
Antes de empezar a aullar como hienas contra Esperanza Aguirre por mantener a Sánchez Dragó en el mejor progrma de libros que ha habido nunca en una televisión, hay leer este artículo de
Javier Nart en La Gaceta, que todo debe quedar en su sitio.
Un conocido autor de cuyo nombre no quiero acordarme se precia de haberse beneficiado a tres niñas de 13 años en el distante (pero no tan distinto) Japón. Fue una “anécdota trivial” describiendo a las muchachas como “unas lolitas de esas que visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda…”
Omito ya otras ampliaciones más patológicas que sociológicas respecto a la textura preferida del susodicho literato en cuanto a zonas erógenas de chicas de 15 años, su material fungible preferido. Ciertamente el exponer semejante peripecia no mueve a escándalo sino a asco.
Y aprovechando que el Amazonas pasa por Manaos, los sindicatos de Telemadrid se lanzaron a la yugular del individuo exigiendo su destitución inmediata por incompatibilidad del alarde con su aparición en una cadena pública. A mí me produce la misma repugnancia que a los sindicalistas… aunque ¡el hecho es perfectamente legal!
Porque en este país la estulticia y lo políticamente correcto circulan íntimamente unidos en la más absoluta gilipollez. Y así tenemos un Código Penal que fija la libertad sexual precisamente a partir de los 13 años.
Así que en absoluta tranquilidad e impunidad por seducción (o por dinero) cualquier vejestorio puede llevarse a la cama a niñitas (o niñitos, hay gustos para todo) que hayan pasado de los 12 años. Así que los sindicalistas deberían dirigir su clamor acusador menos al susodicho que a la base estructural del desafuero: al Congreso de los Diputados, donde se dio por bueno buenísimo que conductas como las expuestas sean “intachables” incluso, a modo bíblico, “justas y necesarias”.
Y, en consecuencia, por la misma razón que no se puede acusar ni rasgarse las vestiduras ante un adulterio (a Dios gracias despenalizado), tampoco se puede reprobar una conducta tan monstruosamente lícita como la expuesta. Así, a quien hay que reclamar a gritos no es al maestro armero, sino a los padres de la patria. A ver si despiertan.
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