viernes, 19 de marzo de 2010

Me encanta

Hace pocos años, no tantos como la gente se cree, la grosería con las señoras era cosa de gañanes, algo inaceptable para un caballero, de manera que el conocimiento público de que alguien tenía tendencia a no ser amable con las mujeres, ¡y no digo ya nada si se llegaba al maltrato de obra!, era capaz de arruinar la fama de cualquiera. Exactamente igual que ahora. Que no hemos avanzado absolutamente nada. Bueno, si. Han cambiado las cosas. Ahora también se puede ir a la cárcel.

A ver, ¿qué pasa? Que sí, que ya sé que eso que digo es una boutade totalmente incorrecta por la que los biempensantes progresistas estarían dispuestos a encarcelarme en nombre de la Igualdad, que es muchísimo más importante que la Libertad, pero ¿es que ya no puedo ser incorrecto? ¿es que nos tenemos que olvidar de nuestro pasado? ¿es que no habías oído la frase esa de que “manos blancas no ofenden”? ¿es que de verdad es tan diferente la cosa?. Pues eso. Yo tengo que aguantar groserías algunas veces y auténticos disparates las más, y aquí sigo, al pié del cañón. Aguantando carros y carretas de ese tropel de aprovechados, vengadores de Huascar Capac o del rey nazarí de Granada, que no dudan en culpar a España de su persistencia en la miseria (por lo que han vuelto aquí a recobrar lo que les han contado que les robamos), o de progresistas groseros, liberticidas, incultos adocenados y acríticos a los que sólo de cuando en cuando se les tuerce su forma de hacer las cosas, que por ahora van ganando.

Y me encanta que se les tuerzan. Como a la buena de Aído, la Feministra de ese engendro de la Igualdad (que siguiendo la tradición progresista, es lo contrario de lo que su nombre proclama, un Ministerio para obligar a que las mujeres sean tratadas de forma distinta a los hombres), y que ha tenido que dar marchatrás cuando todos se han cachondeado sin piedad de su idea de obligar a enseñar “Teoría del Feminismo” en todas las licenciaturas universitarias. Grados creo que se llaman ahora. O gradas, que vayustéasaber. Y es que me encanta cuando los progres obtusos, los poseídos de derechos sin obligaciones, los solidarios sin fronteras ni vergüenza, caen víctima de su propia y singular mentecatez.

También disfruto concienzudamente cuando es a esa banda de aprovechados de los demás que todos identificamos a quienes se les tuercen las cosas. Ayer en el metro, una señora gorda estaba apoyada en el brazo con el que una adolescente pelirroja se agarraba al poste central del vagón para no caerse con los vaivenes de un conductor o conductora enloquecido o enloquecida. La adolescente miraba asqueada a la gorda, asombrada por su absoluto descaro al apoyarse en su brazo mientras leía uno de esos gratuitos que leen las gordas en el metro. Me ha encantado ver que en el momento en el que el conductor aceleraba como si fuera Alonso saliendo de la curva Loewe para negociar la doble Poitiers antes del Túnel en Mónaco, la pelirroja ha apartado el brazo y la gorda ha salido despendolada, trastabillando de espaldas contra un poquero de sienes rapadas que dormitaba agarrado a una barra lateral. ¡Qué grande la pelirroja!. Algún antiguo como yo y algún estudiante harto de soportar a las señoras gordas del metro también se han sonreído, como yo, mirando al techo y reprimiendo la tensión del aplauso que la pelirroja se merecía. ¡Ay de nosotros si algún progresista nos hubiera visto sonreír! Seguro que como poco habría deseado nuestro procesamiento, porque la gorda era, evidentemente, una inmigrante latina.

Antesdeayer, en el programa de esa comunicadora que tanto me pone, no sé si por su brillante sonrisa o por la ternura que desprende la seguridad con la que interpreta sus fracasados intentos de usar de la lógica aristotélica o la lectura comprensiva común, esa maravillosa tontita de las radios de la tarde, de tan progresista manera había leído las noticias y, sobre todo, las contranoticias de aquél desgraciado asunto del Doctor Montes, ese médico al que acusaron de acortar los sufrimientos de los viejecitos que le llevaban a urgencias en el Hospital de Leganés por la vía de pasarse de dosis y que resultó absuelto pese a los informes que afirmaban la existencia de malas prácticas, tan modernísima era la locutora que confundía la expresión “cuidados paliativos” con el suministro de una dosis letal de derivados mórficos. Sólo dejó la confusión (y por la vía de omitir su repetición, no por un reconocimiento expreso del cagarruto que había estado soltando) cuando una enfermera de ese ramo afirmó que solamente eliminaban el dolor de los enfermos mejorando sobremanera su calidad de vida, no les daban matarile por vía rápida y más o menos pacífica a solicitud de cuidadores o causahabientes, que por el tono que iba llevando el programa temí que acabara consiguiendo que los enfermos con dolor a quienes se recomendara las salas de cuidados paliativos fueran agarrándose a las esquinas desde la camilla y rogando a Dios por su vida.

Pero de verdad, de verdad, el gran momento del mes, ese detalle justiciero que hace que me dé la risa floja, la materialización de las consecuencias de las idioteces progresistas, se ha producido en Gerona. Los requeteprogres gerundenses, los adoradores de la Tierra y el Viento, su Señor, los que han impedido que nadie les estropee el paisaje con líneas eléctricas, esos que sólo han permitido que llegue a la comarca una sola línea de alta tensión, por fin han llegado a la prueba de fuego de sus convicciones: un temporal se ha llevado por delante esa línea solitaria y les ha dejado sin electricidad. ¡Vaya putada! ¡Pobrecitos, que han tenido que tirar todo lo que tenían en los congeladores! Por mi parte, sólo puedo desearles que lo disfruten. Que les den, que cualquiera diría que les gusta. Y lo más divertido es que no aprenden. Hoy mismo, en las Cartas al Director de El Mundo, una ciudadana indudablemente estúpida, evidentemente progre y especialmente terca, afirmaba sin decirlo, porque usaba otro discurso y otras palabras, que ella lo que quiere de verdad es volver a la edad media, porque verse obligados a vivir sin energía eléctrica les encanta a los gerundenses, que lo que quieren es tener el paisaje impoluto y si con ello evitan además que se enriquezca alguien, miel sobre hojuelas. Echaba la culpa de todo a Endesa y criticaba que su responsable dijera que eso no habría sucedido si hubieran tenido más líneas eléctricas. La decidida ciudadana insistía en afirmar que era insostenible porque escondía el afán de lucro de unos pocos a costa de los paisajes de su tierra. ¿A que se lo merecen?

Está bien. Lo reconozco. Desde el principio del post hasta el final se me ha ido la olla y el tema. Y me da igual. Me encanta.

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