A veces el mercado funciona mal. En España nos ha tocado sufrir uno de esos momentos chungos en el mercado de la vivienda, donde no ha sido posible marcar correctamente los precios.“¡La culpa es de los especuladores!” “¡Habría que colgarlos a todos!”. Dicen unánimemente nuestros solidarios. Como casi siempre, los que gritan estas cosas sólo pueden ser tontos o malos, aunque personalmente me inclino a pensar que son unas pobres víctimas de un sistema educativo claramente mejorable y de un esquema mental acomodaticio, acrítico y más bien bobalicón asentado sobre cuatro simplezas. En el fondo, sólo necesitan un culpable que pueda ser identificado. ¡Que razón tiene el Dr. Rodriguez Braun cuando afirma que el mejor amigo de hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio!
A ver. Una de las posibles razones razones por las que puede pensarse que sube el precio de la vivienda es por su escasez, y esta escasez viene determinada, exclusivamente, por la escasez de suelo para construir. La cantidad de suelo viene determinada por los ayuntamientos, que están muy interesados en que su precio sea elevado: no solo porque el ayuntamiento se queda con el quince por ciento del suelo nuevo una vez urbanizado por sus propietarios, lo que sería
ya una razón de peso para que deseara fervientemente que su precio fuera el más alto posible para poder venderlo más caro (a quienes se vieron forzados a regalárselo, por cierto) y poder comprar votos con subvenciones y obras, también porque gran parte de sus ingresos están basados en el precio del suelo y las construcciones (IBI, Plusvalías, etc), y ¿como no?, tengo que decirlo, porque las recalificaciones de suelo rústico pueden ser una importante fuente de financiación personal y de riqueza para sus amigos (a la vista están la cantidad de condenas por corrupción de políticos municipales). Todo esto aconseja que haya menos suelo edificable que el que sería necesario.Así que ya tenemos un posible culpable de la subida del precio de la vivienda que no es un especulador en el sentido en el que lo entienden nuestros queridos solidarios: los ayuntamientos, personificados en alcaldes y concejales de Urbanismo. (No viene a cuento, pero, a pesar de todo, lo cuento. La mención al concejal de Urbanismo ha hecho recordar la explicación que daba mi padre al desastre circulatorio que se organiza en todos los pueblos pequeños: Cuando un partido político gana las elecciones municipales, el concejal más listo se encarga de Urbanismo, el segundo, de Hacienda, el tercero de Policía local… y así hasta que llegan al menos dotado de todos, a quien le suele tocar el área de Circulación. Desgraciadamente, mi padre había tenido que tratar con muchos de estos concejales).
No obstante, si nos quedamos en este primer nivel de culpabilidad, no llegamos a una conclusión válida, pues habríamos de remontarnos a quienes impugnaron la Ley de Urbanismo del 98, que limitaba de forma espectacular las facultades de los ayuntamientos, y al Tribunal Constitucional, por entonces federalista a mas no poder, que dictaminó la inconstitucionalidad de la parte jamón de la ley.
Segundo culpable: el Constitucional y la propia Constitución Española, que señala como competencia de las Comunidades Autónomas la facultad de ordenación del territorio.
Pero eso viene de más atrás, de la consideración de que hay cosas que se gestionan mejor desde la cercanía. Ahí no tengo nada que decir, salvo que cuanto más cerca se esté de lo urbanizable, mayor número de cuñados aparecen bajo las matas.
Tercer culpable: la sandez del pensamiento bienintencionado sobre la cercanía en la gestión.Sin embargo, ninguno de estos señalados parece el verdadero culpable de que una generación entera se haya convertido en esclava de una hipoteca a la que se destina la mitad de los dineros disponibles, de que se haya restado una cantidad ingente de dinero a la inversión en activos realmente productivos, de que la carencia de fondos disponibles haya frustrado la posibilidad de creación de decenas de miles de pequeñas empresas.
Y es que no hay carencia de suelo ni de viviendas. No existe demasiada demanda para poca oferta, ahí fallan las teorías clásicas. De hecho, frente a las necesidades de vivienda que hay cada año (unas trescientas mil nuevas familias anuales implican, como mucho cuatrocientas mil nuevas viviendas, y no ochocientas mil que se han construido estos últimos años. Parece que el precio crecía por sí mismo, independientemente de que aumentara o no su demanda necesaria. De hecho, el resto de las viviendas las compraban inversores, sobre plano, para pasarlas justo antes de firmar la escritura con la vivienda terminada. Un negocio redondo que podía producir un cien por cien de beneficio anual. Hablaré de esto en otra entrada.
No. Creo firmemente que los verdaderos responsables del desastre en el que estamos metidos son la banca y los responsables de vigilar su actividad.
Continúa…

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