De repente, en poquísimo tiempo, aquello se desmoronó por completo, se vino abajo en un trueno monumental. No había podido aguantar el empuje de la Thatcher, Reagan y Wojtila ni, especialmente, los requerimientos de capital a que le forzaba el éxito de occidente en tecnología militar. Se vió que el imperio estaba hueco, pero no se le había notado hasta pocos meses antes del estrepitoso colapso, cuando le empezaron a rechinar los goznes de la crisis económica y afloraron a la luz pública algunos problemas sociales. Aquello iba montado en una bicicleta en la que habían dejado de pedalear. Siguió rodando mientras mantuvo la inercia, pero de repente bajó de la velocidad mínima y a pesar de un par de agitaciones del manillar, todo aquel mundo (el segundo mundo, por si alguien no sabe dónde andaba el mundo que debía haber entre el primero y el tercero) se cayó de bruces.
Aquí y ahora, en este país desgraciado parece que ya empieza a aflorar una descomposición similar que ha venido gangrenando al gobierno de la nación desde que adoptaron la negación de la crisis como banderín de enganche de una segunda legislatura. Porque no me cabe duda de que fué el patinazo de negar la crisis la razón esencial de su declive. Fíjate lo que digo. Creo que fué esa simple añagaza electoral lo que ha generado su inevitable derrota y la futura e inevitable lapidación política de sus responsables antes incluso que la evidente y notabilísima incompetencia que han venido demostrando una y otra vez y que les hará pasar a la historia mundial de la incompetencia.
Porque cuando se identifica correctamente un problema aparecen muchas soluciones de las que sólo una o dos son acertadas. Y aunque la tendencia de estos chicos ha sido equivocarse al elegir la solución, no les ha pasado absolutamente siempre, alguna vez han acertado. Cuando el problema no se identifica, o peor aún, cuando se trata de esconder, cuando se niega la inmersión en la crisis económica, la posibilidad de acertar en la solución se reduce prácticamente a cero. Si a esa improbable posibilidad le añades un sesgo ideológico en las medidas, el camino hacia el desastre de muy posible pasa a ser prácticamente inevitable.
Pero las apariencias se habían podido mantener. Hasta ahora. El argumentario para cada pifia era razonablemente bueno y la disciplina en el partido, férrea. Además, contaban con la desvergüenza necesaria para atreverse a usar todos los resortes del estado para dañar al rival. Pero eso no puede durar eternamente, especialmente cuando hay una ideologización proletarizante excesiva en una sociedad todo lo progre que queramos, pero sólidamente instalada en la clase media. Puedes aprobar las medidas paritarias que te parezcan más “avanzadas” (por cierto, que manda güebos el tic de llamar “avanzado” a cualquier sandez que pueda ocurrírsele a un progre), puedes destinar recursos ingentes al cambio climático o a los gays y lesbianas de Zimbawe, pero no le toques al personal su viaje a Punta Cana.
Cuando se cae en nuevos errores tan humillantes para la nación como el esperpento de los piratas despedidos con salvas mientras se largaban con nuestra pasta, cuando te pillan dándole un chivatazo a ETA y manipulando en sede judicial los videos que te delatan, cuando queda de manifiesto que todo lo malo que sabes del PP viene de unos ordenadores espía ilegales, y cuando sospechas (o sabes de buena tinta, que esta gente maneja buenísimas encuestas internas) que se empieza a pensar que no es que seas malo, es que eres tonto, el nerviosismo aflora y se puede ver al brillantísimo Rubalcaba perdiendo los nervios hasta el punto de irse de la lengua y de que le tiemblen las manos en el parlamento horrorizado por las torpezas de su gobierno, a Zapatero poniéndose trascendente para anunciar que han soltado al pesquero de la ikurriña intentando ofrecer la cara de decir chorradas solemnes que antes subyugaba a sus seguidores mientras todos piensan que es un imbécil al que le han sacado cuatro millones de dólares por su incompetencia o por su cobardía, y que además ha estado escondido mientras los pescadores estaban allí con el Kalashnikov en la nuca, en medio de un problema que el ejército español podría y debía haber solucionado en un pispás, a la Audiencia Nacional echándole la culpa a la Vicepresidenta, que a su vez hace el paripé de estar trabajando en la embajada en Buenos Aires tomando notas con el papel apoyado en el halda ¡sin mesa! en un viaje frívolo e inoportuno y que saca su cara más desagradable, que ya es decir, cuando la pillan en mentira en el Parlamento, con la Ministra de la cosa militar callada, con una cara de cabreo de pura foto, que es que no acierta ni haciendo lo contrario de lo que quiere, y con el JEMaD contradiciendo a todos y ruborizándose mientras empieza a saberse que las órdenes eran de no hacer daño a los pobrecitos piratas, se debe empezar a pensar que ya no hay remedio.
Tengo la impresión de que esto no se tiene en pié. Volviendo al símil de la bicicleta, no es que se haya dejado de pedalear, es que la cadena de transmisión de los pedales a las ruedas se ha salido de su sitio y las pedaladas que se dan, sin esfuerzo, sin concierto y sin ritmo ni propósito, ya no transmiten nada a la rueda de empuje. Todo es como los golpes de manillar que se dan justo antes de caer: ocurrencias mas o menos llamativas, como ese fantasmal seguro de paro para autónomos que el sábado exhibía impúdicamente Público, que casi dan vergüenza más que esperanza, una ley que prohibe la obesidad, la mentecatez esa del cambio de modelo productivo y otra vez la Ley de Economía Sostenible, que es que son irritantemente cansinos. Pero cuanto más se alargue el espectáculo grotesco de las ocurrencias progresistas peor va a ser para el Psoe, porque las medidas van a ser calificadas de idioteces por más y más gente cada vez y solo se quedarán en vulgares mentiras para los más benevolentes, porque ya empieza a estar mal visto defender las cosas que hacen. Creo que ya ha empezado la cuenta atrás. Estos aficionados ya no pueden mas, ya no engañan a nadie. Cuanto más se alargue la agonía, peor para cada uno de nosotros.

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