sábado, 12 de diciembre de 2009

Cunetas para el Pepé

Desde 1990 hasta 1996, España iba hundiéndose cada vez más en un hediondo pozo de corrupción, ineptitud, descrédito de las instituciones e ineficacia económica. De forma incomprensible y por los pelos, Felipe González consiguió ganar las elecciones de 1993 (o por una timorata actuación de Aznar en el segundo debate preelectoral, en el que no supo reaccionar con la dureza necesaria cuando González le acusó de pretender reducir las pensiones), pero en el 96, la corrupción era tan brutal (Banco de España, Guardia Civil, BOE, Cruz Roja, Renfe...) la crisis económica tan profunda (un 25% de paro, un déficit del 7% y tres devaluaciones seguidas de la peseta), y “las chicas del PP” tan poderosas (Loyola de Palacio, Isabel Tocino, Celia Villalobos, Maria Fernanda Rudí, Mercedes de la Merced..., un grupo de mujeres serias, bien preparadas, magníficas dialécticas y con un sentido del humor envidiable), que la victoria de Aznar fué inevitable. Lo único que me sorprendió, con la que estaba cayendo, con la descomposición que sufrían el Psoe y el gobierno, fué que la victoria no fuera por mayoría absoluta.

La primera legislatura de Aznar fué difícil, y cuando se acercaban las generales del dos mil ni las encuestas ni nadie tenía claro que el Pepé fuera a ganar otra vez. Pero si. Mayoría absoluta. Los votantes del Psoe se quedaron en casa. Cuando Zapatero llevaba un par de años preparándose para ser violentamente derrotado por Aznar y defenestrado a la oscuridad de los perdedores, se dió cuenta de que al Psoe no le gana el Pepé, sino la abstención, que sus votantes, que tienen poco estómago y menos cerebro, pero mucho sentimiento, nunca cambiarán de partido, pero si no están entretenidos, no irán a votar. Y el de las cejas raras se dispuso a despertarles. Empezó a menearlos con un submarino nuclear británico que se estaba reparando en Gibraltar. Con el Prestige y el famoso pájaro de las mareas negras empapado en petróleo los sacó a la calle, y con las pancartas de las fotos de los diputados del Pepé y su oposición a lo que llamó “la guerra de Iraq” (no me cansaré de repetir que la guerra ya había acabado y la ONU ya había pedido ayuda a todos para la reconstrucción cuando se embarcó al primer soldado español) llevó a los que estaban en la calle a hacer el mayor esfuerzo intelectual que se puede pedir a ese tropel de tragaconsignas y sectarios semianalfabetos: apedrear sedes del Pepé.

A pesar de la movilización de esos que siempre votarán Psoe no se sabe bien por qué, cuando se acercaban las elecciones de 2004, la victoria del Pepé era segura. Pero surgió el milagro. Una ¿casualidad? hizo que cinco bombas estallaran en tres trenes llenos de trabajadores tres dias antes de las elecciones. Tras tres días de manipulaciones, traiciones, mentiras, desinformación y movilización violenta de las bases, incluso con agresiones físicas a varios ministros del Pepé. El Psoe ganó las elecciones.

Desde entonces todo ha sido tener a su gente movilizada. Homotrimonio, educación para la ciudadanía, aborto, estatutos, crucifijos, Rouco..., cualquier cosa vale para dar la nota comecuras progresista y mantener a la militancia en ese punto prebélico que les es imprescindible para seguir pisando moqueta, ese punto en el que las bases del progresismo patrio casi sería capaz de matar con tal de que la repugnante y odiada derechona no llegue al poder.

Ok. Tampoco los peperos mas fanáticos quieren mucho a los socialistas. La mayoría de los votantes del Pepé desprecian profundamente a los dirigentes actuales del Psoe. Pero se limitan a eso, a constatar sus enormes carencias intelectuales, a tratar de sobrellevar su oceánica ignorancia en las materias esenciales para el bienestar de la nación, a soportar la villanía de sus ataques a quienes no piensan como ellos, a intentar contrarrestar las mentiras que compulsivamente van soltando. O sea, que se limitan al desprecio intelectual y político de ese tropel de iluminados, aunque quizá en ocasiones el desprecio resulte trufado de repugnancia y asco. Pero es que los votantes del Psoe odian al Pepé, no a sus dirigentes, no. Odian hasta echar espumarajos a cualquiera que piense de forma ligeramente parecida a la postura oficial de ese partido. Tengo la sensación de que en un caso límite, que por el principio de entropía universal debemos temer más cercano de lo que parece, los militantes de base del Psoe no dudarían en fusilar a cualquiera que identificaran como mero votante del Pepé, a cualquiera que fuera denunciado como lector de ABC u oyente de la COPE, y no creo que fuera necesario llegar al descontrol social de las situaciones límite para que, si pudieran, cualquier cuadrilla de militantes depositara bocabajo el cuerpo de Aznar en una cuneta. Camps, harto de los virulentos ataques que está sufriendo, dijo algo parecido y luego retiró sus palabras, pero no creo que por erradas, sino por inconvenientes en este momento.

Hace un par de días, en un garito de la calle Almirante, en el muy progresísta barrio de Chueca, un animal le pegó una patada por la espalda a Herman Tertsch, un periodista hipercrítico con el zapaterismo (aunque viene de la cuadra de Polanco). Le rompió un par de costillas y le perforó un pulmón, de manera que Tersch está hospitalizado. Poco antes, en un programa de la Sexta, la Televisión que Z regaló a sus amiguetes, le acusaron de desear el asesinato de pacifistas, ministros o menores con un montaje de poca gracia y escasa sensatez.

No quiero decir que la burla del Wyoming generara la agresión porque sería como decir que los pacifistas progres necesitan acicates para recurrir a la violencia, y no, estos buenísimos solidarios reaccionan echando patas p’alante por la simple cercanía a las ideas políticamente incorrectas, que están permanentemente cargados de odio y resentimiento contra lo que representa la libertad. Y tampoco quiero decir que la agresión se produjera porque alguien lo reconoció como “facha”, aunque me suene como lo más probable, ni que casi seguro que esa fuera la razón. A nadie le es difícil imaginar la escena: Progre Borracho en garito progre, arrastrando las sílabas –“¡Coño!. ¡Tu eres el facha ese de TeleMadrid! ¡el de las noticias de la noche!-. Tertsch se da la vuelta y sigue tomándose su copa mirando hacia otro lado. Progre Borracho –“Oye facha cabrón. Vete de este garito. Aquí no pueden entrar fachas de mierda”-. Le coge por el hombro para que le mire. Tertsch: -“Déjame en paz, imbécil”-, mientras se zafa y vuelve a darle la espalda. Progre Borracho –“¡Que te vayas de aquí fascista de mierda!”. Y le pega una patada que le rompe las costillas. No, no quiero decir eso. Ni siquiera quería hablar de la más que plausible escena. Lo que quiero denunciar, lo que me parece mas repugnante de todo este asunto es la reacción que han tenido los medios de comunicación de la progresía: Ninguna. Lo más que han hecho ha sido poner en duda que la agresión hubiera sido por motivos ideológicos, y alguno ha insinuado que la culpa podía haberla tenido el periodista porque estaba borracho.

Y es que nuestros progres son como son. Quisieran ser dictadores, aunque sepan que sólo son súbditos. Igualito que los franquistas en vida de Franco. Creo que son los mismos, reencarnados. Porque se ven con derecho a pasar por encima de los demás. El otro dia, un saxofonista americano en el Festival de Jazz de Sigüenza vió su concierto detenido por la Guardia Civil, porque al parecer un espectador, progre sin duda, le había denunciado porque a su juicio no estaba tocando jazz sino “música contemporánea”, lo que el citado espectador decía tener “contraindicado psicológicamente” por prescripción médica. El músico, que dedica al Jazz desde hace más de 30 años, estaba pasmado: "Yo creía haberlo visto todo, pero es obvio que estaba equivocado" "Después de esto, ya tengo algo que contar a mis nietos". Los progres son así. Cuando mandan hacen lo que quieren. Siempre. Con el auxilio de la Fuerza Pública si es necesario. A los fachas, ni agua.

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