Suena apocalíptico ¿no? Y herético, y snob. Pentecostés es el momento en el que se produce la cumbre del cristianismo. Y el momento en el que se escenifica su poder creador y destructor.
En Pentecostés, el Espíritu Santo bajò en forma de lenguas de fuego y otorgó a los Apóstoles sus superpoderes. Podía haberles llevado un suministro interminable de espadas de fuego como aquellas que llevaron a los ángeles a degollar a los enemigos del pueblo elegido (diez mil bajas entre los malos, o sea, todos), o trompetas como las que derribaron las murallas de Jericó, con lo que habrían tomado el poder del mundo en poquito tiempo. O superfuerza, o supervelocidad, o invisibilidad. Pero no.
Les dio Don de Lenguas. Esto es, les dio la capacidad de convencer a todos, fuera cual fuera su idioma. La prueba la dieron allí mismo, porque en la misma fecha se celebraba una fiesta judía de homenaje a Moisés y su decisión de retornar a la tierra prometida, y en Jerusalén se reunían judíos venidos de todas partes del mundo conocido. Y todos les entendían.
Ahí está el secreto del cristianismo. No se pretende que se imponga por la fuerza si es necesario como sucede con el Islam, sino que se convenza a los infieles. La ventaja y el germen de la destrucción del cristianismo está en la preponderancia que se le da a la fuerza de la razón, lo que no puede basarse en otra cosa que en el individuo. Eso es libertad y éxito. El respeto al individuo genera el éxito de la sociedad.
El Cristianismo, con su base en la razón y la tolerancia (¿os acordais eso de la otra mejilla?, no puede evitar que cuando rige una civilización, esta civilización se autodestruya. No es evitable que cuando una cultura basada en el cristianismo (no quier decir religiosa, sino filosóficamente cristiana) llega a su cumbre, aparezcan una serie cada vez mas numerosa de individuos fundamentalistas de la razón, de la tolerancia y del igualitarismo que los cristianos tienen inscritos en lo mas profundo, para dar paso a la decadencia o la destrucción de los mecanismos terrenales y no espirituales que han llevado a esa cultura a imponerse a las otras. Con ello, la cultura que sustenta a esos individuos desaparece.
Hace años leí una novela de ciencia ficción de la que no recuerdo ni el nombre ni el autor, localizada en un planeta con cinco soles, un planeta en el que nunca había oscuridad porque siempre había al menos un sol en el cielo. Esta situación provocaba que el gran tabú de esa cultura fuera precisamente la oscuridad. La Iglesia, el poder opresor de la novela, imponía la prohibición de visitar cuevas, de quedar sin luz y reservaba para sí el estudio de la astronomía. El protagonista, arqueólogo, llegó a descubrir que todas sus excavaciones tenían ciclos en sus estratos que, cada mil quinientos años, eran interrumpidos por estratos de cenizas, se da cuenta que esos mil quinientos años están a punto de cumplirse si se cuentan desde el nacimiento de su civilización, y un libro antiguo le descubre el gran secreto astronómico: cada mil quinientos años hay unos dias en los que todos los soles alumbran la misma cara del planeta, es decir, hay varias noches, varias oscuridades. Perseguido por la Iglesia, intenta dar al conocimiento general su descubrimiento, pero nadie le hace caso. Finalmente llegan las noches y se desata el terror. La fuerza del estado desaparece víctima del terror, se suceden los saqueos, los asesinatos, la destrucción, el caos. Por supuesto, hace lo único inteligente que puede hacer: busca un monasterio y se une a la Iglesia. La Iglesia llevaba mil quinientos años preparándose para que las bases de la civilización sobrevivieran al caos de la oscuridad y la recuperación fuera lo más rápida posible. Se había hibernado y renació.
Como en esa novela, con la auodestrucción de la cultura cristiana nace una cultura nueva que tiene las mismas bases. Esas bases individualistas y basadas en la razón vuelven a crecer y con ello, el progreso avanza Pero puede darse el caso de que en esos momentos de cumbre y suicidio cultural, la civilización de base cristiana tenga enfrente otra cultura no basada en la razón, sino que proclame o necesite la imposición por la violencia. Entonces la civilización cristiana, incapaz de defenderse con la fuerza, sucumbe como consecuencia de sus propias bases ideológicas. Pero sus fundamentos hibernan hasta que pueden volver a manifestarse para volver al progreso. Eso es lo que ha sucedido varias veces.
El Imperio romano acabó cuando se impuso el cristianismo, cuando se otorgó la ciudadanía, el estatuto de persona libre a todos los ciudadanos del imperio, cuando se toleró a los bárbaros en Roma como ciudadanos libres. No podía ser otra cosa en una civilización cristiana avanzada y próspera, en el culmen de su poder, tolerante en demasía de tan poderosa que era. No pudo aguantar el empuje de los godos, empujados a su vez por hunos y búlgaros. Adios Imperio Romano. Los godos no eran discípulos de Santa Teresa de Calcuta ni estaban imbuidos del espíritu de Pentecostés, y sus costumbres tenían una cierta tendencia a que los problemas se acabaran tras una pequeña degollina (o grande si procedía), pero poco a poco, el cristiannismo hibernado fué saliendo, desapareció el arrianismo sustituido por el cristianismo ortodoxo, y se fueron relajandoy tornando dialogantes, pero ahí estaba el Islam. No les dio tiempo ni a humanizarse del todo. El Islam se los comió en el norte de África. El Don de Lenguas no había asomado en Bizancio y sus costumbres semipersas en el mediterráneo occidental (menudos elementos eran Belisario, “Santa” Teodora y esa gente nominalmente cristiana), se lo habían comido los normandos en el norte y Carlos Martel, el de las hachas de un metro de filo (Franciscas, se llamaban), Carlomagno y sus amiguetes en centroeuropa.
Pero el cristianismo, con su base individualista y liberal y su tendencia al diálogo seguía escondido en monasterios haciendo copias ilegales de las obras antiguas ante la pasividad de la SGAE (¿para cuando, Teddy, la reclamación de esa Deuda Histórica?), mezclándose poco con los que daban la cara en su nombre en el poder mundano (los cardenales mandaban poco en los monjes y ni siquiera sospechaban, ni unos ni otros, lo que estaban haciendo con la preservación de la cultura), de manera que, poco a poco vuelve a imponerse el Don de Lenguas. la tolerancia y el individuaismo, y aparece el renacimiento.
En Pentecostés, el Espíritu Santo bajò en forma de lenguas de fuego y otorgó a los Apóstoles sus superpoderes. Podía haberles llevado un suministro interminable de espadas de fuego como aquellas que llevaron a los ángeles a degollar a los enemigos del pueblo elegido (diez mil bajas entre los malos, o sea, todos), o trompetas como las que derribaron las murallas de Jericó, con lo que habrían tomado el poder del mundo en poquito tiempo. O superfuerza, o supervelocidad, o invisibilidad. Pero no.
Les dio Don de Lenguas. Esto es, les dio la capacidad de convencer a todos, fuera cual fuera su idioma. La prueba la dieron allí mismo, porque en la misma fecha se celebraba una fiesta judía de homenaje a Moisés y su decisión de retornar a la tierra prometida, y en Jerusalén se reunían judíos venidos de todas partes del mundo conocido. Y todos les entendían.Ahí está el secreto del cristianismo. No se pretende que se imponga por la fuerza si es necesario como sucede con el Islam, sino que se convenza a los infieles. La ventaja y el germen de la destrucción del cristianismo está en la preponderancia que se le da a la fuerza de la razón, lo que no puede basarse en otra cosa que en el individuo. Eso es libertad y éxito. El respeto al individuo genera el éxito de la sociedad.
El Cristianismo, con su base en la razón y la tolerancia (¿os acordais eso de la otra mejilla?, no puede evitar que cuando rige una civilización, esta civilización se autodestruya. No es evitable que cuando una cultura basada en el cristianismo (no quier decir religiosa, sino filosóficamente cristiana) llega a su cumbre, aparezcan una serie cada vez mas numerosa de individuos fundamentalistas de la razón, de la tolerancia y del igualitarismo que los cristianos tienen inscritos en lo mas profundo, para dar paso a la decadencia o la destrucción de los mecanismos terrenales y no espirituales que han llevado a esa cultura a imponerse a las otras. Con ello, la cultura que sustenta a esos individuos desaparece.
Hace años leí una novela de ciencia ficción de la que no recuerdo ni el nombre ni el autor, localizada en un planeta con cinco soles, un planeta en el que nunca había oscuridad porque siempre había al menos un sol en el cielo. Esta situación provocaba que el gran tabú de esa cultura fuera precisamente la oscuridad. La Iglesia, el poder opresor de la novela, imponía la prohibición de visitar cuevas, de quedar sin luz y reservaba para sí el estudio de la astronomía. El protagonista, arqueólogo, llegó a descubrir que todas sus excavaciones tenían ciclos en sus estratos que, cada mil quinientos años, eran interrumpidos por estratos de cenizas, se da cuenta que esos mil quinientos años están a punto de cumplirse si se cuentan desde el nacimiento de su civilización, y un libro antiguo le descubre el gran secreto astronómico: cada mil quinientos años hay unos dias en los que todos los soles alumbran la misma cara del planeta, es decir, hay varias noches, varias oscuridades. Perseguido por la Iglesia, intenta dar al conocimiento general su descubrimiento, pero nadie le hace caso. Finalmente llegan las noches y se desata el terror. La fuerza del estado desaparece víctima del terror, se suceden los saqueos, los asesinatos, la destrucción, el caos. Por supuesto, hace lo único inteligente que puede hacer: busca un monasterio y se une a la Iglesia. La Iglesia llevaba mil quinientos años preparándose para que las bases de la civilización sobrevivieran al caos de la oscuridad y la recuperación fuera lo más rápida posible. Se había hibernado y renació.Como en esa novela, con la auodestrucción de la cultura cristiana nace una cultura nueva que tiene las mismas bases. Esas bases individualistas y basadas en la razón vuelven a crecer y con ello, el progreso avanza Pero puede darse el caso de que en esos momentos de cumbre y suicidio cultural, la civilización de base cristiana tenga enfrente otra cultura no basada en la razón, sino que proclame o necesite la imposición por la violencia. Entonces la civilización cristiana, incapaz de defenderse con la fuerza, sucumbe como consecuencia de sus propias bases ideológicas. Pero sus fundamentos hibernan hasta que pueden volver a manifestarse para volver al progreso. Eso es lo que ha sucedido varias veces.
El Imperio romano acabó cuando se impuso el cristianismo, cuando se otorgó la ciudadanía, el estatuto de persona libre a todos los ciudadanos del imperio, cuando se toleró a los bárbaros en Roma como ciudadanos libres. No podía ser otra cosa en una civilización cristiana avanzada y próspera, en el culmen de su poder, tolerante en demasía de tan poderosa que era. No pudo aguantar el empuje de los godos, empujados a su vez por hunos y búlgaros. Adios Imperio Romano. Los godos no eran discípulos de Santa Teresa de Calcuta ni estaban imbuidos del espíritu de Pentecostés, y sus costumbres tenían una cierta tendencia a que los problemas se acabaran tras una pequeña degollina (o grande si procedía), pero poco a poco, el cristiannismo hibernado fué saliendo, desapareció el arrianismo sustituido por el cristianismo ortodoxo, y se fueron relajandoy tornando dialogantes, pero ahí estaba el Islam. No les dio tiempo ni a humanizarse del todo. El Islam se los comió en el norte de África. El Don de Lenguas no había asomado en Bizancio y sus costumbres semipersas en el mediterráneo occidental (menudos elementos eran Belisario, “Santa” Teodora y esa gente nominalmente cristiana), se lo habían comido los normandos en el norte y Carlos Martel, el de las hachas de un metro de filo (Franciscas, se llamaban), Carlomagno y sus amiguetes en centroeuropa.
Pero el cristianismo, con su base individualista y liberal y su tendencia al diálogo seguía escondido en monasterios haciendo copias ilegales de las obras antiguas ante la pasividad de la SGAE (¿para cuando, Teddy, la reclamación de esa Deuda Histórica?), mezclándose poco con los que daban la cara en su nombre en el poder mundano (los cardenales mandaban poco en los monjes y ni siquiera sospechaban, ni unos ni otros, lo que estaban haciendo con la preservación de la cultura), de manera que, poco a poco vuelve a imponerse el Don de Lenguas. la tolerancia y el individuaismo, y aparece el renacimiento. La debilidad de la bondad cristiana fue salvada del poder turco porque el Imperio Español tenía ingentes recursos americanos y mantenía poco respeto por la libertad individual, no podía permitirse el diálogo con nadie, pero el palo al turco supuso un retroceso de libertades y de diálogo, a pesar de que la Reforma en lo que no era Imperio Español volvía a darle alas. El espíritu de Pentecostés solo estaba escondido, no había sido necesaria la hibernación. La decadencia económica del Imperio hizo que las corrientes humanistas o buenistas facilitaran la aparición de los revolucionarios franceses, que destruyeron el feudalismo previo y consiguieron que renaciera una civilización de base cristiana que tenía que seguir luchando por sobrevivir: el Siglo de las Luces, e inmediatamente, la Revolución Industrial. Poco diálogo interclasista. Cuando otra vez el cristianismo empezó a abogar por la libertad, la tolerancia y el imperio de la razón (el fin de la esclavitud, el gran auge de la masonería, la independencia de las colonias multirraciales americanas), aparecieron las corrientes marxistas y, simultáneamente, las nacionalistas, ambas enemigas de la libertad y no especialmente proclives a permitir disensiones dialécticas. Pero afortunadamente no había un enemigo con base no cristiana que pudiera ocupar el papel de conquistador porque los turcos seguían tratando de roer los balcanes. El cristianismo tolerante solo se agazapaba, no necesitaba hibernar.
Después de las sangrientas purgas del siglo XX, cuando nos salvamos de agresiones de culturas de base no cristianas, no tolerante y no individualistas (me refiero al socialismo real, que carecía de una cultura asentada de base judeocristiana), han vuelto a manifestarse las tendencias buenistas y dialogantes del cristianismo. Primero fue la descolonización afroasiática con sus pésimos efectos para la libertad y el progreso de los descolonizados, ahora llega el diálogo y el respeto multicultural con la Alianza de Civilizaciones como máximo despropósito. La base de nuestra cultura vuelve a centrarse en el Espíritu de Pentecostés, en la fuerza del diálogo, la tolerancia y la razón (aún los comecuras beben de sus raices griegas, latinas y judeocristianas, por más que le pese a los redactores de la frustradísima constitución europea).
Después de las sangrientas purgas del siglo XX, cuando nos salvamos de agresiones de culturas de base no cristianas, no tolerante y no individualistas (me refiero al socialismo real, que carecía de una cultura asentada de base judeocristiana), han vuelto a manifestarse las tendencias buenistas y dialogantes del cristianismo. Primero fue la descolonización afroasiática con sus pésimos efectos para la libertad y el progreso de los descolonizados, ahora llega el diálogo y el respeto multicultural con la Alianza de Civilizaciones como máximo despropósito. La base de nuestra cultura vuelve a centrarse en el Espíritu de Pentecostés, en la fuerza del diálogo, la tolerancia y la razón (aún los comecuras beben de sus raices griegas, latinas y judeocristianas, por más que le pese a los redactores de la frustradísima constitución europea).
No podemos olvidar que si una sociedad crece, provoca envidias y odios en las que la rodean, que no tardarán en culparla de sus propios males e intentarán apropiarse de su bienestar. Esa sociedad próspera deberá saber defenderse usando la fuerza o incurriendo en contradicciones si fuera necesario. El diálogo y la tolerancia no funcionan frente a la envidia y el odio. Volvemos a incurrir el la forma de diálogo que acabó con el imperio romano, y esta vez también tenemos un enemigo poderoso y dispuesto a liquidar cualquier atisbo de cristianismo o de libertad. La última vez nos costó ocho siglos salir de la oscuridad.

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