domingo, 14 de marzo de 2010

Sólo un poco impertinente (i)

Estamos media España mosqueados con el bueno de Rajoy, con que haya renunciado a la sangre, con que casi parezca uno de ellos. Muchos exigen que se tire al degüello de Zapatero, que no perdone, que arrolle, que exija, que insulte, que los ponga colorados, que brame... Y no puede ser. El momento es de tal gravedad, que Rajoy lo único que puede hacer es estar agazapado. Ya sé que suena raro, pero debe ser así, Rajoy sólo puede refunfuñar un poquito. Como mucho, ser un poco impertinente, caer un poco mal. A ver si me explico.

Aunque el final de la dictadura de Franco fue un régimen más autoritario que totalitario, mantenía un apoyo popular que con toda seguridad sonrojaría a sus protagonistas, un apoyo que, por más que ahora se niegue era mayoritario, porque a fuer de evidente, no parece necesario insistir en que el pueblo español es un pueblo que se siente cómodo cuando le dicen lo que tiene que hacer y al que le cuesta trabajo cambiar el trantran que lleva. Y cuando la democracia iba a nacer, más que la sensatez, fue esa tendencia acomodaticia la que consiguió hacer triunfar las tesis de la reforma del estado frente a las que instaban a la ruptura con el pasado y la instauración de un régimen radicalmente nuevo.

El artífice de la democracia, el aparentemente falangista Ministro Secretario General del Movimiento, Adolfo Suarez, además de brillantísimo analista era parte de la dictadura, y se dio cuenta de que si el pueblo español lo asociaba a Franco, lo tenía crudo para gobernar, que los españoles apoyaron a Franco hasta el final, pero más por un sordo sentimiento de que “más vale lo malo conocido...” que por identificación con su obra, de manera que una vez colocado bajo la losa de granito, en este país estaríamos más que dispuestos a cambiar de tercio. Con cuidado, pero íbamos a cambiar. Así que lió a Fraga en sus “Siete Magníficos” (Martínez Esteruelas, Silva Muñoz, López Rodó, Thomas de Carranza, Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente y Fraga, todos ministros franquistas), y los dejó como únicos herederos del Régimen en aquella Alianza Popular mientras que él se apuntaba al Centro, que nadie sabía lo que era, pero no era Franco ni era comunista. Y con esa añagaza, ganó.

La dinamitación de Suárez y el golpe de Tejero llevó al Psoe al gobierno, pero eso fue también a costa de renunciar al radicalismo, lo que no le fue nada difícil, que en España no hubo socialistas durante la dictadura (sí, ya lo sé, Enrique, perdóname, ya sé que tú eras socialista, pero en toda la facultad erais tres, y había más de doscientos del Pecé), con lo que tenían regular tirando a poco a lo que renunciar. Y, bueno, como el centro, esa entelequia sociológica que estaba llamada a dar o quitar mayorías, ya fuera organizado en un partido bisagra o mutando su voto con las ondas de la historia, había desaparecido con la UCD engullida en su mayor parte por el Psoe y en su menor por una AP que, vacía ya de magníficos, iba siendo domesticada, González se mantuvo en el poder durante catorce años a pesar de la corrupción que asoló España desde el ochenta y nueve y del crimen de estado (sigamos siendo incorrectos y digámoslo, un crimen de estado que a todo el mundo gustaba y que consiguió que Francia se pusiera a colaborar contra ETA).

El truco estaba en que nada que oliera a franquismo podría conseguir gobernar, no podría romper el techo del treinta y cinco por ciento de los votantes que decían que tenía Fraga. El doberman que representó al franquismo salvó el culo de González en el 93 a pesar de que Fraga, el último dinosaurio, había sido sustituido por Aznar. Y en el 96, aunque “las chicas del PP”, una banda de mujeres descaradas y llenas de buen humor (Loyola, la Tocino, Mercedes de la Merced, Luisa Fernanda Rudí, Celia Villalobos, Esperanza Aguirre...) arrollaban en los debates a los muy curtidos y soberbios socialistas de González, el doce por ciento de ventaja que llevaba Aznar se quedó en un escuálido uno con dos por ciento y solo ciento cincuenta y siete diputados: fué el miedo a la pérdida de libertad por la vuelta de la dictadura.

Sin embargo, la “lluvia fina” del buen hacer económico, de la moderación en materia de derechos y de la exaltación y fomento de la libertad individual, junto con la firmeza frente a veleidades nacionalistas (si, a pesar de sus pactos con PNV y CiU) hizo disociar al Pepé del franquismo, y gracias a eso consiguió una enorme mayoría absoluta. Lo dijo Aznar: “el pasado ha terminado, y no hay vuelta atrás”. Insistió Rajoy: “Ya no vale hablar de derechona o de franquismo, y quien lo haga estará abocado al más estrepitoso fracaso, porque a los ciudadanos sólo les interesa mirar hacia adelante”. También Arenas: “A partir de ahora, nadie va a ganar unas elecciones en España con permanentes referencias al pasado”. La mayoría absoluta de un partido de derechas equivalía a la mayoría de edad de la sociedad española, que por fin se había liberado de las ataduras de la dictadura. Los últimos que la vivieron en estado consciente habían cumplido cuarenta años, una edad suficiente para pensar. Se entraba en una nueva era sin los complejos de izquierda y derecha, se votaba por eficacia y no por filias o fobias porque se había dejado de temer por la democracia y por las libertades. Pero la sensatez era todavía demasiado débil. Les podía haber comido la lengua el gato.

Fueron unas (ahora sé que temerarias) declaraciones que vistas desde la perspectiva del tiempo dejan al aire la extraordinaria influencia que han tenido en el actual estado de cosas, en la vuelta al cainismo, a la división en las dos Españas que han de helarte el corazón. Porque esa de la maldad de la derechona había sido la única idea electoral del Psoe una vez agotado el eslogan del cambio, porque sin el argumento del miedo a la vuelta de la dictadura, el Psoe quedaba desnudo, no sabía qué decir. Y pasó lo que tenía que pasar. Tardaron dos años, pero por fin lo hicieron: alguien se dio cuenta, y no fue Rubalcaba, que seguro que él lo había pillado a la primera y se calló, presumo que por un mínimo sentido de estado, una cierta honestidad personal y la suficiente visión de futuro. Debió ser Pepiño o el mismo Zote quien se dio cuenta. En sólo dos años fueron conscientes de que sin el miedo a la derechona, nunca más podrían volver al gobierno. A menos que lo hicieran con un golpe de estado. Como siempre.

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