lunes, 20 de abril de 2009

Los especuladores

Uno de los mantras favoritos de nuestros solidarios de guardia, incluso de los no totalmente iletrados, es que la culpa de todo lo malo que nos pasa la tienen los especuladores.

Si alguien cae en la cuenta (o es inducido a caer en la cuenta) de que el precio de las naranjas aumenta un cien por cien desde que se paga al agricultor hasta que llega al lineal del supermercado y lo pagamos nosotros en la caja junto al carrito, se publican un par de titulares en los diarios gratuitos de la puerta del metro, se dice con gesto grave en las noticias de televisión y la emisora solidaria de cabecera le dedica una buena parte de su tertulia.

“Eso es lo que está pasando por permitir a los especuladores campar a sus anchas, sin freno ni control”, aseguran con absoluta contundencia y convencimiento pleno nuestros queridos solidarios, y, luego, algunos periodistas de cuyo nivel cultural no tengo dudas, pero de los que empiezo a sospechar que yerran intencionadamente, añaden, con tono de saber de lo que hablan, que son las consecuencias del neoliberalismo enloquecido y egoista que ha generado el mandato de Bush y el capitalismo salvaje, y nos ofrecen nuevos titulares tremendistas con un aparente afán de provocar linchamientos masivos de “especuladores”.

Es evidente que los creadores de opinión no lo saben o no quieren saberlo, pero que los destinatarios de las noticias son los que no se enteran de que el agricultor produce naranjas buenas, regulares y malas, y al supermercado sólo llegan partidas iguales y de buena calidad, ni de que el coste de seleccionar las naranjas, lavarlas, empaquetarlas, transportarlas, etc, es muy pequeño gracias a ingentes inversiones en maquinaria y al perfeccionamiento de los sistemas, pero que añadido al bajísimo precio de producción, causa esos gigantescos incrementos porcentuales en su precio.

No quiero decir que en el camino no podamos encontrar a algunos vivos que se hagan de oro sin mayor esfuerzo, porque si se le añade u miserable céntimo a cada kilo de naranjas sin más motivo que intermediar en una transacción de las varias que se producen, se consiguen diez eurillos por cada tonelada, con lo que teniendo en cuenta que se producen entre dos y medio y tres millones de toneladas anuales, los beneficios de esos vivos podrían ser de entre veinticinco y treinta milloncetes cada uno de los años de su vida “laboral”, mientras que a nosotros, el habitual redondeo nos quitaría, sin duda, ese centimillo de más.

Hablo de naranjas, pero sólo como ejemplo de las consignas a evitar, que son muchas y variadas. Cualquier producto agrícola tiene el mismo problema y la alarma social el mismo triste fundamento: la falta de crítica del ciudadano a los mensajes que le llegan. A ver si nos enteramos: cuesta prácticamente lo mismo transportar los cinco kilos de una Play Station 3 de quinientos lereles que los cinco kilos de fruta que compramos por cinco euros en la tienda, pero el incremento en el coste de la PS3 puede ser de centésimas por ciento y en el de las naranjas, del cincuenta. No se trata de que perversos especuladores se hagan ricos a nuestra costa, sino del coste de ver ordenaditas y guapas las naranjas en los supermercados.

Pero nosotros nos tragamos esas patrañas y las comentamos indignados mientras tomamos café con los compañeros en lugar de hablar de otras cosas que podrían inquietar, de verdad, a los detentadores del poder. Somos como niños.

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