lunes, 28 de diciembre de 2009

Igualación activa (y ii)

Decía en el post de ayer, cuando empecé a desbarrar, que cuando un Juez de familia ha hablado de lo que sabe por experiencia propia, de que las leyes sobre la violencia de género son un auténtico atentado contra el estado de derecho, se le han echado encima los progres, las asociaciones feministas y los altos cargos que tienen el pesebre en la existencia de esos animales que, como no pueden con el mundo ni con sus propias limitaciones, se ponen violentos con las mujeres por el mero hecho de que tienen más fuerza física.

Y en esas estaba yo, leyendo la sarta de sandeces que dicen esos iluminados cuando me he encontrado con unas declaraciones que me han llamado la atención. Eran de un tal Miguel Lorente, a la sazón delegado del Gobierno contra la Violencia de Género, que ha dicho, y copio lo entrecomillado, que

"Las declaraciones del juez Serrano son una pieza más en el engranaje de la contrarreacción posmachista. Es un movimiento que nació en los 80 y ahora está muy organizado. Se manipulan los datos de las denuncias falsas, se ataca la concesión de las custodias, se golpea la igualación activa, se santifica el síndrome de alienación parental y se ridiculiza el lenguaje no sexista"


Todo lo que dice es una mamarrachada, pero lo más llamativo, la gran maldad que por primera vez me he encontrado, es la expresión “igualación activa”, que según aclara el periodista autor del reportaje (supongo que porque se lo preguntó al baranda), es que se trata de la expresión que pretende sustituir a “discriminación positiva”, me temo que para que no se diga eso de que “positiva o negativa, discriminación es discriminación”. Y es que está claro, si se obliga a que en los bomberos tengamos un cincuenta por ciento de mujeres, y para entrar se obliga a que un aspirante levante cincuenta kilos y una aspirante sólo veinticinco, si la mismísima Mamá Bardem queda atrapada en un incendio por una viga de cuarenta, cuando oiga que llegan los bomberos rezará (o lo que haga esa señora) para que quien aparezca sea un fornido macho y no una igualitaria hembra, que eso de la discriminación positiva y las cuotas para mujeres son un insulto para las que valen y un problema para quienes tienen que sufrir a las de cuota. No parece que el uso de la expresión “igualación activa” pueda acabar con el problema de las cuotas ni vaya a tener demasiado éxito por eso de que “igualación” suena raro, pero seguro que lo intentarán, porque si dominas el lenguaje dominas la sociedad.

Y en ello están, pero están en todos los frentes, que había que oír a Zetapé felicitando las Fiestas a los soldados en el exterior, que todo se le iba en decir que esos soldados, nuestro ejército, sólo está por ahí en misiones de pazz, y que en ningún momento pronunció la palabra “navidad”, que eso del nacimiento de quien millones de personas consideran el Niño Dios (entre ellos, la mayoría de los españoles), es algo que hay que erradicar y sólo se puede hablar de “estos días tan entrañables”, que no es que no tenga huevos para reconocer que envía españoles a la guerra, es que ni siquiera tiene valor para reconocer que quiere abandonar la Navidad cristiana y volver a las celebraciones que ésta sustituyó: las del solsticio de invierno (¿no somos otra vez confesionalmente animistas y debemos adorar el espíritu de las plantas, de la tierra, del viento? Pues ¡hala! a celebrar el solsticio de invierno bailando pintados de azul alrededor de una hoguera en el campirri con la fresca). Eso sí, la cara de pasmo se le debió incrustar al circunflejo cuando todos los generales de las misiones en sus contestaciones aludieron, sin excepción, a la cristianísima Navidad.

Ahora bien, la penetración del idioma progresí en su dialecto zapateriense ha llegado hasta donde no debiera: el Rey ha acogido en el mensaje de navidad demasiados de los iconos lingüísticos de estos que nos están argentinizando: habló de “hay que redoblar los esfuerzos para que España vuelva a crecer y crear empleo (...) de forma sostenible” (sostenible, sostenible, lo que le gusta la palabreja a Leire y a los progres todos), del “terrorismo internacional” (¡qué coño islámico!: ¡internacional!, como decía el Circunflejo cuando el 11M, no vaya a ser que caigamos en la islamofobia), le parecían estupendas “las medidas a escala internacional, europea y nacional para detener la crisis” (sobre todo las españolas, que si no consiguen que nos echen del euro, será porque Alemania Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo se habrán ido ya con Reino Unido hacia otra moneda, lo que, por cierto, me parece una solución buenísima y de ello hablaré en otro post, que llevo un par de semanas dándole vueltas), pidió un “acuerdo en educación” (con la que está cayendo y con un señor que de lo primero que hizo fue derogar la Ley de Educación del Pepé -y el Plan Hidrológico y la Política Exterior trayéndose cobardemente a los soldados de Iraq-) y casi exigío "sentido de estado" a la oposición (o sea, lo que hace la Marivice continuamente: eso de decir que arrimen el hombro, que aplaudan las ocurrencias de su jefe y que dejen de tocar las morbideces señalando que no están haciendo nada bien). Vamos que entre eso y la ambigüedad de los mensajes sobre el Estatuto Catalán y sobre el Tribunal Constitucional, los del Psoe están encantados con lo que ha dicho Juan Carlos I.

Parece que el Borbón no se da cuenta que los únicos apoyos que le quedan a la monarquía, están, como en los años veinte y treinta, entre el centro político y la derecha moderada, aparte de los utilitaristas que le ven como el mejor vendedor que se puede tener, como una excelente imagen corporativa. Y que tampoco se da cuenta de que estos pocos monárquicos sin duda le van a retirar el apoyo si confirman sus temores de que el Rey con quien se lleva bien es con los socialistas. Si sigue así, va a ser lo que ya dicen los de la derecha más derecha, los que se quejaron de la boda con Letizia: Juan Carlos Primero y Último.

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