Los españoles somos una banda de idiotas incorregibles, unos incautos descerebrados. Somos “colectivos” acríticos perfectamente merecedores de nuestras desgracias (no creo que ningún pueblo del mundo, con unas elecciones limpias, sea capaz de hacer repetir gobierno a este tropel, salvo nosotros). Y no me vale acogerme al consuelo de tontos que sería sentir alivio al percatarse de que tampoco en el resto del mundo occidental es que sean especialmente avisados, porque el mal de España, en palabras de un prominente político es que “no cabe ni un tonto más”.
Se quejaba ayer un sabio científico, uno de esos pocos que no se ha visto afectado por varias décadas de manipulaciones propagandísticas inductoras de tontuna de que en Europa se hace mas caso de los gritos histéricos de cuatro ecologistas indocumentados que de los mas profundos estudios científicos. Hablabaa de los productos transgénicos, pero lo que decía es aplicable a cualquier tema en el que la sociedad, o mejor, sus gobernantes (entre los que incluyo a los profesionales de los media) se encuentre con un grupo, por pequeño que sea, que esté dispuesto a publicitar su fundamentalismo, tan falto de escrúpulos como de bases lógicas o científicas, a través de gritos, manifestaciones, cortes de carreteras o despelotes colectivos. Con eso y algún periodista becario de esos que no se quitan la palestina ni para ducharse y algún vejete nostálgico de Largo Caballero, consiguen que a una buena parte de los individuos que luego votan les suene que la algarada está basada en razones sólidas.
Daría mucha risa leer declaraciones como la de Miguel Rios (que por otra parte parece buen tio, majete y bien enrollado), que, preguntado por su opinión sobre los trasvases decía, creo que sin ponerse colorado, que el no tenía opinión propia, que se fiaba la de los ecologistas porque, decía “son los que mas saben”. Pero no da risa porque es peligrosísimo.
De lo que se trata, y de verdad que desconozco el motivo de semejante mentecatez, es de que todos pensemos que los ecologistas lo tienen todo controlado y no se les puede afear nada. A una de sus versiones, la de los amantes de los animales, probablemente la menos dañina (aunque esté trufada de dobles militantes con el calentamiento global, probablemente por la lagrimita del oso de Al Gore, esos luchadores por la libertad que quieren encarcelar a los negacionistas), cuando les dio por luchar contra las pieles en abrigos, una de las primeras batallas que ganaron, una de las acciones que mas les entretenía era la de soltar los visones de las granjas para que vivieran libres y felices en el campo. El equilibrio ecológico de las comarcas afectadas se iba a freír espárragos, desaparecían los predadores autóctonos y sus presas. El desastre era mayúsculo, pero nunca se llegó proponer la cárcel para los autores del desaguisado, ni siquiera se llegó a resaltar la estulticia de esos truños. Porque eran ecologistas. Si llegan a ser las juventudes del Pepé o las peñas de socios del atleti, los progres exigen su fusilamiento al amanecer. Y esos pobres bobos amantes de los animales han sobrevivido con tanta salud que hasta se han permitido el lujo de protestar públicamente porque el Beato Obama mató una mosca en una entrevista televisiva.
Si, se me ha ido el santo al cielo, pero esta vez tengo una buena excusa: estoy de vacaciones. Vale, vuelvo a lo que iba. A los tontos y los gritos. Decía que se hace mas caso a los gritos que a la lógica y la razón y que en Estepaís ya no cabe un tonto más. Y para muestra, el gobierno. Ciertamente no se puede asegurar que sean todos tontos, pero sí que todos vienen del mismo limbo en el que se interpreta la algarabía de un grupúsculo minoritario como “la voz de la calle”. Pero de verdad. Se lo creen.
Y un buen día empezaron a oír los alaridos de cuatro merluzos antitabaquistas fascistoides (que se inspiraban en algunos cretinos americanos que habían conseguido prohibir el tabaco en sus estados), y pensaron que si gritaban tanto y tan fuerte a favor de la prohibición del tabaco, se debía a que eran muchos, muchísimos, la inmensa mayoría, los que querían que se encarcelase a los fumadores y eliminar el tabaco de los lugares públicos. Así que cuando llegaron al poder y con la excusa de que el tabaquismo crea muchos gastos médicos (aunque si fuera verdad lo que nos cuentan también ahorraría un pastón en pensiones la muerte prematura de los fumadores que pasan su corta vida pagando abusivos impuestos especiales), decidieron hacer caso a “la voz de la calle” cumpliendo sus promesas de campaña electoral y tomaron la decisión de impedir el consumo de tabaco en sitios públicos.
Pero era la época de El Talante. No debían destapar sus tendencias liberticidas. Pero daba igual. Como demostraba el griterío antitabaco que tan nítidamente oían, la mayoría de la sociedad estaba por la prohibición. Pensaron “que sea la sociedad libre quien erradique el tabaco de los bares”. Y permitieron que fueran los dueños, impulsados por la presión popular, quienes decidieran que en su local no se podía fumar. Eso si, siempre que tuvieran menos de cien metros cuadrados, que por encima de eso quedó prohibido, digo yo que pensando en las discotecas, que ya se sabe que a los jóvenes hay que dirigirlos con mano firme, que tienen tendencia a la autodestrucción.
Y la sociedad reaccionó como podía esperarse de ella: pasó de prohibiciones como de comer caca de perro. Me precio de ser gran conocedor de baretos y garitos y no sé de más de dos en los que no permitan fumar (y los he borrado de mi agenda). Las estadísticas dicen que no más de un diez por ciento mantienen la prohibición, y sospecho que son los de más de cien metros.
Pues como la cosa les salió rana, como ya no tienen que fingir talante y como ya todos conocemos y tragamos sus tendencias liberticidas, han decidido cortar por lo sano y prohibir a las bravas. Si la sociedad no sabe lo que les conviene, ellos si lo saben, que por algo son la vanguardia del proletariado. Terminantemente prohibido fumar. Seremos, lo publicará algún becario, de los países más avanzados del mundo.
Teniendo en cuenta, además, que la crisis le está pegando un formidable estacazo a los locales de ocio, la medida no puede calificarse sino de genial. No sólo mejorará la salud de los españoles, también los dueños de los bares, que son todos unos empresarios explotadores, se darán cuenta de quién manda aquí. Y se cuidarán muy mucho de contratar a nadie para explotarle.
Se trata de demostrar que el gobierno puede prohibir. Que sepamos que puede inmiscuirse en nuestras elecciones. Aunque la prohibición sea impopular, lo hacen porque ellos mandan. ¡Serán capullos!
Se quejaba ayer un sabio científico, uno de esos pocos que no se ha visto afectado por varias décadas de manipulaciones propagandísticas inductoras de tontuna de que en Europa se hace mas caso de los gritos histéricos de cuatro ecologistas indocumentados que de los mas profundos estudios científicos. Hablabaa de los productos transgénicos, pero lo que decía es aplicable a cualquier tema en el que la sociedad, o mejor, sus gobernantes (entre los que incluyo a los profesionales de los media) se encuentre con un grupo, por pequeño que sea, que esté dispuesto a publicitar su fundamentalismo, tan falto de escrúpulos como de bases lógicas o científicas, a través de gritos, manifestaciones, cortes de carreteras o despelotes colectivos. Con eso y algún periodista becario de esos que no se quitan la palestina ni para ducharse y algún vejete nostálgico de Largo Caballero, consiguen que a una buena parte de los individuos que luego votan les suene que la algarada está basada en razones sólidas.
De lo que se trata, y de verdad que desconozco el motivo de semejante mentecatez, es de que todos pensemos que los ecologistas lo tienen todo controlado y no se les puede afear nada. A una de sus versiones, la de los amantes de los animales, probablemente la menos dañina (aunque esté trufada de dobles militantes con el calentamiento global, probablemente por la lagrimita del oso de Al Gore, esos luchadores por la libertad que quieren encarcelar a los negacionistas), cuando les dio por luchar contra las pieles en abrigos, una de las primeras batallas que ganaron, una de las acciones que mas les entretenía era la de soltar los visones de las granjas para que vivieran libres y felices en el campo. El equilibrio ecológico de las comarcas afectadas se iba a freír espárragos, desaparecían los predadores autóctonos y sus presas. El desastre era mayúsculo, pero nunca se llegó proponer la cárcel para los autores del desaguisado, ni siquiera se llegó a resaltar la estulticia de esos truños. Porque eran ecologistas. Si llegan a ser las juventudes del Pepé o las peñas de socios del atleti, los progres exigen su fusilamiento al amanecer. Y esos pobres bobos amantes de los animales han sobrevivido con tanta salud que hasta se han permitido el lujo de protestar públicamente porque el Beato Obama mató una mosca en una entrevista televisiva.
Si, se me ha ido el santo al cielo, pero esta vez tengo una buena excusa: estoy de vacaciones. Vale, vuelvo a lo que iba. A los tontos y los gritos. Decía que se hace mas caso a los gritos que a la lógica y la razón y que en Estepaís ya no cabe un tonto más. Y para muestra, el gobierno. Ciertamente no se puede asegurar que sean todos tontos, pero sí que todos vienen del mismo limbo en el que se interpreta la algarabía de un grupúsculo minoritario como “la voz de la calle”. Pero de verdad. Se lo creen.
Y un buen día empezaron a oír los alaridos de cuatro merluzos antitabaquistas fascistoides (que se inspiraban en algunos cretinos americanos que habían conseguido prohibir el tabaco en sus estados), y pensaron que si gritaban tanto y tan fuerte a favor de la prohibición del tabaco, se debía a que eran muchos, muchísimos, la inmensa mayoría, los que querían que se encarcelase a los fumadores y eliminar el tabaco de los lugares públicos. Así que cuando llegaron al poder y con la excusa de que el tabaquismo crea muchos gastos médicos (aunque si fuera verdad lo que nos cuentan también ahorraría un pastón en pensiones la muerte prematura de los fumadores que pasan su corta vida pagando abusivos impuestos especiales), decidieron hacer caso a “la voz de la calle” cumpliendo sus promesas de campaña electoral y tomaron la decisión de impedir el consumo de tabaco en sitios públicos.
Pero era la época de El Talante. No debían destapar sus tendencias liberticidas. Pero daba igual. Como demostraba el griterío antitabaco que tan nítidamente oían, la mayoría de la sociedad estaba por la prohibición. Pensaron “que sea la sociedad libre quien erradique el tabaco de los bares”. Y permitieron que fueran los dueños, impulsados por la presión popular, quienes decidieran que en su local no se podía fumar. Eso si, siempre que tuvieran menos de cien metros cuadrados, que por encima de eso quedó prohibido, digo yo que pensando en las discotecas, que ya se sabe que a los jóvenes hay que dirigirlos con mano firme, que tienen tendencia a la autodestrucción.Y la sociedad reaccionó como podía esperarse de ella: pasó de prohibiciones como de comer caca de perro. Me precio de ser gran conocedor de baretos y garitos y no sé de más de dos en los que no permitan fumar (y los he borrado de mi agenda). Las estadísticas dicen que no más de un diez por ciento mantienen la prohibición, y sospecho que son los de más de cien metros.
Pues como la cosa les salió rana, como ya no tienen que fingir talante y como ya todos conocemos y tragamos sus tendencias liberticidas, han decidido cortar por lo sano y prohibir a las bravas. Si la sociedad no sabe lo que les conviene, ellos si lo saben, que por algo son la vanguardia del proletariado. Terminantemente prohibido fumar. Seremos, lo publicará algún becario, de los países más avanzados del mundo.
Teniendo en cuenta, además, que la crisis le está pegando un formidable estacazo a los locales de ocio, la medida no puede calificarse sino de genial. No sólo mejorará la salud de los españoles, también los dueños de los bares, que son todos unos empresarios explotadores, se darán cuenta de quién manda aquí. Y se cuidarán muy mucho de contratar a nadie para explotarle.
Se trata de demostrar que el gobierno puede prohibir. Que sepamos que puede inmiscuirse en nuestras elecciones. Aunque la prohibición sea impopular, lo hacen porque ellos mandan. ¡Serán capullos!

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