lunes, 5 de octubre de 2009

Los más demócratas, los únicos demócratas.

Ayer tuve la suerte (o la desgracia, todavía no se muy bien hacia donde ir) de encontrarme con un documental sobre la España política en 1980, y confieso que me ha dejado un sabor de boca raro. Por entonces me había dejado seducir por la palabra encendida y aparentemente sincera de ese encantador de serpientes que era Felipe González. Visto ahora, se constata por un lado que incluso conociendo las cosas que sucedieron después y el despeñadero al que nos han llevado nuestras tragaderas, aquellos discursos apasionados intentando derribar al gran Adolfo Suárez sonaban maravillosamente bien, y por otro, que comparando a González con sus sucesores y sus antecesores, los instintos liberticidas son el mas evidente nexo de unión de todas las tendencias y de todas las épocas de este partido que probablemente nos merezcamos como excrecencia sórdida de esta nación desgraciada. Da ganas de llorar darse cuenta de que casi nadie sabe, porque no quiere enterarse o porque no le dejan, que la Ley de Vagos y Maleantes no es una ley franquista, sino que es obra del socialista Jiménez de Asúa en 1933.

Y es que la manipulación de las medias verdades era la base de sus argumentaciones. Como ahora y como siempre. En una de las grabaciones, González estuvo a punto de noquear parlamentariamente a Suárez achacándole, nada más y nada menos, que el gobierno negociaba con ETA, y le recordaba que Suárez, como Presidente del Gobierno, le había comentado a él, como Jefe de la Oposición, que se iba a contactar con la cúpula de ETA. ¿Cabe mayor deslealtad institucional que comentar en público los entresijos de lo que se recibe por razón del respeto a las instituciones? Pues si. Cabe. Y allí cupo, que el muy miserable González se calló que lo que le habían contado para que estuviera al tanto de la lucha antiterrorista se trataba de los contactos imprescindibles que el CESID estaba obligado a tener para “tomar la temperatura” de la banda.

En aquel momento el Psoe estaba ávido de poder, tan ávido como está el Psoe en todos los momentos en los que se ha acercado a él, como un yonqui entrando en Las Barranquillas, como un perro esperando su comida, y todo valía con tal de derribar a Suárez. El segundo tomo de las memorias de Jordi Pujol, ese tipo que consiguió hacer del catalán un idioma diferente al español mediante su intencionado destrozo fonético, cuenta que Mújica, número tres entonces del Psoe (¡coño, como Leire!) y gran muñidor que fué, con Castellanos y Gómez Llorente, de la toma del poder por Isidoro y Canijo en Suresnes, le tanteó aquél año sobre su opinión sobre sustituir a Suarez por un militar de convicciones democráticas (probablemente Armada). Sólo unos meses después se produjo aquello del golpe de estado de Tejero y la lista del gobierno de concentración. Con González de Vicepresidente.

Da un cierto alipori y mucha rabia darse cuenta de que aquella maniobra del coronel de los bigotes se pensó (sigo pensando que con concurso socialista) básicamente para acabar con las autonomías, a pesar de que fueron los mismos socialistas quienes, para desgastar a Suárez, forzaron la máquina de la autonomía andaluza (¡hay que ver como les ha ido, se podían haber callado!) haciendonos caer en el carajal desenfrenado que padecemos ahora.

Decía que nos merecemos ese partido, porque es la organización catalizadora de las envidias y los odios de unos ¿ciudadanos? que, siempre detrás de los curas, sólo dejan los cirios y empuñan los garrotes y las navajas cuando tienen “permiso” de su partido. Sólo quince días después de que Pablo Iglesias dijera en las Cortes aquello de “debemos, viendo la inclinación de este régimen por S.S., comprometernos para derribar este régimen, …hemos llegado al extremo de considerar que antes de que SS suba al poder, debemos llegar hasta el atentado personal” (Diario de sesiones 07.07.1910), un tal Manuel Posa disparó tres veces contra el presidente de gobierno y lo hirió gravemente. El Presidente de las Cortes había instado varias veces al fundador del Psoe que retirara sus palabras, pero Pablo Iglesias se negó a hacerlo.

Porque se trata de un partido que creció como el fascismo español en la dictadura de Primo de Rivera, en la que no sólo estuvieron en el Gobierno, sino en todos los centros de poder. Largo Caballero, ya en el gobierno de la Segunda República decía cosas como que “la clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo… La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas…” o “que nadie dude que el poder será nuestro. Por las buenas o por las malas”. Pero no penseis que nuestro Zeta es diferente, que en los Encuentros de Las Rozas de no hace muchos meses decía que "el Cambio que invocamos va mucho más allá de una mera alternancia en el gobierno. Acaso para otros el gobierno será el objetivo; para nosotros el gobierno es el instrumento. Acaso para otros el gobierno es la meta; para nosotros es el camino. Somos una fuerza que viene de lejos y somos una fuerza que va aún más lejos”.

Lo que pasa con este partido es que no acepta otra cosa que estar en el poder. No es demócrata en absoluto. Los socialistas, cuando no gobiernan, son básicamente golpistas. El episodio de Mújica, Pujol y Tejero del que he hablado antes no ha sido el único de ese tipo, sino que traían experiencia. Cuando la CEDA ganó las elecciones de noviembre 1933, la izquierda declaró que no aceptaría que formara gobierno de una forma tan convincente que el gobierno lo formaron los radicales de ese trujimán que era Lerroux. Cuando ya en el 34 la CEDA reclamó su derecho a entrar en el gobierno, el Psoe dio un golpe de estado con las armas que había conseguido Indalecio Prieto. El golpe fracasó en toda España (incluída Cataluña, donde Companys había proclamado el estado catalán), excepto en Asturias, dónde se montó el guirigay en el que tan bien trabajó el abuelo bueno de Zetapero.

Y ahora que me he metido en faena golpista, no pienso decir una palabra de los trenes de Atocha, del islamista de los siete gayumbos, de los esemeeses para ir a Génova, de la goma dos, de la Kangoo ni del Skoda Fabia, pero dudo que se me apee de la burra de mis convicciones con nada más que una sentencia que ni dice quién puso las bombas ni sabe a quién se le ocurrió ponerlas.

Siempre son lo mismo estos pollos. El 12 de julio de 1936, un grupo de Guardias de Asalto socialistas se llevan de su casa a media noche a José Calvo Sotelo, líder de la oposición. Le dan dos tiros en la cabeza y dejan su cuerpo abandonado a las puertas del Cementerio del Este. A Condés, el que disparó, le dan homenajes en las sedes del partido. La Ley de la Memoria Histórica prohibe que ninguna calle lleve el nombre de Calvo Sotelo. Hay muchas que se llaman Pablo Iglesias. Largo Caballero escribió una carta a Stalin el 6 de enero de 1937: “cualquiera que sea la suerte que el porvenir preserva a la institución parlamentaria, ésta no goza entre nosotros, ni aún entre los republicanos, de defensores entusiastas”. Su estatua de paladín de la democracia sigue en pié junto a Nuevos Ministerios, a pocos metros de donde se encontraba aquella de Franco cuya retirada le regaló Zapatero a Carrillo, el héroe de Paracuellos, por su cumpleaños.

En fin, que como Largo era del Psoe, Largo era un demócrata, que los socialistas siempre se nos presentan como los únicos adalides de la libertad. Y el pueblo español encantado con un partido así. Con la que está cayendo, con la que están montando ellos solitos, con los daños que nos están dejando, aún piensan votarles diez millones de candidatos a parados subvencionados. Porque en realidad lo único que somos es lo que hemos sido siempre: Hijosdalgo que no tenemos obligación de doblar el espinazo ni para ganarnos las habichuelas ni para ninguna otra cosa, porque es el Reino quien nos debe mantenimiento por ser quienes somos. Parásitos por convicción, súbditos de vocación.


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