viernes, 16 de julio de 2010

España fracasada (i)

Está claro que no me refiero a la selección de fúrbol, que por un rato nos devolvió el orgullo y la alegría de la victoria tribal, cosa que tiene efectos realmente llamativos: ¿cuántos parados gritaban borrachos de felicidad en las celebraciones por la World Cup, con la roja puesta y la bandera de España, recién comprada en el chino, en la mano?. Me refiero al fracaso del Estado Español, al fracaso de la idea de esa España Autonómica que con buena intención y poco seso nos clavaron los Transitantes (puede llamarse así a los que hicieron la Transición o es mejor llamarles Transeúntes?), aquella idiotez, fruto excelso del desafortunado rebote de D.Manuel Clavero Arévalo (¿Que los catalanes quieren café? ¡Pues café para todos!), que igualó las competencias para todos los pequeños pero ambiciosos virreyezuelos y azuzó a los estúpidos pero ricos poseedores de un idioma cooficial (el gallego y el valenciano se consideraban por la ciudadanía pobres dialectos del español y el catalán) a darse placer con sus “justas reivindicaciones” mientras se tocaban el “hecho diferencial”.

Sí, es cierto que el desaguisado se intentó arreglar entre todos (si, entre todos) con la aventura del Pacto de Lérida que culminó el 23F y, que sólo la extrema derecha más tonta, encarnada en los bigotes del pobre Tejero, consiguió desmantelar a base de grandes dosis de cazurrismo, noentendernadismo, y el ya tradicional “chifla chifla que como no te apartes tu...”, pero finalmente, cuando gentes de todo pelaje y condición habían pillado ya cacho en sus taifas, ya no hubo hada que hacer. Sólo Aznar se atrevió a sugerir que el proceso de descentralización autonómica ya había terminado y que había que empezar el de descentralización municipal, y fué entonces, no se si por coincidencia o porque parafraseando a Calderón “al sillón del cargo, la decencia y el honor se le han de dar, pero el bolsillo es patrimonio del alma y el alma es mía y sólo mía”, sólo entonces, cuando el Psoe se echó al monte de la algarada preparatoria del golpismo que llegó en 2004.

Pero ya se sabe, no hay situación, por desesperada que parezca, que no sea susceptible de empeorar. Porque con este panorama hemos tenido los santos güebos de colocar al frente de nuestro futuro a alguien cegado en sus prejuicios ideológicos, borracho de soberbia, limitado técnicamente hasta el alipori y con una única ambición: seguir mandando. ¡Y lo hemos hecho no una, sino dos veces!. El pájaro ese, absolutamente desprendido de todo lo que no fuera perpetuarse en el poder para nada en especial, que nuestro futuro le importa un pito, se dedicó a tomar las medidas que, por un lado, hicieran vibrar las malas sensaciones de los sectores más odiados por los progres incitándoles al voto, y que, por otro, le facilitaran aplausos y parabienes de los nacionalistas. O sea, que se apoyó en los dos grupos más abyectos de la sociedad española, en los dos grupos que lucen una moral más acrítica, una ideología subyacente de menor respeto a la democracia. Se apoyó en los dos grupos a los que él mismo pertenecía de base, esos grupos sociales encantados de hacer gala de su doble moral, que si Polansky en vez de cineasta progre fuera cura, y Suiza, el refugio de la pasta, el país del secreto bancario se hubiera negado a entregarlo para cumplir una condena por violar y sodomizar a una niña de catorece años, habrían salido a la calle a apedrear, es su derecho, las sedes del pepé y la Nunciatura. Pero claro, andan callados, no dicen nada. Polanski es uno de ellos.


Sin entrar ahora en las amoralidades pretendidamente progresistas ni en los fundamentalismos totalitarios que le llevan a inmiscuirse y prohibir cada vez más y más aspectos de la vida privada de los ciudadanos (ahora, con el tabaco en todas partes, van a prohibir que se puedan comprar bollos en los colegios y los anuncios de contactos en los periódicos), tengo claro que lo más dañino que en su criminal estulticia ha llevado a cabo, algo que incluso pone en riesgo la mismísima Paz civil que hemos disfrutado desde el treinta y nueve, lo decidió cuando se dió cuenta de que para mandar en España, necesitaba los votos catalanes y extremistas que le estaban quitando usando su propia política golpista antizanar esos espantajos incultos, violentos y fascistoides de ERC. Así que sacó una ouija y liberó los pestilentes fantasmas del hecho diferencial que transmutaron de inmediato a soberanismo, prometiendo que Él (sólo él, el más radical, el Iluminado por la Pata derecha de AlGore, sin necesidad de nadie más, que ya se planeaba entonces convertirse en buenísimo dictador universal) aprobaría cualquier idiotez o maldad que saliera del Parlamento de Cataluña, que el nuevo facherío nazionalista, ese de salteadores de caminos con el gorro colorao, podía ponerse a redactar un a modo de constitución de hechuras cubanas, que Él lo daría por bueno. ¿Solo por bueno? ¡Quiá! ¡Por estupendo lo iba a dar!

Cuando en el lejano 2004 entre aquellos trenes de cercanías y las andas de los convocados a Génova por el anunciador del suicida de múltiples gallumbos llevaron a la Moncloa a su actual inquilino, los neofascistas catalanes abrazaron sus raices ideológicas más profundas, esas del treinta y cuatro, y se pusieron a preparar una norma que dejara claro a los ojos de los propios catalanes, que no es ya sólo que sean diferentes, es que también son mejores, y que los demás españoles les debemos un dineral y estamos obligados a comerles la barretina siempre que le pinte a alguno. Sin embargo el catalanismo mayoritario, el que nunca pidió la secesión sino el proteccionismo de las leyes españolas (pidió y aún pide, que ya se sabe de qué van y de dónde vienen las limitaciones a la apertura de los comercios los domingos), el catalanismo que pese a ello casi siempre ha estado abierto a Europa y al Mediterráneo (y a cualquier sitio en el que hubiera posibilidades de negocio), se dió cuenta de que había demasiado catalanismo, demasiado soberanismo y demasiado intervencionismo en aquel bodrio de proyecto de Estatuto como para que fuera prácticamente seguro que el resto de España se pillaría el mosqueo suficiente como para rebotarse y encontrar algún lugar para introducirles las étnicas y diferenciadoras butifarras.

Aquel proyecto estaba muerto sin el apoyo de CiU. ¡¡Pero no contaban con su astucia!! Con un par de paquetes de Winston, unas decenas de promesas que de ninguna manera pensaba cumplir y cuatro retoques para que pareciera que habían hecho algo, se consiguió que todos los nazionalistas catalanes se unieran nuevamente en aquel Estatuto que acababa de salir de la agonía. Un referendum demostró que a los catalanes des daba una higa el Estatut, la madre cordobesa del Molt Honorable, y las túnicas góticas de las nenas de Zeta. Pero ese estatut, norma inferior que regulaba las relaciones de la parte con el todo en un violento ejercicio de desprecio de la técnica jurídica mas elemental y traición a los mecanismos transaccionales que nos trajeron a la modernidad desde aquel tercer mundo del Plan de Estabililzación, entró en vigor mientras se estudiaba su recurso en el Constitucional, tribunal de tan altas miras que ha sido incapaz de suspender la aplicación del Estatut, o la de la Ley de la supresión voluntaria del embarazo, pero que sí que ha parado el derribo de unas edificaciones ruinosas en Valencia por considerar que esos derribos no eran reparables ni siquiera económicamente si su sentencia se les demoraba, mientras que cargarse un feto de seis meses o unos cursos de aprendizaje del idioma común para un escolar de Hopitalet es una fruslería.

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