martes, 19 de enero de 2010

Haití

Pues me vuelve a tocar ser políticamente incorrecto. No es que me moleste, no. Es más, creo que incluso me divierte, aunque casi me gusta más serlo en la vida real, que me encanta ver la cara que me pone la gente cuando suelto las incorrecciones porque sólo los más indulgentes se limitan a constatar que soy un facha de la peor especie. Es lo que tiene la incorrección política: cada vez hay menos gente que se atreva con ella, y tal como van las cosas en la educación, que todas las asignaturas están trufadas de buenismo, solidaridad y ecologismo, dentro de nada la inadaptación al dogma podrá ser motivo de sanción administrativa o judicial sin que a nadie se le ocurra cuestionar no ya la racionalidad de cualquier postulado de obligada deglución, sino incluso la iniquidad de las sanciones al pensamiento discrepante.

Y hoy la incorrección la voy a mantener a costa de las ayudas a Haití. No a las presentes, sino a las pasadas. Porque son esas ayudas las responsables de lo que podía haber sido un simple desastre haya conseguido ser una hecatombe que no sólo se ha llevado por delante demasiadas vidas, muchas más de las que correspondería por un enorme terremoto, sino que también ha arrasado cualquier tipo de estructura social que pudiera haber sido la base de la paliación de los daños más inmediatos y la base de una posible reconstrucción.

Con los antecedentes de un país nacido de los filibusteros y bucaneros franceses, y que, si descontamos USA, que se adelantó cinco años, había sido el primero de América en conseguir la independencia (por el expeditivo método de apiolar los esclavos a los amos, imitado poco después por Jamaica, otro nido de piratas, aunque allí ingleses), y quizá para evitar la reproducción del esquema cubano en el marco de la Guerra Fría y eliminar cualquier tentación intrusiva de la Unión Soviética en otra isla caribeña aprovechando su peculiaridad (se trata del único estado francófono que pueda verse en un mapa de la zona), desde los años setenta el mundo occidental inyectó ingentes cantidades de dinero, de alimentos y de medicinas a la población de Haití. Antes del terremoto estaban presentes en Haití más de diez mil oenegés, con sus voluntarios, su turismo de aventura y sus subvenciones gubernamentales, que manda pelotas.

El caso es que según he ido leyendo por ahí, en 1970, Haití producía el noventa por ciento de sus necesidades alimenticias, pero ahora es absolutamente dependiente de la caridad extranjera. Ahora, por no tener, no tienen ni agua potable, ni árboles, ni siquiera tienen tierra fértil. Y se lo pueden agradecer a la Ayuda al Desarrollo esa que sólo sirve para que los occidentales ricos nos sintamos estupendamente, pensemos que somos buenos porque nos preocupamos de los que menos tienen y más necesitan y acallemos nuestras conciencias miserables, porque no queremos enterarnos de que esas ayudas, en la mayoría de los casos, son contraproducentes. Valga como muestra aquella anecdotilla de no recuerdo qué país africano, lleno de materias primas y con incipientes manufacturas pero sin mercado en el que venderlas en buenas condiciones, al que volvió un brillante emprendedor después de estudiar en no se qué país occidental. Había conocido las posibilidades de internet para abrir fronteras y mercados, y nada más llegar montó una miniempresa de diseño de páginas web para exportadores. Empezó a ganar clientes y pronto tuvo que contratar a una persona más. Siguió con ello y la empresita crecía y crecía. Tenía ya cincuenta empleados cuando una oenegé alemana decidió hacer su buena obra: regalar páginas web a exportadores de ese país. La empresa del emprendedor tuvo que cerrar.

Y así viene la más directa incorrección. Nuestras ayudas en alimentos y medicinas, pero no en educación, ni en infraestructuras, lo único que han conseguido en Haití (y en muchos otros sitios) ha sido instaurar un país superpoblado que exige una sobreexplotación de la tierra y su esquilme definitivo. La quintaesencia de la economía insostenible, el paradigma de la explotación por la caridad. Y no aprendemos. Hace años, en Sudán, se desató una hambruna que mató a millones de personas sin que ni siquiera las ayudas de los solidarios occidentales pudiéramos hacer nada. Y es que una sequía (importante, pero no mucho mayor que una de las sequías que cíclicamente maltratan aquella parte de África), había borrado la poca comida que se había quedado sin aprovechar por demasiados sudaneses demasiado hambrientos. Terrenos medianamente fértiles pasaron a ser un desierto en el que los habitantes de la zona habían devorado hasta las raíces de la última brizna de hierba.

En Haití ha pasado lo mismo. Demasiada gente con las necesidades mínimas (o más que mínimas, minimísimas) cubiertas. Los alimentos donados por los occidentales, excedentes agrícolas que regalan los estados para no deprimir los precios de mercado, acaban arruinando a los agricultores locales, que dejan de cultivar (quién va a pagar por algo que regalan cien metros más allá). Las medicinas reducen la mortalidad infantil de manera que veinticinco años después la población se ha multiplicado hasta cotas inabarcables, ha crecido hasta ser tantos que la capacidad productiva del país nunca podrá mantener, de forma que toda esa población queda repentina e inevitablemente enganchada a la caridad o a la emigración. La estructura del estado, de un estado que no tiene que esforzarse para garantizar la supervivencia a la población, porque es algo que le regalan los muy solidarios y buenísimos países ricos, pero por lo que además ni siquiera podría hacer nada porque está absolutamente desbordado y cuyos agentes tampoco tienen que preocuparse demasiado de mantenerse en el poder, pues quienes viven de la subvención y la caridad no tienen posibilidades de rebelión porque han dejado de ser libres, la estructura del estado, digo, queda reducida a la mínima necesaria para que la corrupción se institucionalice. La ausencia de la necesidad de producir nada o la inutilidad de hacerlo, evita gastos en infraestructura, gastos que, por otra parte no se podrían subvenir porque no existen ingresos y la ayuda de los ricos es una caridad de supervivencia, no una ayuda de inversión. Como en esas circunstancias la corrupción más brutal se ha apoderado de la totalidad de los resortes del estado, nadie invierte allí, que es que hasta Aristide, aquel cura partidario y defensor de la Teología de la Liberación que se convirtió en Presidente del país se corrompió hasta el mondongo. La poca energía necesaria en el trópico se obtiene de donde siempre se ha obtenido: de los árboles, pero como hay cuatro veces más población, hay cuatro veces más consumo, con lo que el país se deforesta (una visita a Google Maps alternando la vista satélite y la de fronteras hace alucinar: la mera existencia de frontera cambia el color de la vegetación en un lado y el otro), y sin árboles, el agua que cae no se filtra en la tierra, corre arrastrando la tierra fértil, y no se puede aprovechar...

Cuando un terremoto es lo suficientemente potente, la pésima calidad de las edificaciones mata a cientos de miles de personas, la mínima estructura del estado desaparece al romperse la cadena de mando, y el principio de entropía se apodera de la sociedad, de tal manera que el caos y la violencia incluso llegan a impedir que se reparta la mínima ayuda de supervivencia. Como decía un titular estremecedor hace unos días, Haití ha desaparecido.

Pero hay gente que tiene buenas ideas: Obama decide que hay que garantizar la supervivencia de la población y que la paz, entendida como ausencia de violencia y respeto a unas normas mínimas, se debe imponer, porque es imprescindible tanto para evitar abusos como, simplemente para que la ayuda llegue a quien la necesita y no se quede en los bolsillos de las pequeñas mafias de salteadores de cadáveres que se están organizando. Y decide enviar a quince mil soldados en un barco de guerra que lleva también quinientos médicos, tres hospitales, un generador eléctrico suficiente para alimentar una ciudad y varias potabilizadoras de agua, para que suplan la ausencia de estado.

Ha faltado tiempo para que una cohorte de mentecatos progresistas salte al cuello de los americanos: que si imperialistas, que si pretenden invadir, que si quieren adueñarse de ese país... Pero vamos a ver. ¿Quieren adueñarse de qué? ¿qué tiene Haití que lo haga deseable? porque desde luego ya no es la riquísima colonia que se independizó de Francia y estuvo cincuenta años pagando indemnizaciones que obtenía de ingentes cultivos de caña de azúcar y que le impidieron desarrollar cualquier infraestructura en todo el siglo XIX, aquel país que fué tan rico como para invadir y ocupar la República Dominicana ya no tiene nada. Pero eso sí, Chávez, Ortega, Morales,... vamos, esa pandilla de insensatos liberticidas que están arruinando a su pueblo, en lugar de seguir empujando para salvar la vida de miles de seres humanos, se ha puesto a clamar contra el imperio, como si ellos tuvieran mejores soluciones. Y nosotros, sólo para que se nos vea, hemos enviado a la Marivice, que habrá estrenado un par de modelazos adecuados para la ocasión de a dos mil euros cada uno. Y la Francia no ha podido, por esta vez, eludir los estúpidos designios de su apolillada Grandeur de ex-potencia colonial y también se han puesto a protestar. ¿Pero es que no os dais cuenta, idiotas, de que la única manera de que no mueran un par de millones de personas de forma inmediata es tomar aquel remedo de país con las armas en la mano, acabar con los saqueos y pillajes y meter un dineral para dotarlo de las infraestructuras mínimas para que pueda mantenerse por sí mismo en un futuro más o menos lejano? ¿Pero es que no os dais cuenta, majaderos, de que eso sólo lo puede hacer alguien con las ideas claras y muchísimo dinero? ¿Pero es que no os dais cuenta, solemnes bobos, adolescentes malcriados, imbéciles, de que eso sólo puede hacerlo Estados Unidos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario