jueves, 21 de mayo de 2009

La barandilla

Me contaba mi padre que cuando él empezó a trabajar, las obras que diseñaba tenían que pasar por un comité de eméritos antes de su aprobación. Estos eméritos eran una tropa de jubilados de la profesión (y entonces se jubilaban a los setenta) sabios, pejigueros y chinches. El comité siempre encontraba pegas a los proyectos, muchas pegas, pero había un sistema para eludir que te dieran demasiados problemas: la barandilla.

En los proyectos había que diseñar una barandilla espectacularmente bonita pero absolutamente frágil. Los eméritos se encelaban con la barandilla y la ponían a parir. Bastaba con defenderla un poco, modificar luego el proyecto poniendo la barandilla que realmente querías poner, y el totum pasaba sin que se fijaran en ninguna otra cosa.

Pues eso es lo que tenemos en la nueva ley del aborto: una barandilla. Todo el debate en la prensa, en las tertulias de la radio, en los programas de televisión, incluso en las charletas de café va de lo mismo, de la autorización paterna para abortar antes de los dieciseis años. Como dice con mucha ironía una adolescente que tengo muy cercana “si no nos dejan ir a discotecas antes de los dieciocho, no nos dejan entrar en locales de fumadores, si no podemos ir a conciertos, ni estar en nigún otro sitio que nos apetezca más tarde de las nueve de la noche, esto de que nos faciliten un poco lo del aborto es imprescindible” y luego pregunta “oye, si a la entrada de un concierto no me dejan pasar, ¿puedo decir que no voy a beber alcohol sino a abortar?”.

Y el caso es que es una soplapollez que no está mal. Hay niñas cuyos padres las matarían si descubrieran que están embarazadas, y abortan sin contarlo es carnicerías clandestinas; el resto, pedirán ya no autorización, sino apoyo y opinión a sus padres. Quienes se oponen a esta medida harían mejor trabajo solicitando que las niñas pudieran actuar como deben hacer cuando se trata de la venta de un piso o de unas acciones, solicitar el concurso y no oposición del fiscal o de los servicios sociales en caso de que temieran represalias por su embarazo. Y además obtendrían mejor información y consejo del que sólo van a recibir de sus amigas.

Vamos, que lo grave no es lo de la autorización, sino la falta de reproche a un aborto de cinco meses y medio, el aborto de un niño que casi podría sobrevivir si se extrae con cesárea. Pero si eso es muy grave, no tengo palabras para calificar la reducción de las penas por aborto ilegal (es decir, que no cumpla ni siquiera con esa ley) a la categoría de las de una simple falta o una multa de tráfico. Es decir, que si se mata al feto cuando ya han empezado las contracciones del parto, el reproche penal queda en una simple multa, y te vas de rositas.

Y gracias a la barandilla que le han puesto a la ley, volvemos a dejar que otra vez nos la metan doblada. Es que nos gusta.

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