A veces pienso que España es como es, o sea, un país desgraciado, cainita, envidioso y pobre, porque hemos tenido la extraña habilidad de tomar la decisión más torpe en el momento más inoportuno. Los ejemplos no nos faltan.
En el año 711, y ya sea por el rebote de Don Julián, Gobernador de Ceuta, contra Don Rodrigo porque había seducido a su hija, o porque, como parece mas ajustado a la Historia, en medio de la guerra civil entre los partidarios de Don Rodrigo y los de Agila, en lugar de acudir a los bizantinos, que eran gentes de similar cultura a la nuestra, como había hecho siglo y medio antes Hermenegildo, los del bando contrario a Don Rodrigo tomaron la estúpida decisión de pedir ayuda a los bereberes de Tariq, con lo que en dos años la casi totalidad de la península estaba dominada por unos individuos que ochocientos años después nos dejaron como herencia unas pautas culturales absolutamente diferentes de las que regían todo el resto del mundo civilizado (socialmente, el desprecio a la mujer, económicamente, la prohibición del cobro de intereses).
En el siglo XVI, mientras en el norte y centro de Europa la reforma de Lutero desarrollaba una nueva visión del cristianismo tendente a modernizarlo dando una mayor preponderancia al desarrollo individual, los españoles, que teníamos cuestionada nuestra hegemonía continental, tomamos la decisión de defender nuestro poder usando como excusa la defensa de la religión católica, con lo que nos quedamos descolgados de la intensificación del individualismo que supondría el inicio del progreso.
En el XVIII, La Revolución Industrial nos sorprende dominados por la Mesta, la manufactura textil catalana y la mala consideración del trabajo personal y de la financiación con recursos ajenos, de manera que, en lugar de subirnos al carro del progreso, decidimos encerrarnos en nuestras fronteras para proteger a la incipiente burguesía catalana con estúpidas políticas proteccionistas que retrasaron un siglo la llegada de la modernidad de las máquinas a España.
Mientras en todo el mundo occidental se despedía el siglo XIX reforzando el poder del estado central dando con ello un inmenso impulso a la liberación del comercio y a la creación de riqueza, la decisión española era la contraria: el reforzamiento de las diferencias entre las regiones con el consiguiente establecimiento de fronteras interiores.
El siglo XXI lo inauguramos nombrando Secretario General del principal partido de la oposición a un individuo desconocido y sin preparación, que únicamente serviría para perder las elecciones en nombre de su partido por tercera vez consecutiva y para ser sustituido en ese momento por el verdadero candidato, de manera que llegara fresco al declive del mandato del PP. El azar, un atentado y la inestimable colaboración de ese maquiavelo moderno que es Rubalcaba llevaron al individuo en cuestión a la Presidencia del Gobierno. A partir de ese momento las decisiones gravemente equivocadas se han sucedido sin descanso.
La primera, en la frente. A la vista de que franceses y alemanes estaban en contra de la guerra de Iraq, los primeros porque esperaban cobrar la central nuclear que les debía Sadam y los segundos por defender el bonito jugo que sacaban del programa de “petróleo por alimentos”, desertamos del trabajo de reconstrucción de aquel país animando al resto de los aliados a que hicieran lo mismo, …llevándonos por delante el trabajo de varias decenas de años en los que habíamos conseguido ganarnos fama de país fiable y un cierto prestigio internacional. Inmediatamente después decidimos renunciar a las cuotas de poder que habíamos conseguido en Europa tras de años de pelea y a los suculentos fondos que nos llegaban de allí… porque ya éramos ricos. Seguimos tomando decisiones equivocadas y gravemente dañinas permitiendo que se aprobara un Estatuto de Cataluña que destruye la solidaridad interterritorial y la cohesión del poder del estado. Se trata de defender la pluralidad del país. Pensar en todo esto tan seguido da ganas de llorar.
La penúltima pésima decisión que tendrá nefastas consecuencias es la de renunciar a la energía nuclear. Tendremos apagones, mayores costes de producción, pérdida de competitividad y más paro. La última, por ahora, y quizá la definitiva, ha sido la entrada de hoz y coz en la economía planificada con el Fondo ese para la economía “sostenible”. El estado pasa a decidir en qué se invierte, a quién financia la banca. Será un pozo de corrupción, un riesgo para las entidades financieras que luego veremos cuántas se lleva puestas y un desastre para las demás empresas y familias españolas, a las que se va a retirar la financiación. Pero estamos encantados porque es "sostenible".
En el año 711, y ya sea por el rebote de Don Julián, Gobernador de Ceuta, contra Don Rodrigo porque había seducido a su hija, o porque, como parece mas ajustado a la Historia, en medio de la guerra civil entre los partidarios de Don Rodrigo y los de Agila, en lugar de acudir a los bizantinos, que eran gentes de similar cultura a la nuestra, como había hecho siglo y medio antes Hermenegildo, los del bando contrario a Don Rodrigo tomaron la estúpida decisión de pedir ayuda a los bereberes de Tariq, con lo que en dos años la casi totalidad de la península estaba dominada por unos individuos que ochocientos años después nos dejaron como herencia unas pautas culturales absolutamente diferentes de las que regían todo el resto del mundo civilizado (socialmente, el desprecio a la mujer, económicamente, la prohibición del cobro de intereses).En el siglo XVI, mientras en el norte y centro de Europa la reforma de Lutero desarrollaba una nueva visión del cristianismo tendente a modernizarlo dando una mayor preponderancia al desarrollo individual, los españoles, que teníamos cuestionada nuestra hegemonía continental, tomamos la decisión de defender nuestro poder usando como excusa la defensa de la religión católica, con lo que nos quedamos descolgados de la intensificación del individualismo que supondría el inicio del progreso.
En el XVIII, La Revolución Industrial nos sorprende dominados por la Mesta, la manufactura textil catalana y la mala consideración del trabajo personal y de la financiación con recursos ajenos, de manera que, en lugar de subirnos al carro del progreso, decidimos encerrarnos en nuestras fronteras para proteger a la incipiente burguesía catalana con estúpidas políticas proteccionistas que retrasaron un siglo la llegada de la modernidad de las máquinas a España.
Mientras en todo el mundo occidental se despedía el siglo XIX reforzando el poder del estado central dando con ello un inmenso impulso a la liberación del comercio y a la creación de riqueza, la decisión española era la contraria: el reforzamiento de las diferencias entre las regiones con el consiguiente establecimiento de fronteras interiores.
El siglo XXI lo inauguramos nombrando Secretario General del principal partido de la oposición a un individuo desconocido y sin preparación, que únicamente serviría para perder las elecciones en nombre de su partido por tercera vez consecutiva y para ser sustituido en ese momento por el verdadero candidato, de manera que llegara fresco al declive del mandato del PP. El azar, un atentado y la inestimable colaboración de ese maquiavelo moderno que es Rubalcaba llevaron al individuo en cuestión a la Presidencia del Gobierno. A partir de ese momento las decisiones gravemente equivocadas se han sucedido sin descanso.
La primera, en la frente. A la vista de que franceses y alemanes estaban en contra de la guerra de Iraq, los primeros porque esperaban cobrar la central nuclear que les debía Sadam y los segundos por defender el bonito jugo que sacaban del programa de “petróleo por alimentos”, desertamos del trabajo de reconstrucción de aquel país animando al resto de los aliados a que hicieran lo mismo, …llevándonos por delante el trabajo de varias decenas de años en los que habíamos conseguido ganarnos fama de país fiable y un cierto prestigio internacional. Inmediatamente después decidimos renunciar a las cuotas de poder que habíamos conseguido en Europa tras de años de pelea y a los suculentos fondos que nos llegaban de allí… porque ya éramos ricos. Seguimos tomando decisiones equivocadas y gravemente dañinas permitiendo que se aprobara un Estatuto de Cataluña que destruye la solidaridad interterritorial y la cohesión del poder del estado. Se trata de defender la pluralidad del país. Pensar en todo esto tan seguido da ganas de llorar.La penúltima pésima decisión que tendrá nefastas consecuencias es la de renunciar a la energía nuclear. Tendremos apagones, mayores costes de producción, pérdida de competitividad y más paro. La última, por ahora, y quizá la definitiva, ha sido la entrada de hoz y coz en la economía planificada con el Fondo ese para la economía “sostenible”. El estado pasa a decidir en qué se invierte, a quién financia la banca. Será un pozo de corrupción, un riesgo para las entidades financieras que luego veremos cuántas se lleva puestas y un desastre para las demás empresas y familias españolas, a las que se va a retirar la financiación. Pero estamos encantados porque es "sostenible".

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