vé es que la gente de La Obra son gente profesionalmente triunfadora, como si fuera un repugnante requisito previo más que un resultado lógico de una forma de ver la vida)

En fin. Me temo que debería cambiar la foto inicial del blog y sustituir la que veo desde mi ventana por una de los cerros de Úbeda, hacia los que tengo una fuerte querencia, lo sabéis bien. Vamos, que vuelvo a donde iba. A que esa mandanga de la progresividad en boca de un progre tiende a provocarme sarpullidos. “No es justo que alguien que gane el doble que otro pague lo mismo” suelen decir para justificar que a alguien que gana el doble que otro se le extraiga del bolsillo ya no el doble que al otro, sino el triple, el cuádruple o diez veces mas. Porque eso de que parezca que es igual en situaciones diferentes es rechazable, y en el fondo, de lo que se trata es de exprimir a cada uno en la máxima cantidad que permite su nivel de renta antes de que el expoliado se sumerja y deje de pagar pòr completo. Lo que cuenta la curva de Laffer, vamos.

Y esa doctrina de la progresividad tiene efectos repugnantes permanentemente. Por razones que no vienen al caso resulta que me llegan noticias del profundo malestar que está produciendo en los organismos autónomos lo de que el Zapatazo en los sueldos públicos no se aplique progresivamente. No es justo, dicen, que se le quite lo mismo a la administrativa que gana mil euros que al supertécnico que gana tres mil. Y todo se basa en una falacia y en un desarrollo deficiente de las ideas, porque al supertécnico se le rebaja tres veces más que al administrativo pese a que no puede ser declarado culpable y condenado por haber pasado treinta años de su vida estudiando para tener, gracias a su mejor formación y a que realiza una labor de mayor responsabilidad (que en cualquier momento se le puede exigir), unos ingresos superiores. Si además miramos que la progresividad se exige por criterios cuantitativos simples y unilaterales, es decir, sin tener en cuenta los ingresos totales ni si la pareja del administrativo es un profesional privado que ingresa tres veces más que el supertécnico público y su pareja o se trata de un rentista que trabaja por conocer gente y no por dinero, y sin caer en los cualitativos más evidentes, que no sé por qué se le va a reducir un porcentaje menor a alguien que cobra menos porque está a media jornada, no puedo evitar pensar que esas exigencias ofendidas de progresividad siguen siendo una estafa de envidiosos.

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