No se vende un coche. Los concesionarios están a la quinta pregunta. Hay que hacer algo. ¡Dejadme solo!, dice ¡que estoy convulso!. Y lo dejan solo. Ahueca la voz y lo suelta: mi gobierno va a ayudar con dos mil euros la compra de vehículos ¡que no falte de nada!. Matiza. Quinientos los va a poner el Gobierno (o sea, los impuestos de todos), otros quinientos, las comunidades autónomas (también los impuestos de todos), y mil más, los fabricantes.
La medida, espasmódica como todas, surte efectos inmediatos: como la cosa no se concreta, se cancelan todas las órdenes de compra de coches. En los concesionarios se les caen las pelotas al suelo. ¿pero cómo coño se le ocurre decir eso?
Las comunidades autónomas dicen que verdes las han segao, que de qué va, que ellos no juegan a tonterías y no van a poner la pasta. Los concesionarios afirman que ellos ponen ya mucho más de esos mil lereles del fabricante.
El destino impone que debe introducirse la medida por el orto, pero las encuestas dicen que ganó el debate. ¡Gensanta, qué país!
La medida, espasmódica como todas, surte efectos inmediatos: como la cosa no se concreta, se cancelan todas las órdenes de compra de coches. En los concesionarios se les caen las pelotas al suelo. ¿pero cómo coño se le ocurre decir eso?Las comunidades autónomas dicen que verdes las han segao, que de qué va, que ellos no juegan a tonterías y no van a poner la pasta. Los concesionarios afirman que ellos ponen ya mucho más de esos mil lereles del fabricante.
El destino impone que debe introducirse la medida por el orto, pero las encuestas dicen que ganó el debate. ¡Gensanta, qué país!

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