Tengo a mi alrededor una buena cantidad de mujeres extremadamente competentes, más que hombres competentes, aunque no sé si eso es porque en este prado en el que rumio mientras veo pasar los trenes desde hace algunos años hay más mujeres que hombre o porque no se le da demasiada importancia a los resultados ni a la eficacia, ni dependen de ellos la cantidad de hierbas que se consiguen al año, de forma que es el refugio natural de las mujeres competentes que no tienen ese instinto cazador que sí tienen la mayoría de los hombres después de unas decenas de miles de años de evolución dedicando su gen diferenciador a perseguir bichos y darles matarile y que, una vez desaparecidos los mamuts y mejoradas las técnicas para hacerse con una gacela por simple pago, es el instinto que tradicionalmente se usa con los rivales que te disputan el heno extra que se reparte en forma de ascensos o bonus (las que tienen ese instinto, que también las hay, tienden a salir de aquí hacia pastos más provechosos, y es curioso que pese a que hay más mujeres valiosas que hombres valiosos, son hombres quienes en mayor número dejan esta tranquila pradera buscando otras hierbas más nutritivas).De todas esas mujeres, sólo una está conforme con la sarta de leyes que llaman “de igualdad” o de “discriminación positiva” y que tienen como misión básica la de discriminar a los hombres primando a las mujeres, las demás llegan a considerar hasta ofensivo que se les defina un camino que pone en duda su valía y las lleva a verse degradadas a la categoría de simple cuota, pero incluso sospecho que también la disidente está en contra de ello, que cuando dice que está encantada, suele añadir que ha apreciado que en los consejos de administración de las compañías del Ibex hay pocas mujeres y que ella misma es una excelente candidata para cubrir la cuota, callar, obedecer y, especialmente, cobrar. Como también suele comentar que el burka le parece una prenda utilísima para usar en el hiper los sábados por la mañana si se ha salido el viernes y para esos días en que no quieres encontrarte con nadie por la calle, pues eso, me sospecho que está más bien de coña.
Y es que, efectivamente, las mujeres válidas son eficaces con o sin leyes de igualdad, y las inútiles lo son pese a ellas. Lo único que las mujeres necesitaban para incorporarse al trabajo desde un plano de igualdad con los hombres eran unas guarderías decentes con horario bastante y una hipoteca que necesite pagarse con dos sueldos. Ya lo tienen. Lo demás, sobra o insulta. Ahora las mujeres sólo necesitan que se aprecie que su contribución a los impuestos es tan necesaria como la de los hombres y que su trabajo es tan eficaz como el de los hombres (o mas cuando lo sea, claro). Cuando el empresario no sepa quién se va a encargar de llevar al niño al médico, cuando le conste que el permiso de maternidad lo van a disfrutar marido y mujer, cuando las brujas de las colas del mercado y las vecinas cotillas dejen de mirar mal a los hombres que dejan su trabajo para ocuparse de la casa, cuando también las mujeres sientan como una obligación ineludible la de trabajar y cualquiera de ellas sea tan competitiva como cualquier hombre, se hará buena la maldad de aquella Ministra de Cultura francesa que decía que “no se podrá hablar de verdadera igualdad hasta que haya mujeres incompetentes en puestos de responsabilidad”, montones de mujeres inútiles llegarán por méritos propios a los puestos más altos y no será necesario colocarlas en ellos para que den allí la medida de su incapacidad, es decir, que no tendrán que ser inútiles antes de ser nombradas para confirmar que lo son haciendo daños gratuitos, sino que deberán parecer eficaces y no dar la impresión de que están a punto de llegar a su nivel de incompetencia en el puesto inmediatamente inferior. Como los hombres.
Estas cosas hasta ahora sólo decían ante amigos y con exceso de alcohol en sangre, pero el episodio de los morritos del bocazas del alcalde de Valladolid y la respuesta los feligreses de esa nueva religión de lo políticamente correcto, que se han puesto a dar grititos de indignación, ha ocasionado que algunos valientes se hayan levantado contra la sacrosanta religión de lo políticamente correcto y hayan denunciado por escrito lo que de idiotez profunda y muestra de desprecio hacia el valor de las mujeres supone toda esta farfolla que hasta ahora había sido deglutida, no sé si con repugnancia o miedo, por la sociedad.Pero es que incluso la clase sacerdotal de esa moderna teología totalitaria que no puede soportar que la lideresa se ria de ellos ha llegado a pedir en una reunión de su ejecutiva “una respuesta judicial” a los excesos de aquel pollo. ¡Acabáramos! Nos ha costado cinco siglos conseguir erradicar la religión de las leyes seglares y ahora nos vienen estos iluminados a reintroducir la represión religiosa. Embriones de inquisición ya tenemos en la Ley Audiovisual, llena de sanciones para quienes a juicio de los políticamente correctos no respeten los nuevos mandamientos, y gente que quiere volver a sus métodos tampoco falta, que ya el otro día la pintoresca Almeida abogó por quemar libros “inconvenientes” y la ejecutiva del psoe instó al pepé a colocar un capirote al bocazas y expulsarlo cubierto por el oprobio de la indignidad. Lo que nadie ha dejado claro es si el pecado que le hace reo de vergüenza pública es el del deseo pecaminoso o el de hablar de él. Me temo que a esos nuevos inquisidores les basta que el pecado sea de pensamiento para que el pecador merezca la hoguera.
Y eso sólo demuestra que los farisaicos propagandistas del feminismo histérico tratan de esconder su convencimiento de que las mujeres son peores que los hombres. ¿Cómo, si no, pueden pensar que una palabra ofende la dignidad de La Mujer, así, en mayúscula de colectivo? Si a alguien se le ocurre decir que hay mujeres que progresan porque se tiran al jefe, lo tiene crudo. A ese se lo comen las Almeidas, las Pajines y las Bibianas por menosprecia a La Mujer. ¡Ay de quien afirme que Leire tiene cara de actriz porno! Esa ofensa a la ministra será interpretada como un ataque a su condición de mujer. La ofendida no será Leire, sino las mujeres todas. Si te quejas de que una mujer te ha hecho una faena y mascullas “maldita zorra”, caerán sobre tí las penas del infierno. Igual que el siglo pasado. Porque “manos blancas no ofenden”
Y claro, así nos va como nos va. Cuando un marroquí le soltó un guantazo a un policía de fronteras, brotó la indignación oficiante porque el receptor de la mano abierta era una mujer. A ninguno de esos meapilas modernetas le ofendió que un extranjero abofeteara a un representante del poder del estado, que humillase a nuestros cuerpos de seguridad. No. Lo importante es que se había atrevido a abusar de la inferior fuerza física de la mujer. Como diciendo que si la policía hubiese sido hombre, eso no habría pasado. O sea, que una mujer no puede ser policía porque cualquiera puede soltarle una colleja, y si no lo hace no es porque respeta a la policía, sino porque respeta a La Mujer. ¿Cabe mayor desprecio hacia las mujeres policías?.
Pues mira, las mujeres hacen muchas cosas tan bien y tan mal como los hombre, hacen cosas mejor que los hombres, y hacen cosas peor que los hombres. Porque las mujeres y los hombres son diferentes. A mi me encanta que lo sean y a la mayoría de los hombres y mujeres que conozco también. Y los niños y las niñas juegan a cosas diferentes en los recreos porque son diferentes. Y es una estupidez pretender lo contrario y ordenar que los niños y las niñas jueguen a lo mismo, que si uno de los juegos favoritos de los niños es zurrarse la badana, habrá que ver a los neocurillas rasgarse las vestiduras cada vez que un borrico de diez años le sobe los hocicos a una niña de su edad en un ejercicio evidente de actividad no sexista, que si Manolito y Vanesa son iguales, hay derecho a zurrarle a Vanesa igual que se zurra a Manolito. La pulsión igualitaria de los políticamente correctos es tan torpe que para aquellos oficios en los que más se nota la diferencia entre hombres y mujeres no han dudado en obligarnos a tragar una menor eficiencia y ordenar que haya mujeres en todas partes, si es necesario rebajándoles los requisitos. De verdad, hasta los defensores del igualitarismo más ultramontanos, incluidos la propia Aido y el mismísimo Zapatero, en caso de verse en medio de un incendio, querrían que apareciera un bombero capaz de sacarlos de allí en brazos y no una bombera de cuota. Seguro.

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