jueves, 10 de septiembre de 2009

Reciclando

En cuanto uno se pone a pensar, se da cuenta de que el final de las vacaciones consiste en una serie de repeticiones de consecuencias extremas. Algunas de ellas ayudan a que podamos afrontar el curso nuevo con empuje, con energía, con buen humor y con sentido de la responsabilidad. Otras generan las reacciones contrarias, o sea, que te hunden en la miseria mas negra o consiguen que nazca en ti la ira. Pero suelen ser las mismas cosas todos los años, con lo que deberíamos estar acostumbrados, prever que las mismas cosas pueden generar las mismas reacciones, y evitar tanto la euforia, por eso de que antes o después acaba en frustración, como la ira, que inevitablemente degenera en resignación.

Es obvio que el olor de los libros, los cuadernos y los lápices nuevos no garantiza en absoluto que el curso vaya a ser divertido, que las sonrisas y palmaditas del jefe no indican que haya dejado de ser el inútil malencarado que era antes de las vacaciones, y que el montón de papeles que se han acumulado sobre la mesa no va a seguir creciendo indefinidamente, así que cuando se va sabiendo que no hay que perder los nervios con esos efectos de vuelta de vacaciones, se controla la depresión (o la euforia) postvacacional esa de la que nos hablan todos los septiembres.

También aparecen cosas nuevas. Esas son las peligrosas, porque por su novedad no tenemos anticuerpos para combatirlas y son capaces de conseguir que lo que debería ser una placentera vuelta al cole, mute en cabreo sordo hacia cualquier cosa. Este año no he podido evitar enfadarme con las ínfulas ecologistas que nos han asaltado. No digo yo que la mandanga de la desaparición de las bombillas de filamento haya sido el desencadenante único de esa fobia que me ha entrado de repente, ni siquiera que haya sido lo más influyente, pero ha colaborado. De hecho, ha sido necesaria la confluencia de varios pequeños detalles para que la vena del cuello haya estado a punto de estallar y me haya vuelto a dar cuenta de que somos unos cretinos desmemoriados y de que se nos engaña con cuatro consignas y dos anuncios.

En el fondo lo que me ha provocado esta nueva crisis de incorrección política ha sido el montón de papeles que me esperaban sobre mi bancal de galeote. Todos eran papeles reciclados. Ahora trabajo con un grupo de gente que sólo utiliza papel previamente usado y no me lo puedo explicar: jamas he visto el papel no recliclado. Me pasa como a no recuerdo qué personaje español que en una entrevista decía que nunca pudo dejar de admirar a su madre porque durante décadas consiguió alimentar a sus ocho hijos con sobras, sin que nunca se vieran los alimentos originales. Los papeles reciclados me han desatado el odio al reciclaje, a los recicladores y a lo reciclado.

Digo yo que hace años, la basura doméstica se depositaría en la calle. Sin bolsas ni mariconadas escrupulosas. A la brava y desde la ventana, con esa reciedumbre esteparia que siempre ha sido nuestro santo y seña. El crecimiento de nuestra capacidad económica alentó nuestras costumbres higiénicas, y se destinaron recursos a retirar basura de las calles. Esos mecanismos se fueron perfeccionando, y ya desde no hace mucho mas de veinte años la recogida de basuras, además de cara, ha sido eficaz: metías los residuos en una bolsa, los dejabas en un cubo junto al portal y, por la noche, desaparecían.

Pero ¡Ay! Pronto alguien se dio cuenta de que lo de las basuras podía ser un lucrativo negocio si se conseguía seleccionar los materiales desechados. Y aparecieron los contenedores de vidrio. Los que éramos modernos (y no vivíamos lejos de los contenedores) empezamos a conservar las botellas vacías para reciclarlas debidamente. Y entonces, en el 94, a un espabilado amiguete de legislador europeo se le ocurrió que había que “valorizar” los envases de los productos, es decir, recuperar los envases usados para usarlos de nuevo como materia prima de bajo coste para hacer otras cosas y un pastón en el negocio. Y lo disfrazaron de “prevenir y reducir el impacto sobre el medio ambiente de los envases y la gestión de los residuos de envases a lo largo de todo su ciclo de vida” (L 11/97), imponiendo una tasa a los fabricantes (repercutida en el precio, por supuesto) para que se pagaran los costes del reciclado.

Bueno, la voracidad de los recaudadores no tiene límite, la estupidez del consumidor que pretende ser considerado como respetuoso con el medio ambiente es igualmente oceánica y las tragaderas del ciudadano están ya tan dilatadas que no sabemos ni lloriquear. Hace cincuenta años, en los pueblos era obligatorio barrer la acera a lo largo de la fachada de tu casa, pero con ese tipo de obligaciones de currar personalmente para la comunidad acabó la Constitución diciendo que “sólo podrán establecerse prestaciones personales o patrimoniales de carácter público con arreglo a la ley”. Y alguna ley hay que obliga a hacer cosas a los ciudadanos en determinadas circunstancias (prestar el coche o incluso hacer de chófer en caso de emergencias, por ejemplo), pero es siempre una ley con rango de ley aprobada en el parlamento. Ahora con una vulgar ordenanza municipal nos obligan a empezar a separar los residuos, es decir, nos cobran una tasa en carne, o en sudoroso esfuerzo, tanto da. Si, ya sé que ilustres catedráticos dicen que no es una prestación personal, pero el caso es que una ordenanza municipal me obliga a hacer por el bien de la comunidad cosas que no quiero hacer, y para lo que además ya estoy pagando.

Y no lo puedo remediar. Me toca los pelendengues tener que separar los envases, los residuos orgánicos, las botellas, el papel, las pilas, las bombillas venenosas de bajo consumo, los medicamentos caducados, el aceite de cocina y cualquier otra gilipollez que se les ocurra, en depósitos separados. Como si en mi cocina, o en la cocina de cualquiera, cupieran dieciocho cubos de reciclado que habrá que teminar alineando en el pasillo si se retrasan los inventos que sin duda Ikea venderá para facilitarnos la labor mientras proporciona a nuestras viviendas su inconfundible aspecto de eficacia nórdica.

Si, me quejo, o sea, que soy un facha insolidario, aunque lo de la separación de los materiales no es lo que peor llevo. Lo que llevo verdaderamente mal es darle a esos materiales separados el destino correcto. El contenedor de papel no me pilla demasiado lejos, pero desde luego no está junto al portal como lo de los residuos orgánicos, sino un par de manzanas más allá y además, siempre está completamente lleno. El de las pilas usadas no tengo ni idea de dónde encontrarlo en mi barrio, así que tengo una caja llena de pilas y no se me ocurre cómo deshacerme de ellas (bueno, si se me ocurre, y cualquier dia lo hago aunque envenene un estercolero), los medicamentos caducados tienen que ir a la farmacia cercana, pero claro, en horario comercial no coincidente, por tanto, con el del depósito de los residuos orgánicos, que ya no se pueden agrupar en las bolsas del Carrefour, sino que hay que comprar otras ad hoc, y las botellas al contenedor de vidrio que puede estar, o no, junto al contenedor de papel.

Y si llevo mal lo de darles destino adecuado, pierdo los papeles cuando es imposible saber qué coño es lo que hay que hacer con ellos. ¿Dónde se tiran las bombillas rizadas? Aunque claro, diréis que aún no hace falta saberlo porque con lo que duran, todavía no se le ha terminado la vida útil a ninguna, con lo que quedará demostrado que somos globalmente idiotas, crédulos hasta la náusea y merecedores de todo lo que nos pasa. ¿Y el aceite de cocina usado?. Bueno, pues lo que me faltaba son esos anuncios estúpidos según los cuales debemos distinguir al reciclar entre vidrio, cristal y porcelana, que no todo es lo mismo y perjudicamos al reciclado si no lo separamos convenientemente.

Yo creo que se están riendo de nosotros, que nos toman el pelo a propósito, que los líderes en la sombra de los movimientos ecologistas son unos cachondos conscientes de que sólo es una tomadura de pelo, que cuando se les ocurre una nueva parida ecologista se reunen para planificarla y que cuele si estridencias, y se descojonan. Seguro que esos mentecatos de la ONU se han partido el pecho de la risa que les ha dado decidir que habría que imponer un impuesto personal por la producción de carbono, un impuesto por respirar, que manda güebos la idea. ¿Apostamos a que lo ponen? Pues por mí, se acabó. Con esa última supermegamajadería se acabó. Ya no reciclo más si no es con una pistola en el pecho.

2 comentarios:

  1. Y si por error tiras un carton en la bolsa de los orgánicos, no te preocupes, que con otra ordenanza municipal crearán a los CSI de la basura, que analizarán el ADN de tu basura para encontrarte y ponerte una multa. Ah, que ya se esta haciendo en algunos sitios.... pues todo es empezar.

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