sábado, 4 de septiembre de 2010

Una tragedia más

“Sus notas son cada vez peores, pero ¿qué le voy a decir?. Hará el Bachillerato y luego irá a la Universidad para acabar con el título y en el paro...”.
Con la excusa de la frase reflexionaba un senecto progre sobre la maldad de un sistema que deja a sus jóvenes sin futuro y sin esperanza, sobre el negro destino que esta sociedad tiene para ellos, sobre la maldad intrínseca de esta parte de la humanidad, o sea, la occidental. Vamos, todo políticamente correcto, todo dentro de lo que se puede esperar de uno de los pocos que además de gritar lo del “no a la guerra” y ver espantado como se arreglaba en dos meses el desastre del Prestige, sabe escribir lo suficientemente bien como para ganarse la vida mejor aún.

Pensó que era una tragedia más, y creo que era así como llamaba el otro día al recuadro de la principal página de opinión de El Mundo que el famoso escritor manchego (de Brazatortas, donde cuentan que hay una casa con una placa que dice “En esta casa nació el escritor cordobés...) aunque se sueñe nazarí (bonito panorama tendría en el Reino de Granada o en cualquier otro sitio bajo la Sharia) no dedicó a la habitual tarea de poner a parir a Benedicto XVI, sino al malvado capitalismo. El susodicho progre dedica cada día su pequeño pero destacadísimo recuadro a los asuntos que en cada momento le petan con una aparente libertad absoluta, aunque parezca que sólo lo destina a los asuntos eclesiásticos y que para eso lo mantienen en El Mundo, que a todo tiene que atender Pedro J. El caso es que este pollo es de esos que van de buenos y compasivos siempre pendientes de los desfavorecidos, siempre criticando a la derecha y al maldito sistema que permite la injusticia de que nadie se atreva aún a decir en público que lo que hay que hacer es fusilar a los curas (supongo que le parecería mal que lo propusieran también para los ricos, por si le toca).

Pero debe ser que sus propios fantasmas le han sorbido el seso y ya no le da mas que para poner a parir al clero y para odiar a Aznar, o que las neuronas las gastó sacándose tres carreras y casi una oposición que dice que abandonó a falta del último ejercicio para fastidiar a su padre, aunque cuenten que le animaron a dejarla para no tener que tumbarlo por motivos que poco tenían que ver con los conocimientos y mucho con la imagen de cuerpo, que es uno de esos en los que no resulta aceptable la suelta indisimulada de plumas, porque el caso es que su bonhomía le impide darse cuenta, aún con sus tres carreras, de que sí, de que es una tragedia que unos millares de adolescentes descerebrados, que no aprueban ni el recreo, tengan como futuro lo de seguir estudiando muy a su pesar para conseguirse un título universitario en lugar de aprender algo útil que hacer, inteligible para ellos, en el país del mundo que mayor porcentaje de licenciados tiene, pero cuyas industrias básicas y mayoritarias son la agricultura, la hostelería y la construcción, y el sector del que cobra más gente es el de los parados.

Porque no estamos hablando de un país que tenga la más notable producción cultural del mundo, que es que ni regándola con billetes de quinientos es capaz de hacer algo que interese al público, ni que tenga un nivelazo en investigación científica con centenares de miles de sabios pensando en cómo mejorar o prolongar la vida de los demás o explicar los porqués o los cómos del pasado o del futuro y registrando patentes a troche y moche. Ni siquiera hablamos de un país con una industria de alto nivel tecnológico que exija un mogollón de gente superpreparada, ni del país con una agricultura mas tecnificada, productiva y experimental. Hablamos de España, del país del ladrillo y las cervezas con gambas, de la paella amarillo canario, del país que volvería a ser un erial si se retiraran las subvenciones de la PAC. De la España de El Pocero, de Pepiño y de los concejales de Urbanismo.

Y al mentecato del recuadro de El Mundo, pese a sus tres carreras absolutamente inútiles, o quizá por eso mismo, le importa un pito el hecho de que un idiota sin seso suficiente para aprobar una enseñanza elemental degradada hasta niveles de vergüenza ajena, o de que un vivalavirgen sin el menor hábito de trabajo ni interés alguno en aprender pueda llegar a la Universidad y pueda conseguir un título de licenciado en etnología americana, en ciencias medioambientales o en filología eslava sin saber dónde coño queda Zaragoza si es andaluz, dónde Asturias si extremeño o dónde el Peloponeso en ningún caso. Al progre bueno no le importa que tengamos que despilfarrar un dineral que podríamos dedicar a otras cosas en dar formación superior a quien ni se lo merece, ni sabe qué va a hacer con su título, ni le interesa saberlo, un dineral que además va a convertir al hoy granujiento adolescente que no entiende lo que lee ni quiere pararse a intentarlo, en un infeliz filólogo sin vocación, pero con título, que es que para filología casi no exigen nota de selectividad, que trabaja a regañadientes como subempleado de un fontanero polaco, en lugar de un fontanero competente, rico y realizado. A ese progre bobo, pero que se siente bueno y solidario, lo que le preocupa es que lo mejor que va a sacar el adolescente lelo de su título universitario es la posibilidad de enrollarlo en un canutillo e introducírselo por donde amargan los pepinos, y no que el mismo granujiento sería mas feliz intentando dedicarse a otra cosa de menos lustre pero, eso seguro, de mejor retribución.

Pues a mí lo que me parece una tragedia es que entre todos tengamos que mantener un sistema capaz de gastar fortunas en simular que damos una formación más allá de la imprescindible a gente que no le interesa tenerla o no es capaz de asimilarla, que mantengamos un sistema tan torpe que no haya sido capaz de entender el significado de la “igualdad” y que para “igualar” a todos haya optado por hacerlo por abajo evitando que nadie sobresalga, por no premiar el esfuerzo y no exigir la mínima dedicación para conseguir nada, que seamos capaces de seguir confiando en unos idiotas que alientan que auténticos zoquetes con un título que nunca se han merecido, o incluso zoquetes sin él, que ya se sabe, todos somos iguales y tenemos los mismos derechos nos hayamos esforzado o no, hayamos luchado por ellos o no, consideren indigno el empleo que por su capacidad pueden conseguir y, en lugar de intentar ser buenos en lo que tienen, en vez de pelear por mejorar, se dediquen a lamentarse, a odiar a quienes han conseguido lo que ellos deseaban, a no cumplir con sus obligaciones y a exigir más y más derechos. Y todo para que con un diez por ciento de paro, haya habido que importar a millones de inmigrantes para hacer lo que no quiere hacer ese tropel de inútiles con gastos pagados que hemos conseguido reclutar.

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