miércoles, 15 de julio de 2009

Las bolsas del hiper

Creo que lo único bueno que tiene lo de sufrir las ocurrencias de esta alegre pandilla es que te mantienen vivo y alerta, porque nunca dejan de sorprenderte. Toda la falta de seriedad y coherencia que acreditan en la toma de decisiones importantes en que consiste eso de gobernar una nación moderna, se vuelve creatividad y desparpajo cuando de lo que se trata es de aparentar progresismo, solidaridad y conciencia ecológica, especialmente si las medidas que se toman dan una nueva vuelta de tuerca a la reducción de las libertades individuales que tanto odian y que con tan singular empeño intentan eliminar.

Pero lo sorprendente no son sólo las medidas en sí. Casi diría que tanto o más que las medidas me sorprenden esas palmadas de júbilo, esos saltitos felices, como de adolescentes que hacen cola para ver de cerca a sus ídolos, que dan los miembros del coro que van a conformar la opinión pública. Por una cierta bonhomía que nunca he podido eludir, me obligo a dudar si son propios de los periodistas, o forzados por los que de verdad parten el bacalao en cada uno de los medios que les pagan, los aplausos, el entusiasmo o la admiración que la mayoría de ellos exhiben cuando tienen que explicar una de estas nuevas ocurrencias ecologistas recién regurgitada por algún órgano de gobierno. Porque sería aceptable que el dueño del periódico, cuyo legítimo deseo es ganar dinero, optara por ponerse de parte de quien le concede esas prebendas que le hacen más rico y para ello ordenara que desde el más veterano redactor al último becario se pusieran a hacer propaganda de cada medida que adoptara. Pero me temo que no es así, que no es necesario que nadie lo ordene, que el periodista ya viene así de fábrica, que probablemente lo único que ha aprendido en la facultad ha sido que sus informaciones deben ser militantes, progresistas. Quizá alguno haya que no ha sido víctima del acriticismo, pero rápidamente lo esconde por eso de congraciarse con sus jefes.

Y así nos luce el pelo. Leía hace un par de dias en El País (si, también leo El País, ¿qué pasa?) una información sobre la última (o penúltima, que nunca se sabe) sandez gubernamental. Esta vez se trata de las bolsas de plástico, que parece ser que quieren prohibirlas. Sospecho que la cosa viene de Europa, pero mientras por ahí lo que se hace es imponer una tasa a cada bolsa, aquí, la tendencia liberticida de estos pollos se inclina por prohibir, como siempre.

En este país nos hemos acostumbrado a que nos prohiban cosas y ya nadie protesta. Se prohibe fumar en sitios públicos, querían prohibir el vino, las hamburguesas grandes, utilizar los todoterreno fuera de las carreteras asfaltadas. Por circular a más velocidad de la indicada, aunque no pongas en peligro a nadie, cascan unos multazos que te dejan temblando (y para favorecer la recaudación van cambiando aleatoriamente de velocidad máxima en tramos aparentemente idénticos) o incluso te pueden enchironar, prohiben a los menores de dieciocho años asistir a conciertos o discotecas, beber alcohol o fumar, pero no abortar anónimamente el efecto de los desahogos del botellón que se ven obligados a celebrar ante la ausencia de alternativas, si un padre le da un bofetón al adolescente que se pasa puede acabar alojado con cargo al presupuesto en una de esos centros de internamiento abarrotados cada vez mas de inmigrantes y menos de nacionales, donde las bibliotecas ya han pasado a ser mezquitas, se prohibe echar los envases en la bolsa de la basura orgánica, está penado mentar los progenitores del incívico que te arrolla al cruzarse contigo, especialmente si es mujer, de raza no autóctona, menor o de opción sexual protegida y orgullosa. Está prohibido, en fin, cualquier cosa que moleste a algún colectivo ciudadano, minoría o asociación cercana al partido, si sus órganos, representativos o no, han “exigido” que se tomen medidas (es curioso, por aquí jamás se sugiere, se pide o se solicita, aquí siempre se exige todo).

Vale. Otra vez por los cerros de Úbeda. Vuelvo al camino. Decía que ahora le ha tocado a las bolsas de plástico del supoermercado, y no creo que vayamos a ser muchos los que protestemos. Por lo pronto, la periodista que firmaba el artículo de El País del lunes aparentaba estar enloquecida de felicidad por los datos concretos. Cada español consume más de doscientas bolsas anuales y acaban en el vertedero contaminándolo (pues claro, si envuelven basura,,,). Una parte de las bolsas se recoge en las costas, donde un buen porcentaje, aunque minoritario, de los desperdicios son bolsas de plástico (¿qué es el resto?). No parecía importarle que el sesenta y cinco por ciento de esas bolsas de supermercado se reutilice como bolsas de basura, con lo que su prohibición, además de las molestias para el consumidor no evitará la eliminación de ese porcentaje, que se sustituirá por otras de pago. Tampoco se mostraba muy sensible con la desaparición de los once mil puestos de trabajo que se destinan a fabricarlas. Pero lo que de verdad parecía generarle intensas oleadas de placer (sostenible, claro) era la eliminación del CO2 que se produce con su fabricación, es decir, que se enorgullecía de que con esta medida sigamos en primera línea de la lucha contra el calentamiento global. ¿Cómo vamos a quejarnos de nada si con ese esfuerzo mínimo evitaremos que se derritan los casquetes polares? ¿cómo no vamos a estar entusiasmados con sustituir las bolsas de plástico que sólo sirven como bolsas de basura por bolsas de rafia que pueden usarse cincuenta veces (aunque si no las llevas encima haya que comprarlas nuevas), si con ello vamos a evitar que media Europa se convierta en desierto y que el mar inunde las costas? ¿Cómo nos vamos a oponer a su prohibición, si con ella vamos a disminuir nada menos que el 0,1% de nuestra producción de CO2? La periodista era feliz como destinataria de la medida, su entusiasmos por la forma en la que somos gobernados se hacía patente en que le fallaban los intentos de intentar ofrecer objetivamente la información, su llamada interna era la de ponerse en pie y aplaudir.

No digo yo que las bolsas no contaminen, que no haya que regular su consumo o pagar por su destrucción ordenada y consumo moderado, pero si de todo de lo que estamos hablando es de reducir el cero coma uno por ciento de nuestra producción de CO2 a cambio de una nueva intromisión en nuestras vidas, de una prohibición más, es que somos unos idiotas que nos merecemos lo que nos pasa, que somos súbditos o esclavos de corazón y nos gusta vivir sometidos. Realmente creo que tememos nuestra Libertad.

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