martes, 14 de julio de 2009

Once mil millones más

Once mil millones de euros es una pasta. Un pastón inmenso. Son casi dos billones de pesetas. Dos billones. Con “b” de barbaridad. Y es lo que se le va a dar de más a las comunidades autónomas, lo que se va a repartir entre ellas con la aplicación de unos objetivos, meditados y cuidadosamente elegidos criterios que han estado estudiando largo tiempo porque parece que se les ha hecho complicado encontrar cuáles eran los que debían aplicarse para que la mayor parte de la pasta se la lleven entre Cataluña y Andalucía y a las comunidades en las que gobierna la derecha extrema les vayan dando y se enteren lo malísimo que es no votar a quien se debe votar.

En cualquier caso, aunque el reparto se hiciera de una manera menos sectaria y menos encaminada a conseguir apoyos parlamentarios o votos en las zonas más favorables, aunque se hiciera pensando en el bien de la nación, me parecería una insensatez. No es posible que no nos demos cuenta de que es soltar un dineral que no tenemos y que tal y como van las cosas, tampoco vamos a tener, que son unos recursos que se van a tener que sacar de los bolsillos de los ciudadanos, que se van a restar de futuras inversiones productivas. En definitiva, que se trata de una nueva partida de deuda pública del Reino de España que se va a soltar a un mercado internacional que debe estar bastante escamado con la inmensa cantidad de recursos que estamos despilfarrando en gastos que son innecesarios, superfluos o contraproducentes, como si nuestro gobierno estuviera integrado por un tropel de ludópatas pasados de copas.

Nos vienen con la milonga de que es para atender la educación y la sanidad pública, y eso es imprescindible. Pues no. Con lo que en realidad nos vienen es con una nueva falacia que nos quieren colar, con otra cosita que nos vamos a tragar a costa de nuestro buenismo patológico. ¡Es que si es para educación y sanidad debemos hacer un esfuerzo! decimos poniendo cara circunspecta, y todo porque de lo que nadie nos va a salvar es de nuestra propia estupidez, y a buena hora estamos como para recuperar de repente una capacidad de crítica que, entre la que nos han quitado con métodos goebelsianos y la que nosotros mismos hemos ido anestesiando, se ha quedado en una capacidad bonsai.

A ver. Cuando empezaron a transferirse competencias, lo primero que salió fueron precisamente la sanidad y la educación. Con las transferencias se pasaron los medios materiales: hospitales, colegios, médicos, profesores… Y una pasta. Se les transfirió una pasta para que pudieran ocuparse de esas cosas, además de los impuestos necesarios para sufragar los gastos que se irían generando en el futuro. En esas dos materias las comunidades podían hacer de su capa un sayo y decidir cuáles eran los enfoques que querían darle a la vista de que su cercanía al ciudadano favorecía la apreciación de las necesidades concretas de sus colectivos, y así lo hicieron: por ejemplo, Andalucía decidió que el cambio de sexo era algo tan imprescindible para sus ciudadanos que debía estar cubierto por la sanidad pública. El Pais Vasco decidió que tenía que construir de la nada unos antecedentes históricos que justificaran el alzamiento contra el estado opresor, Cataluña, otro tanto, Galicia se puso a gastar para promocionar el gallego y la música de gaita. Y mas o menos así fueron funcionando todas. Luego se les fueron transfiriendo otras materias, con su correspondiente carga de medios físicos y pasta para pagarlos, además de nuevos impuestos cuya recaudación solucionaría la financiación futura. Las Comunidades Autónomas también pudieron endeudarse para ir adelantando la consecución de sus fines. Como resulta que unas comunidades eran más productivas que otras, se creó un fondo para que los ricos pasaran pasta a los pobres. Parece que dentro de la irracionalidad del esquema, la solución no era mala. Cualquiera diría que la cosa ya había acabado y todos estábamos encantados con lo que se estaba haciendo.

Pero no. Con lo que salía del endeudamiento de las comunidades no se creaban las condiciones para que aumentara su riqueza y se generaran recursos que pagaran esas mismas deudas, sino que parece que todo se iba en hacer gastos que dieran los votos suficientes para que el autor del gasto se mantuviera firme en su sillón. Y así hemos llegado a la crisis: Hay que hacer un nuevo fondo para que estas mismas comunidades puedan pagar la sanidad y la educación. Con un plus si tienen lengua cooficial ¡que manda güebos!

¿Es que no tenían transferidos unos impuestos para pagarlo? Pues si, pero como no pueden renunciar al gasto que produce votos, lo que descuidan son, precisamente, los dos pilares de las transferencias. Y hay que pagarlos otra vez. Lo haremos sin exigirles que se corten con los gastos superfluos, con el despilfarro que les lleva a tener que pedir más. Ya dijo Juan Domingo Perón que del único sitio del que no se vuelve es del ridículo, y hace tiempo que caímos en él.

Cualquier observador imparcial alucinaría al ver que nos estamos convirtiendo en el país con mayor deuda del mundo, casi en el que tiene menor posibilidad de devolver esa deuda, que si nos endeudamos no es para reformar, sino que simplemente seguimos gastando en fiestuquis y en mantener el mismo nivel de vida oficial que antes (decía Z el otro dia que España debería entrar en los grandes foros internacionales porque somos los que más aportamos al desarrollo, que hay que tenerlos cuadrados), que somos una fábrica de parados de una eficiencia desconocida en el mundo occidental, que lo único que le importa a nuestros mandamases de los parados que ven su presente hundido, su futuro incierto y su bienestar y el de sus hijos muy posiblemente destruido para décadas, es que pueda decidir no votarles y hacer que se apeen del coche oficial, que se arrancan del futuro unos fondos con la única finalidad de mantener las prebendas de pisar moqueta, y que con ellos se premia a quienes siguen apoyando la situación y se castiga a los que intentan cambiar las cosas votando a otros.

Cualquier observador imparcial diría “¡Vaya tela! ¡La oposición estará echando espumarajos por la boca! ¡Se irán a comer crudos a los incompetentes que están llevando su país a la ruina!” Y no. Ni siquiera están pidiendo que se exija austeridad a los destinatarios de los fondos. La oposición está como en aquella canción de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán:

En trance con tu colonia
me corta tu parsimonia
y dudo entre insistirte
o echar un trago mas de ron.

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