Pues eso, que estoy de vacaciones. Y conste que para mí estar de vacaciones no es descansar del trabajo, que eso de trabajar, lo que se dice trabajar, bueno..., cumplo, hago lo que me toca y voy que ardo, que como (creo que) no estoy en mi nivel de incompetencia, no me cuesta ni demasiado tiempo ni un esfuerzo excesivo hacer lo que tengo que hacer, vaya, que no me canso. Me refiero ahora a que estoy en lo que cualquier español de pro considera vacaciones, esto es, fuera de casa y ataviado, como mucho, con pantalones cortos, chanclas y camiseta: estoy en la playa. En este momento estoy en el mismo borde del mar. De hecho, creo que he puesto las sombrillas, las sillas, las bolsas y la familia demasiado cerca del agua y que la marea está subiendo, con lo que antes o después, se mojarán las toallas. Uno sabe que el mar sube y baja, pero otra cosa es que los de tierra adentro tengamos una mínima noción de cómo conio se calcula cuándo le toca subir y cuándo bajar.
Es que, claro, una cosa es leer libros (o ver los documentales de La Dos, jeje) sobre cómo enfrentarnos a la salvaje naturaleza, y otra distinta ponerse frente a ella y decirle “atenta naturaleza, que aquí estoy yo trayendo civilización”. Si hago caso a la proclama que ha gritado un niño, a nuestro vecino de arena (otra familia carpetovetónica de las de silla, sombrilla, niños y abuela) le ha picado ahora mismo una medusa. Pura naturaleza indomable, así que acabo de decidir que hoy no me meto en esa sopa salada de algas, pescados, náufragos y medusas por más que con ello renuncie momentáneamente a la inmersión en ese mar que hizo de argamasa en nuestra cultura grecolatina y del que tanto hablan nuestros pequeños políticos provincianos cuando quieren organizar sus pequeños saraos multiculturales y solidarios de la pamema esa de "las dos orillas" para acabar, como siempre, poniendo pasta.
El caso es que aquí estoy, en lo que en su momento fuera zona de desembarco para las razias de los piratas morunos en las tierras del emperador Carlos y luego solaz, refugio y polo de atracción de jipis y alternativos (aunque entonces no sabíamos que era eso de ser alternativo ni solidario, sólo éramos antifranquistas entusiastas, el Partido era el PC y el Psoe era marginal y se pronunciaba psoe, no pesoe), en el blanquísimo pueblo mediterráneo que enamoró a Orson Welles (en cuyo casoplón, dicen, vivía Ulf, un jipi de los de verdad, que fabricaba cinturones y bolsos de cuero con David, mi mejor compañero de mus, para luego venderlos en una tienda de la Plaza Nueva), cuando vino a rodar “La Isla del Tesoro” en las calas en las que desafiábamos las convenciones y la Ley poniéndonos al sol en cueros vivos, por eso de que para ser progre de verdad era imprescindible tragarse los espeluznantes y pesadísimos bodrios subtitulados de la filmoteca en invierno y bañarse en pelota en verano, aunque se nos quemara el culo hasta parecer una manada de mandriles, que las cremas para el sol que empezaban a venderse eran productos pequeñoburgueses.
Ya lo dijo Jonson, aquel presidente useño, cuando un asesor le habló de su preocupación por el movimiento hippie: “eso se les pasa con un hijo y una hipoteca”. Tenía toda la razón. Los que veníamos aquí seguimos siendo los mismos, pero cuando hemos vuelto lo hemos hecho con hijos, sombrilla, hipoteca y toalla. Y con bañador, no porque ya no luzcan maravillosamente nuestros ebúrneos cuerpos, sino porque como ya no está prohibido, eso de quemarse el culo al sol ya no tiene gracia.
Pero el ímpetu progresista multiculti de este pueblo se mantiene: llevo tres días aquí y sólo he conseguido sintonizar la Ser y RNE, hoy con una plural tertulia con Enric Sopena y Juan Cruz y una surreal entrevista a Gustavo de Arístegui en la que han tenido la espectacular desfachatez de achacarle su oposición al viaje oficial a Guinea (obviando que no sólo estuvo Fraga en él, sino también el propio Arístegui) y el descaro de espetarle, a raíz de la visita a Venezuela del inefable Moratinos, que Aznar apoyó el golpe de estado que le dieron a Chávez, aquella estúpida suposición que hizo expresa en foro internacional el mismo torpe inefable y que tantos problemas causó a las empresas españolas. De poco ha servido que Don Gustavo haya dado datos concretos de la actuación del Gobierno de España en esos momentos, que le han contradicho usando como fuente de autoridad los comentarios que ellos mismos hicieron en las páginas de lo que una vez fue el Diario Independiente de la Mañana.
Porque les da igual, porque mienten por sistema, porque no les preocupa que les pillen en mentira, porque como son progresistas tienen bula, porque lo que de verdad desean es crear un Ministerio de la Verdad, porque son ellos, la vanguardia ilustrada, quienes saben lo que debemos pensar los demás para ser felices, pero sobre todo, porque en media España sólo se les oye a ellos ¿quién les va a contradecir?.
El caso es que aquí estoy, en lo que en su momento fuera zona de desembarco para las razias de los piratas morunos en las tierras del emperador Carlos y luego solaz, refugio y polo de atracción de jipis y alternativos (aunque entonces no sabíamos que era eso de ser alternativo ni solidario, sólo éramos antifranquistas entusiastas, el Partido era el PC y el Psoe era marginal y se pronunciaba psoe, no pesoe), en el blanquísimo pueblo mediterráneo que enamoró a Orson Welles (en cuyo casoplón, dicen, vivía Ulf, un jipi de los de verdad, que fabricaba cinturones y bolsos de cuero con David, mi mejor compañero de mus, para luego venderlos en una tienda de la Plaza Nueva), cuando vino a rodar “La Isla del Tesoro” en las calas en las que desafiábamos las convenciones y la Ley poniéndonos al sol en cueros vivos, por eso de que para ser progre de verdad era imprescindible tragarse los espeluznantes y pesadísimos bodrios subtitulados de la filmoteca en invierno y bañarse en pelota en verano, aunque se nos quemara el culo hasta parecer una manada de mandriles, que las cremas para el sol que empezaban a venderse eran productos pequeñoburgueses.
Ya lo dijo Jonson, aquel presidente useño, cuando un asesor le habló de su preocupación por el movimiento hippie: “eso se les pasa con un hijo y una hipoteca”. Tenía toda la razón. Los que veníamos aquí seguimos siendo los mismos, pero cuando hemos vuelto lo hemos hecho con hijos, sombrilla, hipoteca y toalla. Y con bañador, no porque ya no luzcan maravillosamente nuestros ebúrneos cuerpos, sino porque como ya no está prohibido, eso de quemarse el culo al sol ya no tiene gracia.
Pero el ímpetu progresista multiculti de este pueblo se mantiene: llevo tres días aquí y sólo he conseguido sintonizar la Ser y RNE, hoy con una plural tertulia con Enric Sopena y Juan Cruz y una surreal entrevista a Gustavo de Arístegui en la que han tenido la espectacular desfachatez de achacarle su oposición al viaje oficial a Guinea (obviando que no sólo estuvo Fraga en él, sino también el propio Arístegui) y el descaro de espetarle, a raíz de la visita a Venezuela del inefable Moratinos, que Aznar apoyó el golpe de estado que le dieron a Chávez, aquella estúpida suposición que hizo expresa en foro internacional el mismo torpe inefable y que tantos problemas causó a las empresas españolas. De poco ha servido que Don Gustavo haya dado datos concretos de la actuación del Gobierno de España en esos momentos, que le han contradicho usando como fuente de autoridad los comentarios que ellos mismos hicieron en las páginas de lo que una vez fue el Diario Independiente de la Mañana.
Porque les da igual, porque mienten por sistema, porque no les preocupa que les pillen en mentira, porque como son progresistas tienen bula, porque lo que de verdad desean es crear un Ministerio de la Verdad, porque son ellos, la vanguardia ilustrada, quienes saben lo que debemos pensar los demás para ser felices, pero sobre todo, porque en media España sólo se les oye a ellos ¿quién les va a contradecir?.

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