Siempre que lo veo sonriendo me acuerdo de Chipi, el hamster con el que viví hace unos años. Dicen los enterados que detras de la sonrisilla ratonil hay uno de los cocos más profundos, mejor amueblados y más completos de Europa. Me refiero a Joseph Ratzinger, Benedicto XVI. “De gloria olivae”, según la profecía de San Malaquías.No lo sé, pero si ellos lo dicen, será verdad, y a favor de que sea así está que la elección de cada nuevo Papa no es cosa de voto mayoritario popular, sino que solo lo eligen entre cien y doscientos personajes cuidadosamente elegidos que tienen prohibido buscar apoyos para sí mismos, y se necesitan dos tercios de ellos para que aparezca el nuevo Papa, que es uno de los cardenales votantes. En esas las condiciones, la posibilidad de elegir un cantamañanas para gobernar la Iglesia Universal (que eso significa Católica) son bastante remotas.
En cualquier caso, parece que tiene un aguzadísimo sentido de la oportunidad y que su capacidad de remover conciencias con un pequeño toque no es sólo algo casual, sino que parece muy meditado. El sábado pasado dijo un par de cosillas en el avión que le traía a España que creo que le están dando un disgusto a los capitostes del eficaz aparato de agitprop del psoe según van dándose cuenta de lo que hay. Porque equiparar el enfrentamiento entre fe y modernidad que tenemos en España ahora con el “anticlericalismo fuerte y agresivo que se vio en los años treinta”, parece una pasada, pero en realidad, lo sea o no, lo cierto es que es una patada en las gónadas de los apologetas de aquella Arcadia feliz que quieren que creamos que fue la Segunda República de las de efecto retardado. Pero todavía sólo se han dado cuenta unos pocos, porque la patada se la dan ellos a sí mismos.
El caso es que los que tan contentos se ponen cada vez que alguno de los rascatripas y titiriteros de la “gente de la cultura” suelta alguna de sus opiniones sobre lo divino y lo humano pese a su misérrima formación, han saltado llenos de indignación a decir que el Papa no debería manifestar su opinión sobre cuestiones sociales, que se trata de una injerencia intolerable (no sé yo que tendrá Willy Toledo que no tenga Ratzinger para poder opinar de la historia o de la sociedad), pero no se han dado cuenta de que detrás de esas palabras había algo muy gordo. Tanto es así que Zeta, el mismo que no tuvo empacho en celebrar con Erdogan la fiesta de Id-al-Fitr, la del fin del ramadán, después de contraprogramar al Papa con su viaje de paz a Afganistán, ha tenido que volver deprisa y corriendo (solo llegó a pillarle ya en el aeropuerto, durante diez minutillos y sospecho que urgido por el turbio Rubalcaba), para dejarse hacer unas fotos (¡horror!) con él y explicarle que “España es un Estado aconfesional que garantiza las libertades”.
Demasiada reacción para un simple comentario hecho como de pasada en un avión. ¿O no? Seguro que pensarás que era un comentario exagerado, que tienen zrazón los que han puesto a parir a Benedicto XVI por soltarlo sin pensar, que no se puede andar dando argumentos a esos del Poleo Party que dicen que estamos como en el treinta y cuatro, porque de ninguna manera estamos como entonces, que en absoluto es comparable la situación de los años treinta y la actual, o como dice El País, nada menos que en un editorial “El Papa fue injusto y poco diplomático cuando, volando hacia Santiago de Compostela, comparó en el tradicional encuentro con periodistas el "laicismo agresivo" de la España actual con el que incendiaba iglesias y conventos durante los años treinta del siglo pasado”) o Félix Población en Público, que califica como “infamia” que debería hacer protestar a “alguien del gobierno que nos representa” por las palabras del Papa manteniendo que “lo que soporta su institución en España es una persecución, similar a la que se dio en los años treinta del pasado siglo”.
En el mismo sentido se han manifestado los tertulianos en cada una de las tertulias radiofónicas, incluida la Ser, y todos les han dado la razón: no se pueden comparar los dos anticlericalismos, ahora no se mata curas ni se queman conventos como se hacía entonces. Todos hemos quedado convencidos de que Benedicto XVI exageró, se fue de la boca, se pasó de frenada. Porque no tenía razón, que ahora no se matan curas ni se violan monjas.¡Hay que joderse con el hamster! Desde luego, no podía habérsela clavado mejor. Y los progres (menos el avieso Rubalcaba y su actual protegido) han caído como pardillos en la simplísima celada del alemán. Porque todo aquel desinformado y converso a la especie de que durante la Segunda República el respeto a la libertad era exquisito, de que la democracia era un sistema pacífico y querido por todos contra el que se levantaron unos pocos militares fascistas y cuatro curas carcas, cuando le hablen otra vez de aquellos idílicos momentos ferozmente truncados por el fascismo de Franco, ya se podrán preguntar ¿y cómo era que siendo tan buenos y tan demócratas mataban curas y quemaban conventos como dice El País?.

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