miércoles, 28 de octubre de 2009

Vergüenza, la justa

¡Menudo tropel de sinvergüenzas! Y no me refiero a la banda de pringados que están trincando en toda España por corrupción habitualmente urbanística. Me refiero, entre otros personajes de la trama, al Juez de la voz atiplada, que en cuanto ha visto que se lo van a llevar por delante aprovechando que ya tenían suficiente material con el tratamiento del las filtraciones del Gürtel, el encajonamiento del Faisán, la pasta cobrada en Niuyor, el cagarruto de traerse a los piratas senegaleses estropeando la que iba a ser una brillante operación de rendición y pago del rescate de un barco de bandera que no era la española y el archivo de la causa de Paracuellos frente a la apertura de la causa general contra el franquismo, incluyendo la prueba del fallecimiento del dictador (que es que no lee periódicos, ni libros de historia, ni de medicina, que para que Franco estuviera vivo debería haber aguantado hasta los ciento diecisiete años), digo, que en cuanto ese pollo del pelo como Lilly Munster y el ego como Hermann se ha percatado de que ya van a por él, ha dicho “¿Ah, si?, pues p’alante vamos todos” y en lugar de mantenerse dando palos solamente al Pepé, ha empezado a tirar de archivo personal y a ir guardando en hospedaje oficial a trincones del Psoe, de Cíu, de partidillos locales asociados a unos u otros, a santos barones o varones de izquierdas y a todo quisque que se mueva, que en éste país el que no trinca de porquesí es que es un tontolaba que no se merece ni ser concejal de pedanía.

Pero no quería hablar de él, que no deja de ser el tonto útil de la función aunque sea uno de sus personajes principales, no. Los... ¿cómo calificarlos?... ¿vivos?, si, eso, unos vivos, y unos listos son quienes impulsaron la sandez esa de que el territorio se gestiona mejor desde el conocimiento que proporciona la cercanía y con ello, lo sabían, estaban dando trabajo y futuro a sus familiares y amigos, que “lo importante es que no les falte de nada, luego ya decidiran ellos si quieren ser capitalistas o socialistas ricos” (Billy Wilder), los vivos son los que llevaron al constitucional la Ley de el Suelo que impulsó el primer gobierno de Aznar, porque decían se privaba a las autonomías de unas competencias que legítimamente les correspondían, y no fueron solo los nacionalistas, que también fué el Psoe, y los listos son aquellos fulanos de aquél Constitucional federalista de la peor especie que se tiró cuatro años retirando competencias al estado para dárselas a las autonomías, aquél que convivió con el golfo del Consejo General del Poder Judicial al que colocaron allí porque estaba chantajeando con sofisticados sistemas a la clase empresarial catalana y quien al mandarlo a Madrid se quitaron de encima, aunque acabara en el trullo.

Tampoco me sale un calificativo adecuado, quizá sirva bellacos, para los puretas esos que ahora arrugan la nariz cuando se enteran de la incursión de guindillas o maderos en el despacho de su cuate y conmilitón con una orden judicial para que se presente en el juzgado a declarar como imputado, que le han pillado con la mano en el cajón, y aparentan sentirse defraudados por su compañero de copas, viajes y navegación en yate cuando les preguntan a la salida del acto oficial en el que han devuelto el carné del partido a Negrín, ese al que echaron por quedarse con la pasta. Ahora imputan al alcalde (socialista) de Santa Coloma, que parece que se lo ha estado llevando crudo con algunos otros ex-pobres, y si los bellacos primero ponen cara de novicia ofendida en su pudor inmaculado y luego les invade santa ira, finalmente nombran nuevo alcalde a un concejal del mismo partido ya veterano en el ayuntamiento, que si no se había enterado de lo que se cocía en la concejalía de urbanismo es que es un merluzo de tal calibre que no tiene nivel ni para presidente de su comunidad, y si se enteró de lo que estaba en boca de todos, pues eso... Personalmente creo que se trata de uno que se calló lo que veía y que pudo incurrir en ahora no recuerdo cómo se llama la figura que lo define, que hace ya demasiado que pasé por las aulas de Don Horacio Oliva.

Unos marrulleros despreciables son también los que decidieron que a los que enchironaron por intentar comprar a un presidente de Comunidad Autónoma con dos chaquetas se les debía pasear ante las cámaras de las televisiones del mundo esposados por la mano derecha, como a los terroristas o a los psicópatas, mientras que a los que según Maragall tenían un problema con el tres por ciento de las obras catalanas, se les entra al mismo sitio por el garaje.

Se puede llamar rufianes a los los meapilas laicos de la libertad sexual, del homotrimonio y el tanga del Dia del Orgullo Gay, los hipócritas que se ponen estrechos, virginales y beatíficos, se sienten ofendidos en su dignidad y claman y se rasgan las vestiduras por lo que dicen que es grosera y machista utilización de la mujer, cuando se enteran que Berlusconi ha pagado probablemente un pastón a unas profesionales, o no, que muchas veces basta con subir a la gente en el megayate para que le alivien los bajos a él, que ya es de aplauso a sus setenta castañas, y a sus amigos, mientras que no sólo han estado piando lo contrario desde la toma de la Ópera de París en el 68, sino que tampoco dicen ni mu cuando se enteran de que sus coleguillas de Baena tiran de visa oficial para irse al puticlú del pueblo alegando que son pagos a cofradías.

Indeseables son, en fin, los que se dicen herederos de los que fueron apaleados por defender la libertad de cátedra de Enrique Tierno, Agustín García Calvo y Jose Luis López Aranguren (la víbora con cataratas, el rapsoda de las patillas, autor de la letra del desconocidísimo himno de Madrid, y el de la ética religiosa), y ahora destapan su afán liberticida y censor. Ayer me enteré. Una de esas liberadoras de las mujeres, de esas que vociferan en nombre de la libertad, cuando era directora del Instituto Andaluz de la Mujer, intentó censurar el prólogo que le había hecho el profesor Gimbernat a una edición del Código Penal comentado. Tanto así, que el profesor, un científico reconocidísimo en ámbitos jurídicos, le tuvo que enseñar la Constitución y el principio de libertad de cátedra y contestar que “ni siquiera durante el franquismo se había atrevido nadie a ejercer la censura -ni previa ni a posteriori-sobre mis escritos, ni a amenazarme con denuncias si no rectificaba mis opiniones”. Aquí, aquí y aquí tienes las cartas que se cruzaron, no te las pierdas. La liberadora llega a decir cosas como “Le informo, asimismo, de que se trasladará copia de este escrito al Observatorio contra la Violencia de Género, sin perjuicio de seguir cuantas actuaciones sean necesarias en la medida en que siga publicitándose esta edición a través del prólogo denunciado”. Les pone prohibir, censurar, privar al ciudadano de sus bienes. Dentro de poco intentarán empezar a encarcelar disidentes.

Estos impresentables personajes son los que apoyaron en su momento la “Ley de la patada en la puerta”, esa a la que la presión popular (y el constitucional) eliminaron un par de artículos (lo que se llevó por delante también a aquél Ministro electricista, Corcuera o Corcuese, le llamaba Juancho Armas Marcelo, que al menos tenía un oficio, no como los bachilleres de ahora), pero se quedaron muchos otros, los que conforman aún la Ley de Seguridad Ciudadana, esa que consagra la “retención” como algo que no es detención, las multas por tener tropezones para ilustrar el tabaco rubio, o las mil y una perrerías que la pasma puede hacerte impunemente. Estos impresentables son los del escándalo de SITEL, el sistema de escuchas telefónicas generalizadas, gratuitas e impunes. Los que se han atrevido a pinchar mil quinientos teléfonos de gentes del Pepé con la excusa del caso Gürtel. Estos son los que van llamando fascista a quien les lleva la contraria. Vergüenza, lo que se dice vergüenza, tienen la justa.

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