viernes, 5 de noviembre de 2010

Intelijencia, dame

Intelijencia, dame
el nombre esacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las
aman, a las cosas…
¡Intelijencia, dame
el nombre esacto, y tuyo, y
suyo, y mío, de las cosas!
Eso cantaba Juan Ramón en 1918. Y su deseo se ha empezado a satisfacer para todos por fin. No han sido las musas, sino un Proyecto de Ley elaborado con toda la inteligencia de la que son capaces los brillantes próceres a quienes hemos mandatado para que lleven a nuestra sociedad por un camino más justo y más feliz. Se ha aclarado cuál debe ser el nombre de algunas cosas. Por fin se ha tomado la valiente decisión de modificar una tradición caduca, nacida en el oscurantismo de aquellos tiempos malhadados en los que la pérfida y codiciosa Iglesia metía sus sucias manos en las leyes civiles, aquellos tiempos malditos en los que se despreciaba a la mujer como un ser vivo que sólo era un ser humano de segunda clase, aquellos tiempos, en fin, en los que se acordó que los recien nacidos llevarían primero el apellido del padre y después el de la madre. Vale. Concedo que aquello de poner dos apellidos a los nacidos fué un paso adelante que desterró la tradición cruel de obviar por completo a la madre haciendo como si no existiera o como si fuera un animal que perdía su razón de ser al dar a luz, otorgando al nacido un nombre propio y como apellido un derivado del nombre del padre, sólo el del padre, con la partícula –ez detrás (todos nos acordamos de aquella dinastía de reyes de Pamplona en la que, entre los siglos IX y XI, a un Sancho Garcés le sucedía su hijo, García Sánchez, que a su vez era sucedido por el nieto del primero y con el mismo nombre de Sancho Garcés, y así varias veces hasta que tuvieron cuatro sanchos y tres garcías)

Pero de lo que se trata es de fomentar la igualdad de género dando a todos el nombre de las cosas. No cualquier nombre, no. El nombre y apellidos exactos que se les debe poner a los niños si es que queremos, como queremos, vivir en un mundo en el que reine la igualdad entre hombres y mujeres. Quizá habría sido más adecuado volver a otra tradición española para nombrar al personal, la de añadir al nombre propio el del lugar de nacimiento o la profesión de su portador, que ahí si que no hay discriminación como María de Avila, Rubén de Leganés, Carlos Sastre o Leire Ministradesanidad. Pero todo se andará, que estos profundos cambios deben hacerse despacio. A lo mejor hasta merece la pena solemnizar el mote de familia que aún resiste en muchos pueblos.

Así que lo han decidido. Por nuestro bien. Y sobre todo por el bien de las mujeres tan maltratadas durante tanto tiempo. A partir de ahora los apellidos de los niños se inscribiran por el orden alfabético y no como hasta ahora, que aparecía primero el del padre dejando a la madre en un segundo plano. Son medidas como estas, sin parangón en su audacia, las que pueden conseguir que nuestro país se esté poniendo en cabeza de los países desarrollados. Vamos a gran velocidad creando una nación realmente igualitaria.

Orden alfabético, ¡eso es igualdad de género!. Podrían haber decidido echarlo a cara o cruz, pero entonces debería intervenir el Organismo Nacional de Loterías del Estado para dotar al procedimiento de seguridad jurídica, y eso, con la cantidad de nacimientos que hay, sería demasiado gravoso y también hay que limitar el gasto innecesario. Además, el azar es poco científico, es mejor un orden preestablecido y absolutamente objetivo y democrático para que no se pueda acusar a nadie de favoritismo. Lo único malo del nuevo sistema es que en dos generaciones desapareceran apellidos que nos son tan queridos como “Zapatero”.

Pero no nos quedemos aquí. Que nadie pueda decir que nuestro gobierno hace las cosas sin pensar y sin respetar los derechos individuales: si los dos progenitores, el A y el B, están de acuerdo, en los dos dias que siguen al matrimonio pueden hacer expreso su preferencia por un orden distinto, y se respetará su deseo sin represalias de ningún tipo. Pero si falta ese consentimiento doble, al orden alfabético. Y que no se esconda el machismo del pepé diciendo que es que la mujer, dos días después de un parto, no tiene el menor interes en irse al registro civil a cambiar el orden predeterminado de los apellidos de su hijo, porque no es así. Si no va, es porque no quiere otra cosa que el orden científico de los apellidos.

Hay que seguir profundizando en la igualdad de género. Propongo que ahora, a la vista de los dolores de espalda y malformaciones en los pies que producen en las mujeres, se prohiban los tacones. Y que hagan obligatorio que los hombres nos depilemos las ingles, que no sufran solo las mujeres. O mejor, que se prohiba depilarse, que es mucho mas ecológico, natural y progresista.

Aunque haya sido una artimaña para disparar sal gorda contra el pepé (Público titulaba "El PP se lía en materia social. Declara la batalla para mantener la preferencia del apellido del padre), esta vez se han pasado. La sandez del orden alfabético es de las de grueso calibre, tanto que aparece fácilmente reconocible como tal hasta por Pepiño o Pajín. ¿A quién se le puede haber ocurrido semejante gilipollez?. Ya no es que quede inscrito dentro de la orgía de insensateces y traiciones que representa el trabajo de ingeniería y transformación social que estos señores se han propuesto terminar antes de que los españoles los pongamos en la calle, es que parece difícil alcanzar esas cotas de estulticia sin proponérselo realmente. El mundo hablará de nosotros, si, pero poniéndonos como ejemplo de idiotas peligrosos. Y nos va a costar un congo en intereses de la deuda.

¿Ves? También yo he caído en la trampa y me he quedado con el disparate de los apellidos en lugar de fijarme en las claves que esconde la modificación del Registro Civil. ¿Sabes cuáles son? Pues la desaparición del Libro de Familia como documento que da seguridad administrativa a esa institución y una Disposición Adicional que determina que el Registro Civil, el lugar en el que se inscriben cosas como la nacionalidad española y que genera doctrina administrativa aplicable con carácter general, deja de depender de un Juez que al menos es nominalmente independiente, al que corresponde el puesto por razones de escalafón, y pasa a depender de un funcionario del Gupo A, es decir, de la elección digital del Gobierno. Y a ver a quién votan los nuevos españoles que se inscriban, esas pobres gentes que han venido a España a labrarse un futuro mejor. ¡Seremos gilipollas!

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