La Crisis del Petróleo del setenta y tres pilló a España en bragas. Franco había empezado a chochear y el Régimen empezaba a derrumbarse. Al principio, nadie se atrevió a trasladar la subida del petróleo a la sociedad y las cosas se complicaron. En Europa si habían hecho los deberes, pero a pesar de ello la actividad económica cayo y aumentó el paro de forma tan considerable que una buena parte de los españoles que se habían buscado la vida por allí (eliminando el paro interior, por cierto) tuvieron que volverse. La muerte del dictador, el inicio de la libertad, el aumento del paro, las continuas concesiones para mantener la paz social permanentemente amenazada por unas reivindicaciones sindicales que tenían en las huelgas, las manifestaciones y las algaradas un juguete nuevo que estaban deseando usar, la necesidad de mantener tranquilo a un ejército seriamente mosqueado ante una previsible pérdida de influencia, una enorme base social que no veía la democracia con buenos ojos y, consecuentemente con todo ello, una inflación que llegó al cuarenta por ciento impulsada por las subvenciones a la energía imprimiendo moneda, y que podía derivar hacia la hiperinflación si no se adoptaban medidas dolorosas, llevó a los Pactos de la Moncloa, un ejercicio de responsabilidad que nos libró por los pelos de una nueva dictadura militar que esta vez no iba a limitarse a un autoritarismo light como el régimen tecnócrata del franquismo desde los planes de desarrollo, sino del corte sangriento de las sudamericanas.Con ese difícil panorama se aprobó una Constitución que consagró el “café para todos” que un mentecato, andaluz y ministro, había proclamado para hacer frente a las entonces moderadas ambiciones de las preautonomías vasca y catalana (¡qué distinto habría sido todo si nos hubiéramos parado en esas dos!) y se amarraron unos ajustes económicos que junto a unos abundantes dineros que el SPD de Willy Brandt enviaba al Psoe de González a través de unas operaciones negras como grillos de una sociedad que se llamaba Flick y que provocó un sonoro escándalo en Alemania y algo menor en España (¡qué poca gente se acuerda ahora de aquello de González: “ni una peseta, ni un marco; ni de Flick, ni de Flock”!) dieron gasolina suficiente a los psocialistas para que se lanzaran a un acoso descomunal contra Suárez, que gobernaba en una minoría que, como hoy, debía pagar los apoyos.
Y estábamos en esas cuando nos arrolló la segunda Crisis del Petróleo en el setenta y nueve de la revolución de Jomeini y la guerra entre Irán e Iraq y comienzan las medidas para combatirla. Se imponen restricciones al consumo, se subvenciona la importación (digresión para modernos: una de las medidas de ahorro energético fue obligar a apagar los escaparates y cerrar los bares a las doce de la noche, con lo que se vieron los primeros botellones, esa bonita costumbre que ha sobrevivido más de treinta años), se disparan la inflación, el paro y, con el “café para todos” del mentecato, Manuel Clavero, que lo era tanto que provocó una crisis de gobierno dimitiendo en el ochenta porque no se le quería dar a Andalucía el mismo trato competencial que a Cataluña, las ambiciones de miserables mindundis autonómicos que quieren poder se disparan, la ETA decide que los vascos no quieren café, sino sólo chacolí, y se pone a matar militares a mansalva. Mientras el ejército se va cabreando cada vez más y UCD se descompone, mucha gente se da cuenta que o se hace algo o el futuro pacífico y próspero que querían para España se va a hacer puñetas.Todo estaba preparado. Múgica, hacedor con Pablo Castellanos y Redondo de la toma del Psoe por “Isidoro” y “Canijo” en Suresnes en el setenta y tres y que seguía en el círculo de los que mandaban en el partido, se había reunido un par de veces con Armada, la mano derecha del Rey, y con Joan Raventós, catalanista de pro, en Gerona; cada vez estoy más convencido de que Suarez y Fraga estaban al tanto del movidón y Pujol ha reconocido que le habían sondeado, y de que todos estaban de acuerdo con la “Solución Armada”: un gobierno transitorio con el representante del Jefe del Estado y Jefe de su casa militar como Presidente de Gobierno, González, Vicepresidente, y ministros como Solé Turá, uno de los Padres de la Constitución, del PC, algunos de los catalanistas, de los vascos y, por supuesto, de la UCD de Suarez y de la CD Fraga, todo ello con un general de Ministro de Autonomías y otro de Interior. Un gobierno de unidad nacional que acabaría con la feroz ofensiva etarra, acallaría el “ruido de sables” en las salas de banderas y sobre todo, se llevaría por delante el “café para todos” del mentecato dejando sólo las autonomías de Cataluña y Euskadi, pero con facultades muchísimo más limitadas, culminando un nuevo proceso constituyente seguido de nuevas elecciones.
Pero, cuando Tejero vio la lista de gobierno que le presentaba Armada se plantó, por ahí no pasaba aunque se lo ordenara, que se lo ordenó, el General Milans del Bosch. Lo único que le había llevado al Congreso era cargarse la democracia y acabar físicamente con la oposición roja. Todo se fue al carajo, Juan Carlos dio orden de que se emitiera su mensaje por televisión (“...he cursado a los Capitanes Generales de las regiones militares, zonas marítimas y regiones aéreas la orden siguiente...”) y España no pudo evitar convertirse en lo que ahora estamos sufriendo.Estamos ahora en una situación tan dramática como entonces. No hay riesgo militar, pero con cinco millones de parados, con un riesgo cierto de que nadie compre las emisiones de deuda que permitan pagar las pensiones, los subsidios, ni los sueldos de los funcionarios, que ni rescate ni leches, que no hay pasta suficiente, de que la mitad de las entidades bancarias salten por los aires al no poder colocar las emisiones necesarias para atender los vencimientos de los pasados disparates, de que en esa tesitura el PIB se venga abajo y nos vayamos a un treinta o cuarenta por ciento de paro, con Mohamed de marruecos oliendo la sangre y solucionando por las bravas su problema en el Sahara ante el estruendoso silencio español (¿con qué ha amenazado?) y convocando manifestaciones contra España, según acabo de oir en las noticias de la noche, o sea, cuando el futuro de todos, el honor de la nación y la paz social están a punto de saltar por los aires, parece que Zapatero ha perdido definitivamente la razón y prefiere que la hecatombe se produzca para continuar dentro de pocos años su misión de transformación social, a asumir el deber de tomar las decisiones que garanticen la supervivencia de nuestro país con tal de evitar el desastre electoral de su partido y el inmisericorde despellejamiento personal que sin duda sufrirá a manos de sus propios camaradas.
Pero han sucedido cosas que me han devuelto la esperanza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario