jueves, 25 de noviembre de 2010

La vieja táctica de Mijail Barclay de Tolly (ii)

Decía ayer que parece que Zapatero se ha fijado en la lección que recibió Napoleón en la campaña de Rusia y, puesto en el papel de ruso, ha decidido aplicar la tierra quemada a este país para recuperar el poder cuanto antes, convencido ya de que va a perderlo irremisiblemente, pero eso no quiere decir que todas las acciones del Gran Mentecato hayan ido encaminadas a ello. Probablemente se haya visto forzado porque su primera misión en la vida es la de mantenerse en el poder, no creo que por el poder en sí, sino porque la demencia con la que llegó al poder y a la que se refería Leguina el otro día, es una megalomanía que le lleva a una visión mesiánica de sí mismo y que le impone llevar al pueblo español (y al mundial si pudiera, sólo o en compañía de Obama) hacia donde él cree que debería estar, que no es al frente del progreso, sino al frente de la igualdad, de la solidaridad y del buenrrollismo.

Y es por los delirios de su Misión Revelada por lo que ha cometido los más burdos errores. Por ellos se lanzó a incrementar la panoplia de derechos que todos los españoles creen ahora que les corresponden por el mero hecho de haber nacido, no son venturas a conseguir con el fruto de su esfuerzo, sino que existen por sí y que generan la correlativa obligación del estado de facilitárselos. Ese proceso de adolescentización de la sociedad tiene una segunda vertiente positiva para los intereses totalitarios que tiene cualquier buen psocialista: si alguien sufraga todas las apetencias (que no necesidades) de otro, con el viejo método del palo y la zanahoria puede llegar a moldear su conducta privada de forma que éste aprenda a pensar lo que el proveedor de placeres quiera. Un poco de incultura, un poco de acriticismo, unos mensajes de adolescente bienintencionado, unas vacaciones en Cancún, un todoterreno, regalos a quien piense lo que yo digo, palos a quien piense otra cosa... y está hecho.

Pero la obra se le ha parado a la mitad. Con lo que ya llevaba derruido de la sociedad, aunque la crisis esta hubiese sido sólo la desaceleración que él decía que era, los disparates han sido de tal magnitud que de ninguna manera habría podido seguir con su carrera hacia delante en materia de descubrimiento e implantación de nuevos derechos subjetivos, incluso debía haber ido hacia atrás en muchos de ellos. Pero es que, además, está siendo mucho mayor de lo que el más pesimista de sus analistas de cabecera había llegado a suponer, y como le pasaba al mariscal Barclay, mientras intentaba poner remedio a la crisis con los ocho mil millones del Plan E o los cuatrocientos euros de desgravación, la macrocrisis se le echaba encima dejando sus torpes medidas reducidas a estúpidos derroches. Con esos pequeños desastres pronto se dio cuenta de que no había remedio, que el pepé le iba a comer los higadillos, y como le pasó a Barclay, no le quedó más remedio para minimizar los daños que se le podrían producir, que destruir todo aquello de lo que se pudiera aprovechar el enemigo. Sabe, y también lo sabía Barclay, que si hiciera frente a la crisis acordando las medidas de desmantelamiento de las subvenciones a los lujos y a la pereza que ha ido otorgando al cuerpo social que le sustenta, a los sindicatos y a las oenegés, subiendo el IRPF a todos y no sólo a los ricos, y cortando de raíz el despilfarro autonómico, el desgaste para sus fines iba a ser terrible y no podría recuperarse en mucho tiempo; debía hacer amagos con medidas de medio pelo para poder exhibirlas ante los mercados y retrasar la debacle económica y el avance del pepé hasta que llegara el duro invierno de la gestión de un panorama devastado que, por las buenas o forzados por el FMI, obligue a tomar medidas más drásticas de las que habrían sido necesarias en su momento.

Hay una batalla que librar, y no me refiero a las catalanas del domingo, ese remedo del intrascendente encontronazo de Smolensk, la batalla esa que contó Tolstoi y que se saldó con una inevitable derrota rusa, sino a la de las municipales, pero como en Borodino, no será él el Comandante en Jefe, sino que lo será Rubalcaba, que al igual que Kutuzov, será derrotado aunque cause miles de bajas en la credibilidad del pepé a base de sumarios secretos, desinformación y dosieres de la vida personal de sus enemigos. Pero la destrucción continuará y cuando Mariano llegue a La Moncloa y mire a su alrededor, la desolación será tal que no podrá hacer nada más que pegarse el tiro en el pie de subir más aún la edad de jubilación, reducir las prestaciones sociales y endurecer la reforma laboral, recuperar las competencias no obligatorias de las cedidas a las autonomías y adoptar medidas para fomentar las ventajas de las empresas favoreciendo los intereses de los inversores, además de las medidas de reducción del déficit que van a ser necesarias (*). O sea, la retirada de la Grand Armèe en el duro invierno de la crisis en un país destruido.

Igual que Kutuzov tenía una enorme capacidad de recluta y unos restos de ejército curtido en la guerra y pudo acosar sin tregua a los de Napoleón, Rubalcaba tendrá a los sindicatos y la adolescente sociedad civil dispuesta a apuntarse a la demagogia, igual que Alejandro I apeló a la guerra patriótica para enardecer a los rusos, el psoe tendrá un descomunal margen de maniobra para apelar a la rebelión contra las medidas de reactivación y austeridad enarbolando la bandera de la defensa de los derechos de los trabajadores. Contará también con su particular cuerpo de cosacos, la progresía radical dispuesta a asaltar las sedes del pepé.

Zapatero no quiere caer en el error de González, que incluso viéndose perdido, intentó y consiguió comenzar a enderezar la economía destruida por la crisis del noventa y uno y los fastos y derroches del noventa y dos facilitando el posterior éxito económico de Aznar, cuya hegemonía se habría alargado al menos durante doce años si no llega a ser por los atentados de Atocha, con la manipulación de la Ser y las agresiones y violencias de los comprometidos en los días que siguieron. No, Zapatero aspira a destruir a los populares en su primera legislatura obligándoles a adoptar medidas más duras de las que serían necesarias si, con un mínimo sentido de estado, hubiera tomado las imprescindibles, como muy tarde, cuando se vio llegar la quiebra de España en mayo pasado. Es la razón por la que se aferra al poder como si le fuera la vida en ello, aunque sabe que está dañando gravemente a España. Porque sabe que está dañando gravemente a España. Es la táctica de la tierra quemada que hizo famosa el mariscal Mijail Barclay de Tolly.

(*) Así a vuelapluma, se pueden señalar como inevitables muchos recortes que se van a tener que hacer pase lo que pase, como subir el IVA algo más, subir el IRPF un par de puntos a todos los tramos, especialmente a los que están entre los veinte mil y cuarenta mil euros, que es donde más se puede recaudar, restar de las transferencias a las autonomías, al menos, el coste de los servicios que ya presta el estado y los taifas han duplicado, eliminar las subvenciones buenistas y a las de simple propaganda o compra de voluntades, como el cine, los sindicatos, los partidos políticos o la ayuda al desarrollo (¿puede uno creerse que tal y como están las cosas, tengamos que aguantar que en los presupuestos aparezcan partidas milonarias para subvencionar el museo del chacolí, el museo del carro catalán, el instituto de la comida vasca o el centro de interpretación del cava?), prohibir la contratación de nuevos funcionarios durante cinco o más años, desincentivar las empresas públicas, limitar drásticamente el endeudamiento de los municipios y fusionar muchos de ellos, incrementar las deducciones fiscales por i+d, fomentar la creación de empresas, aumentar a setenta años la edad de jubilación y calcular la pensión conforme a los treinta y cinco años, fomentar los planes privados de pensiones con fuertes incentivos fiscales, reducir otro cinco por ciento el sueldo de los funcionarios, etc, etc.

Pero con todo y con eso me temo que, desgraciadamente, no se atreverá Mariano a cconvocar un referendum en el que se pueda elegir, sólo, entre la autodeterminación de Cataluña y Euskadi y unos estatutos castrados y luego promover una reforma potente del Título VIII de la Constitución. Que es lo que necesita Estepaís para ser un país serio.

Y si quieren, que se vayan de una vez y dejen de tocarnos los pelendengues y de lloriquear con lo de que España les roba. ¡Que se vayan!

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