martes, 2 de junio de 2009

Estado fallido

Dice la definición clásica que un estado es fallido cuando su debilidad es tal que no puede usar el poder coercitivo en todo su territorio. España, casi, es un estado fallido, no ya porque no pueda usar ese poder coercitivo, que podría, sino porque como no se atrevería a usarlo, las fuerzas centrípetas hacen de su capa un sayo. Evidentemente, el Estado español podría usar su poder coercitivo para evitar la imposición obligatoria y excluyente del catalán en Cataluña, el despilfarro de recursos de Andalucía o la matonería independentista del País Vasco, pero todos sabemos que no lo va a hacer. ¿Podría imaginarse una acción decidida a favor del español en Cataluña? ¿perdiendo el apoyo del PSC o de CiU, según correspondiera? ¿una intervención de las cuentas públicas en Andalucía? ¿diciendo adiós a la mitad de los votantes? ¿el estado de excepción en Euskadi o la cancelación de su autonomía en materia de orden público? ¡Anda ya! Es imposible. España es un estado fallido porque ha desaparecido la unidad de mercado, porque cada autonomía no pide, exige, más y más dinero de las demás, deuda histórica que no se sabe de donde ha salido, inversiones que les han sido hurtadas durante siglos, agravios imaginarios que ahora les debemos pagar.

España es un estado fallido porque cada uno de los mindundis de cada una de las autonomías llevan treinta años azuzando la xenofobia contra el resto, y los desinformados solidarios van superando sus complejos con maniqueísmos pequeños, con localismos inútiles y estúpidos como aquellos que llevaron a que el cantón de Granada estuviera a punto de declarar la guerra al cantón de Cartagena porque querían subyugar al Cantón de Motril, del que finalmente sólo pudieron obtener ocho mil pesetas y tabaco (que sí, que es cierto, Contreras se llamaba el general cartagenero)

Con las conspiraciones y traiciones de los barones ucedeos, en solo tres o cuatro años las fuerzas pensantes se habían dado cuenta que no siempre gobernarían el estado o las autonomías gentes con sentido de estado, y que poco a poco, la estabilidad iría siendo horadada por las ansias de poder y de regalías de unos u otros (o de todos, que es lo que ha acabado pasando). Los bienintencionados constituyentes habían pecado de pánfilos, de cándidos bobalicones.

Lo que me temo es que los padres de la patria se dieron cuenta de que España se iba a transmutar en estado fallido allá por 1980, se les arrugó el ombligo con el monstruo que habían creado e intentaron arreglarlo callando también a los militares que estaban a punto de saltar no solo por ideología, sino porque ETA los estaba asesinando sin respuesta. Y en lugar de plantear algo razonable, consensuado y aceptado por todos, y quizá porque los militares mas reaccionarios ya estaban preparando un golpe de estado sangriento que no se detendría por anuncios de acuerdos de modificaciones constitucionales sensatas, no se les ocurrió otra estupidez que desactivar el golpe previsto llevándolo hacia donde ellos querían.

Fuentes bien informadas han puesto en negro sobre blanco sus sospechas de que lo que falló el 23F fue la elección del ejecutor, y que todo estaba planeado para dar fin exclusivamente a un Estado de las Autonomías que, desde la desgraciada elección del “café para todos” o eso de que las autonomías debían ser todas iguales, había configurado un estado ingobernable. La extracción de las facultades centrales de la ordenación del territorio o la unidad de mercado, por poner solo dos ejemplos, los esfuerzos que hubo que hacer para que un tal Modesto Fraile no proclamara la autonomía de Segovia y el fracaso con la limitación del resto de las autonomías uniprovinciales, o la rebelión andaluza para no ser menos que Cataluña en facultades transferibles, hacía inviable que un gobierno pudiera tender a la prosperidad común frente a los particularismos de quienes, al fin y al cabo, iban a mantenerle en el poder, frente al clientelismo de los políticos localistas. A los padres de la patria se les debieron abrir los ojos y las carnes cuando atisbaron el alcance que a medio plazo podría tener la cesión de la educación a unos gobiernos regionales que empezaban a destaparse como pedigüeños exigentes con el hierro del apoyo parlamentario en la mano dispuestos a sacarnos el “colorao”.

El caso es que, cuentan, todo estaba preparado. Mugica, gran preboste socialista en aquellos momentos, se había reunido un par de veces con Armada y con un prominente socialista catalán en Gerona (Joan Raventós); para bien o para mal cabe la posibilidad de sospechar que Suarez y Fraga estaban al tanto del movidón, y que la “Solución Armada” no fue improvisada: un gobierno transitorio con el representante del Jefe del Estado y Jefe de su casa militar, como Presidente de Gobierno, González, Vicepresidente, con la participación de un partido comunista férreamente controlado por un Carrillo que ya había dado una rueda de prensa bajo la bandera española y había sido clave en el freno a los sindicatos con los pactos de la Moncloa, de los catalanistas moderados (sólo había catalanistas moderados), de vascos y, por supuesto, de la UCD de Suarez y la CD Fraga, todo ello con un general de Ministro de Autonomías y otro en Interior. Un gobierno de unidad nacional que acabaría con la feroz ofensiva etarra y acallaría los movimientos incómodos en las salas de banderas. Y, sobre todo, final del café para todos con la sola autonomía de Cataluña y Euskadi, pero con facultades muchísimo más limitadas a través de un nuevo proceso constituyente en el que, ahora sí, estarían de acuerdo en la organización territorial y sus transferencias. Incluso sospecho que el mismísimo Josep Tarradellas, que por entonces ya era Molt Honorable President, también estaba en el ajo y estaba de acuerdo: un mes antes del golpe ya había dicho que con diecisitete autonomías no había posibilidad de salvación en el contexto de unas declaraciones durísimas contra la doctrina que igualaba las competencias autonómicas.

Pero Tejero se encastilló en lo que pensaba que era su obligación, en lo que le habían dicho que iba a ser y por lo que se estaba jugando si no la vida, al menos la libertad. El mamarracho estaba dispuesto a acabar con la democracia y volver a una dictadura de corte fascista acabando físicamente con la oposición. Todo se fue al traste y España no pudo evitar convertirse en un estado fallido aunque nominalmente civilizado.

Confieso que este post me lo ha sugerido una entrevista que he oido este fin de semana en la Ser (creo) a una periodista de aquellos momentos que ha contado que por indicación de Manu Leguineche llamó a Milans del Bosch (que siempre ha sido asociado con un golpe duro para acabar con el sistema democrático) haciéndose pasar por la esposa de Tejero. Milans, engañado, le dijo a la periodista “No te preocupes, Pepita, le he dicho ya a Antonio que debe aceptar la Solución Armada”. Esto de enterarme de que el mismísimo Milans estaba detrás de la solución del gobierno de concentración para terminar con el desmadre autonómico antes de que empezaran sus terribles efectos, me ha convencido de que quienes opinan que aquello fue un golpe teatral para evitar el desastre tenían razón. Han tenido que pasar casi treinta años para que se me abrieran los ojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario