Agosto en la playa. Treinta grados a las ocho de la mañana. Previsiones: mañana en la playa con baños y sol brutal, sombrilla y tumbona a tres lereles o traida de casa, comida en el chiringuito con abundante cerveza fria, muy fria, y severo estacazo en la cuenta. Mas o menos eso es el comienzo de un dia de vacaciones para una inmensa cantidad de gente.
Hace algunos años, a algún iluminado se le ocurrió la idea de ampliar la zona marítimo-terrestre, y se plasmó en una flamante Ley de Costas. Como la ampliación llegaba a terrenos que tenían propietarios particulares (toda la ampliación, que lo que es susceptible de apropiación es inmediatamente apropiado por alguien), y nadie puede ser privado de su propiedad sino por razón de utilidad pública y previa indemnización (es la Constitución, no es justo que a unos pocos se les quiten sus bienes, sobre los que pagan los impuestos que corresponden, para que lo disfruten los demás), hubo de articularse el justiprecio*, que consistió en la concesión por un máximo de nosecuantos años. *(Nota) Bonito lo del precio justo por que te quiten tu casa: el precio de la propiedad de la casa es el derecho a usarla por un plazo. Como si vendes el coche y lo que te dan por él es que puedas seguir usándolo seis meses y ni un duro más. Pues semejante barbaridad fué debidamente santificada por el Tribunal Constitucional. Tenemos lo que nos merecemos.
A esa barbaridad le empezaron a surgir problemas. Nadie vemos mal que que derriben edificios en medio de un acantilado, o la casa que se ha construido ilegalmente ocupando media playa, pero de ahí a que derriben barriadas enteras que están fuera de las playas, que se edificaron con las mil solemnidades urbanísticas cumplidas y de forma del todo legal, con una hipoteca a medio pagar y cuyos dueños no tienen otra cosa, me parece un despropósito. Y se está haciendo.
Y ahora nos viene otra: el medio ministerio correspondiente está dispuesto a que se cumpla la Ley de Costas. Como no podía ser menos. Pero eso implica que hay que quitar los chiringuitos de la playa. Adiós a las tumbonas, a las cervezas, a la paella, al pescaíto...
¿Qué vamos a hacer entonces? Lo veo claro: a la playa con las sillitas, la sombrilla ¡y la tartera!. Centenares de tarteras en las playas, miles de pelotitas de papel de aluminio tiradas, cáscaras de gambas, latas de cerveza vacías, cacas flotando en las olas... A lo que seguirá un amplio repertorio de multas y prohibiciones, se vallarán las playas y habrá que pagar una entrada como tasa por limpieza, habrá que constuir urinarios públicos carísimos a base de impuestos, y varios grupos ecologistas pedirán penas de cárcel para quienes ensucien la playa. Los turistas ingleses, a Croacia o Túnez y miles de puestos de trabajo a freir puñetas.
Eso si, nos vuelven a dar los argumentos. El mismo tipo de argumentos falaces: "no se puede permitir que la playa, que es de todos, sea ocupada por algunos en su propio beneficio". Y nosotros, solidarios, asentimos. "Es verdad, algunos se enriquecen con lo que es de todos". Y no nos damos cuenta de eso que ya sabían los romanos: "res omnium, res nullius", lo que es de todos, no es de nadie, y nadie lo cuida ni lo respeta.Francamente, prefiero que un trocito de lo que también es mio, sea ocupado por alguien que, además de ganarse la vida o incluso enriquecerse, me preste un servicio que me gusta o que incluso necesito.
A veces me siento solo pensando estas cosas. Sé que no soy el único y que entre mis compañeros del metro a las siete y media de la mañana hay algunos que comparten mi visión de la vida, incluso algunos entre ellos también quieren cambiarlo y por eso votan alternativas razonables, pero me temo que la general incapacidad para someter a cualquier crítica las cosas que se oyen en televisión y suenan a solidaridad o progresismo, va en aumento y que, pronto, seremos incluso perseguidos por pensarlo. Ahora ya nos persiguen por decirlo en público.

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