jueves, 8 de julio de 2010

Los puretas exquisitos (i)

Una de las características que hacen desgraciado Estepaís es la sobreabundancia de listillos y de enteraos. Si tomando unas cañas con gente que no conoces demasiado comentas entre alucinado e indignado que tu banco te ha ofrecido un piso de torentaypocos metros en la calle Dalavueltaelviento, justo entre el PAU de Quintocoño y el asentamiento de rumanos de un poco más allá, y pide nada menos que chopocientos taitantosmil lereles, es muy probable que uno de los tomacañeadores diga algo como “hombre, pues por el sitio, puede valerlo... torentaypocos metros... mmh... ¿útiles o construídos?”. Ese es un enterao. Si otro dice algo como “puede ser una oportunidad, que los pisos en Madrid capital ya han dejado de bajar y están empezando a subir”, estás ante un listillo. Si añade algo como “el marido de mi hermana, que trabaja desde hace años en el sector inmobiliario me dice que es buen momento para volver a entrar en el mercado”, es que es un listillo con cuñao, una especie de listillo wannabe, la peor degeneración de lo que pudiendo llegar a ser humano se quedó en ser vivo.

Hay varios tipos de enteraos, pero los peores, de lejos, son los puretas. Durante muchos años, estos puretas enteraos me parecían simples pintoresquismos, gente que pretendía hacer las cosas bien, aunque con poco éxito por razón de sus escasas luces o por las limitaciones autoimpuestas de algunas gentes inteligentes y bienintencionados, pero de mirilla desviada para no caer en el desviacionismo, de forma que los pocos puretas que no son progres, acaban pareciendo que lo son. Probablemente me hice consciente de los problemas y los daños que podían llegar a producir a finales de 1999. Se empezaba a hablar del fin de siglo, del fin de milenio, de empezar una nueva era, de los supermacrofiestorros que se prepararían con esa justificadísima excusa: ¡estrenar un milenio!. Era una ocasión inmejorable para darnos unas alegrías, unos buenos rollitos, celebrar la era de acuario que llegaba..., en fin que eso del nuevo milenio era algo que solo había pasado una vez antes y cuentan que el personal, creyendo que con el fin del milenio llegaba el fin del mundo, en lugar de arrepentirse y rezar se dedicó a darle gusto al cuerpo saltándose la moral y las prohibiciones, y asumiendo con alegría que esos pecados se castigarían con una temporadita en el purgatorio, si es que no se les fuera a resultar aplicable directamente el infierno.

La idea de boicotear las celebraciones muy probablemente salió de los laboratorios de ideas del Psoe con el fin de evitar que el odioso Aznar pudiera apuntarse el menor punto de imagen a sólo tres meses de las elecciones sin darse cuenta de que el del bigotín tenía una tendencia grande a enredarse malamente en los acontecimientos y quedar fatal de imagen, que ahí está la muestra de la boda de El Escorial por si tienes dudas, y que mejor hubiera sido dejarle solo a cagarla, pero sospecho que los ideólogos del Psoe estaban dispuestos a cualquier cosa para evitar que Aznar pudiera sonreir en celebraciones gratas para todos. Y puso en marcha a los puretas, que los tiene a paladas, dándoles el argumentario.

Así, cada vez que alguien mencionaba el nuevo milenio, salía uno de estos bobos exquisitos enarcando las cejas y arrugando la nariz y te explicaba la majadería esa de que Dionisio el Exiguo, ese monje que calculó el año del nacimiento de Cristo, no tomó en cuenta el año cero, por lo que el nuevo milenio sólo llegaría en el año dos mil uno, te contaban hasta el año en el que el monje enano se puso a calcularlo, la Orden a la que pertenecía y tres o cuatro tonterías más. Salvo los muy listos, los que sabían que la cosa era para cargarse la celebración, a los demás se les liaba dialécticamente con una cierta facilidad contando los años de uno en uno, mezclando la edad del Cristo con la fecha de calendario y argumentando que el año cero era el de nacimiento “completo”, el que contenía el 25 de diciembre en cuestión. Pero la batalla la ganaron los puretas y en España no se celebró el milenio.

Los puretas andan siempre jugando entre el racionalismo demagogo y los buenos sentimientos de la gente. Son esos seres viscosos a los que los dedos se les vuelven huéspedes hablando de la reinserción del delincuente y de los puntos positivos tiene la Ley del Menor, aunque acaben de trincar a una banda de esos hideputas menores de edad dedicando las escapadas del instituto a apalear ancianas hasta la muerte para arrancarles la pensión o a violar pijas españolas para publicarlo en internet y vengarse de lo que le hicimos a Huascar Capac. Los puretas son los que justifican la prohibición de los crucifijos por la defensa del laicismo y por evitar lo que de coacción supone su exhibición pública, pese a que lo constitucional es la aconfesionalidad, son puretas esos pajarracos que cuando algo les parece correcto o aconsejable, lanzan un a modo de fatwa del derecho subjetivo: si les parece bien la despenalización del aborto, proclaman el derecho de las mujeres a abortar, si consideran lesiva la actuitud pública del Pepé, convierten en un derecho de los ciudadanos mostrar su desacuerdo apedreando las sedes de ese partido. Cualquier día instauran el derecho de los ciudadanos a distinguir a sus enemigos y obligan a los judíos a coserse una estrella en el pecho para que todos sepan que pertenecen a una raza genocida.

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