…viene de un post anterior
Desde luego, a Jose Luis no se le puede achacar inconsecuencia en algunos temas. Ya, ya, no hace falta que lo maticeis, que se que no es consecuente en todos, pero en algunos si que sigue absolutamente lo que tiene dicho. Como cuando se agarró a su faceta mas lírica y soltó aquella cursilada del “ansia infinita de pazz”, que, pensaba, le haría pasar a la Historia como Maestro Estadista Internacionalmente Reconocido Como Pacificador Universal. Para las generaciones futuras será quien colocó a España entre las primeras potencias del mundo mundial.
El inicio de su empeño no fue bien entendido, no le fueron bien las cosas. La mezquindad del mundo occidental, la envidia de sus líderes ante el brillo del que estaba llamado a ser adalid de la Alianza de las Civilizaciones, hizo que no se viera con buenos ojos lo que podría inaugurar una fulgurante carrera en el Foro del Mundo: la retirada de Iraq.
Quizá pecó de ingenuidad creyendo que sólo se debía a que no se entendía su gesto y no a que a los demás no les gustaba lo que hacía, y esa ingenuidad de hombre de bien le llevó a Túnez bien preparado para la ocasión: explicaría con un par de frases contundentes su postura en torno a esa guerra ilegítima ilegal e injusta. Plantado en el atril, pidió a los mandatarios de los treinta y seis países aliados que estaban intentando mantener controlada la incipiente guerra civil que la ausencia del puño de hierro de Sadam estaba provocando, que ellos también abandonaran al malvado Bush y permitieran que la paz retornase a ese pueblo torturado por la avaricia neoliberal.
Tampoco ese gesto valiente fue bien recibido por la comunidad internacional, que, salvo algunas brillantes excepciones como Irán o Cuba, le afearon su actituo en público o en privado, por lo que hubo de plantearse más caminos en los que ahondar su ascenso como líder de talla mundial. Había que comenzar desde foros más reducidos para llegar a abarcar la totalidad.
De esta forma, tras esos primeros pasos desgraciadamente poco eficaces para su entronización, se convenció de que su ascenso iba a cristalizar introduciendo a España en “el corazón de Europa” cuando se le reconocieran sus méritos sobresalientes, que comenzaban renunciando a que España organizara la firma de un importantísimo tratado europeo a favor de Italia y a seguir recibiendo fondos de cohesión, y convirtiendo a nuetro país en contribuyente neto, de manera que España sería el principal financiador de los costes de la apertura al mercado alemán de los países del Este que se integrarían en la UE. Al fin y al cabo, íbamos a estar por encima de la media de la Europa a veintisiete en renta per cápita cuando se unieran los devastados países de la órbita exsoviética.
Con estas minucias ya consiguió que le dieran palmaditas en la espalda y que le dijeran cosas que no entendía en las cumbres de la UE, que los idiomas no son lo suyo, pero que seguro que eran elogiosas. Siguiendo el camino iniciado, con la vista puesta en un futuro glorioso, se dispuso a dar una nueva campanada haciendo que España se adelantara a todos los demás países en la adopción de la nueva Constitución Europea, redactada por Giscard D’Estaigne, en la que España renunciaba a tener un papel importante en el juego de los vetos en el Parlamento europeo para dar muestra de solidaridad y búsqueda de un bien común, y que iba a regir el futuro.
Así que se lanzó a un referendum que iba a poner de manifiesto que tan gran Señor estaba seguido por un pueblo tan fervientemente europeísta como él, y que era un pueblo tan moderno como su líder (de ahí que una parte de la campaña se centrara en aquella bebida energética “Referendum Plus” que publicitaba el imprescindible Moratinos sin dejar de hacer propaganda del Burdeos por eso de que no se dijera que pecaba de chauvinismo alabando el Ribera de Duero). Y se ganó el referendum. Los resultados no fueron brillantes, pero fueron los primeros que se dieron en Europa.
Continúa
Desde luego, a Jose Luis no se le puede achacar inconsecuencia en algunos temas. Ya, ya, no hace falta que lo maticeis, que se que no es consecuente en todos, pero en algunos si que sigue absolutamente lo que tiene dicho. Como cuando se agarró a su faceta mas lírica y soltó aquella cursilada del “ansia infinita de pazz”, que, pensaba, le haría pasar a la Historia como Maestro Estadista Internacionalmente Reconocido Como Pacificador Universal. Para las generaciones futuras será quien colocó a España entre las primeras potencias del mundo mundial.
El inicio de su empeño no fue bien entendido, no le fueron bien las cosas. La mezquindad del mundo occidental, la envidia de sus líderes ante el brillo del que estaba llamado a ser adalid de la Alianza de las Civilizaciones, hizo que no se viera con buenos ojos lo que podría inaugurar una fulgurante carrera en el Foro del Mundo: la retirada de Iraq.Quizá pecó de ingenuidad creyendo que sólo se debía a que no se entendía su gesto y no a que a los demás no les gustaba lo que hacía, y esa ingenuidad de hombre de bien le llevó a Túnez bien preparado para la ocasión: explicaría con un par de frases contundentes su postura en torno a esa guerra ilegítima ilegal e injusta. Plantado en el atril, pidió a los mandatarios de los treinta y seis países aliados que estaban intentando mantener controlada la incipiente guerra civil que la ausencia del puño de hierro de Sadam estaba provocando, que ellos también abandonaran al malvado Bush y permitieran que la paz retornase a ese pueblo torturado por la avaricia neoliberal.
Tampoco ese gesto valiente fue bien recibido por la comunidad internacional, que, salvo algunas brillantes excepciones como Irán o Cuba, le afearon su actituo en público o en privado, por lo que hubo de plantearse más caminos en los que ahondar su ascenso como líder de talla mundial. Había que comenzar desde foros más reducidos para llegar a abarcar la totalidad.
De esta forma, tras esos primeros pasos desgraciadamente poco eficaces para su entronización, se convenció de que su ascenso iba a cristalizar introduciendo a España en “el corazón de Europa” cuando se le reconocieran sus méritos sobresalientes, que comenzaban renunciando a que España organizara la firma de un importantísimo tratado europeo a favor de Italia y a seguir recibiendo fondos de cohesión, y convirtiendo a nuetro país en contribuyente neto, de manera que España sería el principal financiador de los costes de la apertura al mercado alemán de los países del Este que se integrarían en la UE. Al fin y al cabo, íbamos a estar por encima de la media de la Europa a veintisiete en renta per cápita cuando se unieran los devastados países de la órbita exsoviética.Con estas minucias ya consiguió que le dieran palmaditas en la espalda y que le dijeran cosas que no entendía en las cumbres de la UE, que los idiomas no son lo suyo, pero que seguro que eran elogiosas. Siguiendo el camino iniciado, con la vista puesta en un futuro glorioso, se dispuso a dar una nueva campanada haciendo que España se adelantara a todos los demás países en la adopción de la nueva Constitución Europea, redactada por Giscard D’Estaigne, en la que España renunciaba a tener un papel importante en el juego de los vetos en el Parlamento europeo para dar muestra de solidaridad y búsqueda de un bien común, y que iba a regir el futuro.
Así que se lanzó a un referendum que iba a poner de manifiesto que tan gran Señor estaba seguido por un pueblo tan fervientemente europeísta como él, y que era un pueblo tan moderno como su líder (de ahí que una parte de la campaña se centrara en aquella bebida energética “Referendum Plus” que publicitaba el imprescindible Moratinos sin dejar de hacer propaganda del Burdeos por eso de que no se dijera que pecaba de chauvinismo alabando el Ribera de Duero). Y se ganó el referendum. Los resultados no fueron brillantes, pero fueron los primeros que se dieron en Europa.
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