viernes, 17 de abril de 2009

Krugman y la crueldad de la crisis

El gran problema de la democracia es la apetencia de los políticos por el poder. Si, vale, es una afirmación idiota. Evidentemente, lo que deben querer los políticos es mandar.

Pues no. No debería ser así. Los políticos deberían desear que las cosas funcionaran, que los ciudadanos vivieran cada vez mejor, que la paz y la seguridad fueran constantes, que dejara de haber gente desamparada, que desapareciera la pobreza, que los ciudadanos fueran eso, ciudadanos, y no súbditos. Pero no. Lo que más desean, lo que intentan sobre todas las cosas es mandar, y si ya mandan, sólo buscan seguir mandando, aunque en los políticos de determinados grupos sea mas claro que en los de otros, que barruntan que la mejor forma de seguir mandando es hacer bien las actividades que consideran accesorias al ejercicio del poder, como mejorar los transportes, la sanidad, la educación, la riqueza, el empleo, etc. Pero como para conseguir estos fines se exige esfuerzo y trabajo, tanto por su parte como por cada uno de los ciudadanos, en esta España que sufrimos, en la que todo son derechos y no existen obligaciones, tienen generalmente todas las de perder, pues en definitiva se enfrentan a otros cuya única meta es el poder, aunque sepan que mantenerlo exige mejorar la vida cotidiana, o, en su caso, tapar la realidad.

En este momento de crisis profunda, el poder ha entrado en una dinámica evidente de intentar velar la realidad y de contentar a diversos grupos al coste que sea, siempre que lo bueno llegue antes de las elecciones, sin atender a que eso puede tener efectos perversos, pero que llegarán después.

Con lo que voy a escribir ahora probablemente se me vaya a tachar de facha, de insensible, de imbécil o de mala persona, pero he aprendido que para vivir feliz es necesario saber demorar el refuerzo, saber esperar a que el esfuerzo rinda sus frutos, y darse cuenta que cuando los efectos pueden ser perversos, darse una satisfacción, por más necesaria que sea, puede llegar a ser mucho mas dañino que aguantar el sufrimiento. Eso si, hacer las cosas así puede restar votos, en especial en una sociedad adormecida y acrítica.

Todos sabemos que en España sufrimos la peor crisis que puede recordar un vivo, que se está destruyendo empleo a un ritmo nunca visto, que la pobreza atenaza a cada vez más familias. El Nobel de economía Krugman dijo no hace mucho que nuestra situación económica (la de aquí, no la general de occidente) era aterradora y que para solucionar esto íbamos a pasarlo mal si hacíamos las cosas bien, pero que si no hacíamos nada o lo que hacíamos no era lo correcto, lo íbamos a pasar muy mal. Dijo que necesitamos una reducción de precios, una deflación mínima de un quince por ciento y una reducción de salarios de otro tanto. No me parece descabellado: es lógico pensar que para crear empleo, para crecer, debemos producir más barato y enfrentarnos con más posibilidades de éxito a la competencia internacional. Si los costes laborales unitarios son de los más altos de Europa (creo que los que más, pero no estoy seguro del dato), habrá que reducirlos, si no, vamos apañados.

Es indudable que para un parado, lo más importante es encontrar un empleo. Es evidente que el gobierno debería estar dejándose los cuernos para que (i) dejen de destruirse puestos de trabajo y (ii) se creen nuevos empleos. Pero para ello, según el Nobel de economía, se precisa la reducción de los salarios, una reducción lo menos dolorosa posible, pero reducción. Ahí deberían estar todos los esfuerzos del gobierno, en que la reducción salarial no sea tan dura (bajando impuestos, ampliando servicios, en fin, facilitando la vida con una economía más ajustada. Pues no, no están haciendo eso.

Ante un esquema laboral como el nuestro, nos están vendiendo que lo que quieren los malos es liberalizar el despido. Ya estamos con tonterías. ¿Pero es que no nos damos cuenta que el despido ya es libre?, aunque entre los que mantienen su empleo merced al esquema este que tanto recuerda al artículo 55 de la Ley de Relaciones de la época franquista se incluyan los que llevan diez años en la empresa, son los mas caros de mantener y se las saben todas, incluso aunque algunos de ellos puedan ser los cantamañanas que ya están cansados y controlan el escaqueo como una de las Bellas Artes.

Quienes deberíamos estar por modificar el régimen de reestructuración de plantillas deberíamos ser los parados, porque podrán encontrar mas fácilmente un empleo, los mileuristas con contratos basura, porque podría tener un empleo indefinido, el Gobierno, porque facilitaría la creación de empleo, los ciudadanos, porque se recuperaría la obligación de trabajar como complemento al derecho al trabajo, porque las empresas podrían adoptar y promover nuevas tecnologías y porque seríamos todos más competitivos y más prósperos). Los empresarios no quieren modificar el esquema laboral, el despido libre ya lo tienen: no renuevan un contrato y punto. Además, cada vez pagan menos trienios a sus empleados, que cada vez menos llegan a cumplir tres años sin que haya que renovarle el contrato entre medias.

Pero si hacemos caso al Nobel de Economía, los salarios deberán reducirse, como cuando devaluábamos la peseta. El gobierno no va a hacer nada en ese sentido, pero las empresas saben que es imprescindible. Lo que van a hacer los empresarios va a ser ofrecer menos dinero en las renovaciones de los contratos, pero el Gobierno no va a colaborar en esa imprescindible medida. La solución de los empresarios para bajar salarios es simple: no se renueva a un trabajador temporal, y al que se vaya a contratar para sustituirle, se le ofrece menos. Como hay más parados, el trabajo se acepta, el coste de producción es menor, pueden bajarse los precios (lo que hace que sean más asequibles para el que gana menos que antes), puede competirse en el mercado y la empresa sobrevive y mantiene al resto de los trabajadores.

Eso sólo puede conseguirse cuando el parado necesita imperiosamente el empleo. Y cuando más lo necesita es cuando el subsidio está a punto de acabarse o cuando es bastante menor que el salario del nuevo empleo.

¿Y cual es la política que se quiere adoptar para mitigar el problema del paro? Desde luego, no es intentar favorecer la creación de nuevos puestos de trabajo, tampoco la de dar un impulso a la actividad económica, ni la de asumir sufrimiento para que la recuperación sea rápida. Lo que se quiere hacer es garantizarse el voto de un montón de gente, de los cada vez más parados, aún a costa de que estén en el paro más tiempo, aún a costa de que el déficit de las cuentas públicas nos vayan a impedir nuevas inversiones porque vamos a agotar nuestra capacidad de endeudarnos: pretenden, nada menos, que alargar un cincuenta por ciento el tiempo en el que se seguirá percibiendo el subsidio. Quieren seguir mandando.
¡Menuda tropa!

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