lunes, 13 de septiembre de 2010

Sandeces de verano

El verano es lo que tiene, que no solo es el momento de encontrar los más fugaces amores eternos, de pasar por las fiestas más salvajes o de hacer los viajes más exóticos, es que también es el momento de decir las sandeces más bochornosas sin que se note demasiado. Al fin y al cabo, casi nadie se va a enterar aún en el caso de que alguien informe de lo que se ha dicho con un mínimo acierto. Los periódicos se llenan de becarios que los llenan de faltas de ortografía y de tópicos lingüísticos que pueden servir para aprobar alguna asignatura en la facultad, pero que producen un poderoso alipori en el lector que no esté de vacaciones; las emisoras de radio ocupan sus noches con interminables programas dirigidos por el más locuaz y graciosillo de esos becarios, que se hace acompañar por un par de chiquillas más o menos deslenguadas que le dan réplica y que se lo pasan de miedo mientras el personal que escucha no para de preguntarse si es que en Estepaís no hay nadie de medio seso que no tome sus inmerecidas vacaciones en agosto; los partidos políticos dejan de guardia a algún carguito con la capacidad de expresión suficiente para de ciscarse en la familia de los del otro partido y de no mojarse un pelo si le preguntan por la opinión del suyo sobre cualquier tema que se le pueda ocurrir al becario de turno.

Pero este año ha sido distinto, que las nenas de Zapatero no han aprobado ni el recreo y la familia se ha tenido que quedar sin vacaciones para que puedan dedicar el verano a aprender las cuatro tonterías que ahora se exigen para pasar de curso, que llevarse a La Mareta los ocho o diez profesores particulares que el par de góticas podrían necesitar y que se enterasen los fachas era un riesgo que el Circunflejo de la Moncloa no quería correr, sería un mensaje que no recibiría demasiado bien algunos de esos miles de familias que pasan por la misma historia y que se tienen que joder metidos en el piso y yendo de cuando en cuando a la piscina de su barrio, que su empresa, si es que sigue en pie, por lo que menos está es por pagarle las vacaciones también a los profes de los tarugos adolescentes de sus empleados.

Así que este año se ha quedado el jefe, no a currar ni a estudiar economía, sino a aguantar a pie firme el castigo de las nenas y a decir que va a leer un libro de Murakami que le debe haber recomendado una de ellas, con lo que se ha tenido que quedar también su ayudante, el Gran Pepiño. Así que, por primera vez en agosto había alguien en Madrid con capacidad para pronunciarse. Y no ha dejado pasar la oportunidad de lucirse, que no se había dado cuenta de la sorna que empleaban en las tertulias cuando decían que desde que es ministro ha pasado de Pepiño a Don José.

Empezó Don José soltando aquello de que lo que iba a ser un recorte en las inversiones de su ministerio del carajolavela, se iba a quedar en algo menos, digo yo que porque cree que los mercados no se iban a dar cuenta de la trampa, así que pensaba recuperar unos quinientos millones de euros de lo que había recortado para apoyar los votos catalanes y andaluces. Bueno, eso no lo dijo, pero estaba cantado, y así se ha revelado después. Y cuando le dijeron que eso era mucho dinero, que se cargaba el plan de austeridad y control del déficit y que de dónde lo iba a sacar, envalentonado por la sabiduría recibida de una carrera de derecho que casi está acabando, se arrancó con lo de que el tipo marginal había bajado del 45 al 43% (en la misma reforma fiscal de 2007 en la que redujeron los impuestos a los especuladores a menos de la mitad) y con que los impuestos que pagamos en España son muy bajos comparados con la media de la UE. Y sugirió que habría que homologarlos con los europeos si queremos seguir manteniendo servicios e infraestructuras de calidad.

El pobre Pepiño es una de las víctimas inocentes de la desinformación progresista, y su aparentemente limitado seso le impide darse cuenta de la realidad. Es de los que se creen las consignas que repiten como mantras los progres de que “los ricos pagan menos impuestos que los pobres”, y que tan profundamente han calado, que los babosos equidistantes que pululan por las tertulias radiofónicas sólo matizan que no es así, que “los ricos pagan más, pero no mucho más”. Digamos que un mileurista (catorce mil lereles anuales) paga unos mil cada año por IRPF (por cierto, que manda pelotas que a un mileurista le toque pagar), un conductor de metro (treinta mil euros) paga algo más de cinco mil, o sea, cinco veces más que el mileurista, y el profesional de éxito, el médico que dedica dieciséis horas a la consulta, el abogado que se deja los cuernos en el despacho hasta las diez de la noche, o el fontanero que diariamente saca del ahogo a cinco o seis familias, que ingresan cien mil pelotes de vellón, pagan más de treinta y tres mil euros, un tres mil trescientos por cien más que el mileurista. Pero, en fin, hablar de esto (y hacer demagogia, ya lo sé) es perder el tiempo.

El caso es que tuvieron que salir a corregir la chorrada de Don José, que volvía a ser nuevamente Pepiño, nada menos que desde la Agencia Tributaria, dónde le dejaron claro que el esfuerzo fiscal español es el segundo de europa y que la presión fiscal había subido en España ¡un veintidós por ciento en cinco años!. Tan arriba llegó la vergüenza, que la Salgado, vicepresidenta ella, le llamó a capítulo y le dejó en ridículo en una rueda de prensa conjunta en la que negó que fueran a subir los impuestos. Era imprescindible salir al toro a parar el embiste, que no están los tiempos para andar asustando a nadie. Ya dijo Keynes que no había nada más tímido que un millón de dólares. No era cuestión de andar motivando la salida de capitales.

Pero en esas, soltó la grandísima barbaridad del verano, que hoy mismo se ha filtrado oficialmente. No fue Pepiño, no. Lo hizo la Salgado. Sin despeinarse soltó que podría haber "algún pequeño ajuste" sin ánimo recaudatorio para favorecer la equidad fiscal.

Hay cosas que hacen que no quepa en mí. La sorpresa puede llegar a ser de las que te dejan con la boca abierta y como mudo, sin poder articular palabra, sin aliento. Lo que estaba diciendo esa pajarraca era que se iban a subir los impuestos a los ricos y que con ello no se pretendía conseguir más fondos que destinar al bien común, reducir el déficit público, mejorar la financiación de las políticas de empleo. No tenía relevancia recaudatoria. No. Lo que estaba diciendo era que lo que querían era joder a los ricos. ¿Para qué? Pues para nada, para joderles. Porque lo había dicho Zeta. Hay que ser imbécil.

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