lunes, 1 de junio de 2009

Tolerancia cero

Todos los días paseo con mi perro con un miniparque que hay junto a mi casa. Hay un banco en el que por las mañanas se sientan jubilados o pacíficos ciudadanos leen el Marca, por las tardes se arrullan adolescentes. En ese banco he visto llorar una joven, comer a dos inmigrantes, buscar trabajo por teléfono a un pintor atrapado por la crisis.

Unos graciosos, probablemente totalmente solidarios con los que menos tienen, le han arrancado las barras que hacen de asiento del banco. No se si para divertirse o para impresionar a la solidaria de turno. Nadie les va a decir nada. Quienes lo vieron se callaron, no esperaban ayuda de ningún tipo de unas fuerzas de seguridad desaparecidas de un combate que las garantías del justiciable han hecho inútil, y eso de intervenir por sí mismos... pues mejor dejarlo, que si te dan las del pulpo te las guardas, y si las das tu, acabas procesado y probablemente condenado por estos jueces nuestros tan meticulosos con los derechos de los chorizos.

Es imprescindible que vuelva la tolerancia cero aquella que impuso un alcalde de Nueva York y redujo la delincuencia mayor un treinta por ciento.

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