Las dos fuerzas que mueven el mundo: Eros y Thánatos. El amor y la muerte. No pude evitar que mi coco se fuera hacia ellas cuando me enteré ayer del cambio de marcha que el Optimista Patológico ha tenido que hacer para intentar evitar que el Psoe se lleve el mayor palo electoral de su historia moderna. Y no, malpensados, no tuvo nada que ver en la elucubración la entrada de Leire y la salida de Maritere, no me lo sugirió ver los morros en carne de ministra de ese clon superpreparado y superformado de La Veneno que es la gran Leire, ni el aspecto perversamente cadavérico, de película de terror sobrenatural serie B que tiene la Marivice, que parece La Flaca vestida por Amaya Arzuaga, de gorra y sin guadaña. No. Volví a ser consciente de que el amor y la muerte son los motores del mundo, de que el deseo y el miedo son los factores que bien conjugados dan y mantienen el poder.Si te paras a pensar, el miedo es probablemente el más poderoso de esos dos motores, casi siempre nos movemos por miedo es lo que mueve el poder, el que lo da y lo quita. Recuerda aquello de Bertolt Brecht, “no hay nada más parecido a un fascista que un pequeñoburgués asustado”. El miedo produce totalitarismo, la necesidad de acabar con aquello que nos asusta, si nos asusta un poco, exigiremos que se regule, que se multe, que se prohiba, en definitiva, que sea controlado por el poder, por el estado, pero si nos asusta mucho, exigimos el destierro, la carcel, la aniquilación. Y el miedo es hermano del odio. Si odiamos algo, lo temeremos y si tememos algo, lo odiaremos. Son dos caras inseparables de la misma moneda, una hace nacer y crecer a la otra. Es un mecanismo de defensa absolutamente inevitable.
Pero no se puede despreciar el valor del deseo, que muchísimas veces doblega al miedo, quien se ha casado lo sabe: el miedo a no poder dar un vida feliz a los hijos, el miedo al dolor que puede producir un fracaso o el miedo a envejecer, que plantearse que vas a estar el resto de tu vida con otra persona es visualizarse viejo, siempre es superado por el deseo de compartir todo el tiempo posible con tu pareja. El deseo de tener un futuro mejor te hace superar el miedo a fracasar en los estudios, a enfrentarte a los exámenes, el deseo de progresar en más poderoso que el miedo a tomar decisiones equivocadas. Y donde el miedo tiene al odio como causa y como consecuencia, el deseo tiene a la esperanza, a la ilusión.
El miedo y el deseo son las dos emociones más primarias, las dos emociones que, si influyen en cada individuo de forma determinante, en las masas tienen unos efectos imparables, no suma el miedo de cada individuo, lo multiplica. El miedo a la pobreza del pequeñoburgués alemán de los años treinta aupó a Hitler, el odio a los ricos banqueros y comerciantes, personificado por la propaganda en los judíos, permitió el Holocausto. El deseo de riquezas llevó a miles de españoles a colonizar América, la esperanza de tener una vida mejor mueve a millones de personas a emigrar enfrentándose a la muerte cruzando el Sahara o metiéndose en una miserable patera.Maquiavelo aconsejó a Fernando el Católico que fomentara el temor hacia sí antes que el amor si es que quería ser un príncipe fuerte, pero también que fomentara el deseo de sus súbditos. Porque, probablemente, sólo el miedo y el odio, el deseo y la esperanza dan y quitan el poder, pero no es fácil gestionarlos adecuadamente. Y de quien sabe detectar y administrar el miedo y el deseo de la gente se dice que tiene buen olfato político. La izquierda lo hace con maestría. No sé si se estudia en sus cursos de mandos medios o es un know how que los que están arriba no comentan con nadie, pero como organización lo utilizan permanentemente eligiendo con mucho acierto cuál de las dos emociones potenciar. Si me lees mañana, intentaré explicarte cómo se han gestionado en las elecciones, porque creo que siempre, en todas ellas, ha ganado quien las ha utilizado mejor, quien ha conseguido focalizar el miedo en el otro partido o el deseo en el propio, y a veces ha perdido quien ha presentado un miedo difuso, quien no ha podido atribuir a nadie la autoría de lo que genera ese miedo. Y es que nadie quiere oir a Casandra.

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