lunes, 20 de julio de 2009

Falta dinero

Con todo lo que me gustan a mi los lunes, hoy es uno de esos dias en los que he empezado el dia enfadándome. Todos los dias, entre las siete y media y las ocho, me pongo el traje y la corbata y me voy al metro. Casi todos los dias hay demasiada gente y hay que ir mas bien apretujado. Si es verano, también es frecuente que se pase calor. Hoy, además, el conductor del metro era un imbécil integral, casi tanto como el diseñador de los vagones, el (los) funcionario (funcionarios) municipal (municipales) que le dió (dieron) el visto bueno a ese diseño y los señoragordas y saltamontes que hoy abarrotaban los andenes, pasillos y vagones.

Entrar en el vagón no ha sido fácil, había mucha gente y muchos empujones, el caso es que me he quedado en una de esas zonas en las que no hay cerca ninguna barra para agarrarse por esas cosas del diseño, que dificilmente se prevé que haya momentos en que la gente llene el trn y no se pueda acercar a una. No era la primera vez y no me ha preocupado. Pero inmediatamente ha entrado en juego el conductor imbécil, que en lugar de conducir suave, debía creer que estaba de carreras y en lugar de conducir suavemente, se ha dedicado a dar acelerones y frenazos, con lo que todos los que no estábamos agarrados nos hemos dedicado a pisotearnos unos a otros entre gemidos y losientos.

La cosa no acababa ahí, porque hacía un calor tremendo. Los trenes llevan aire acondicionado, pero al conductor imbécil no le apetecía ponerlo. Sus muertos todos. Él, fresquito en la cabinilla, sin el sobaco de nadie debajo de su nariz. Le bastaba con acelerar y frenar de golpe. Los demás, nacionales o inmigrantes, jodidos en los vagones pasando calor a manta.

O a lo mejor la cosa funciona con termostato y lo han graduado a treinta y dos grados por eso de ahorrar energía, que nuestro alcalde es también muy dado al ecologismo militante y esa es la excusa perfecta cuando falta el parné, que falta. Este fin de semana he estado hablando con dos de esos que llaman “pequeños y medianos empresarios”, y los dos tenían el mismo problema: nadie les presta un duro a pesar de que los dos son empresarios exitosos, de los que sobrevivirán con poquitos ajustes en sus plantillas. Uno de ellos es propietario de varios concesionarios de coches. El otro de una cafetería-heladería con terraza en una calle muy comercial y permanentemente llena de gente que lleva sobreviviendo a las crisis desde los años cincuenta o sesenta con varias generaciones. Los dos me han estado contando su situación, y los dos echaban espumarajos de rabia.

El de los coches decía que 2008 ha sido el peor año desde que empezó en el negocio allá por el año 85, pero que este 2009 venía peor aún. Decía que, por lo menos, como la gente no cambia de coche, sus talleres tiene más trabajo, aunque muchas veces no pueda cobrar. Ya ha reducido su plantilla al mínimo imprescindible para la situación y está convencido de que va a sobrevivir, porque, aunque son menos que nunca, tiene más coches pedidos de los que sus fabricantes le pueden servir. El año pasado ya vendía poco, pero tenía financiación, una financiación sui géneris, que los concesionarios de coches están obligados a financiarse con la financiera del grupo del fabricante en condiciones peores que las de mercado, pero financiación al fin y al cabo. Este año, contaba, las financieras del fabricante estaban medio quebradas y no se podía acudir a ellas, y en los bancos, donde antes le ponían alfombras, salía el director de la sucursal a darle besitos mientras el interventor le pasaba el cepillo y le insistían en invitarle a café, ahora cuando entra le miran mal, como si ya les hubiera dejado un pufo, y para hacer cualquier cosa con ellos le ponen unas condiciones más que leoninas.

El de la terraza de verano también me ha abordado en cuanto me ha visto sentarme a tomar un horchata. Somos viejos conocidos y yo cliente suyo desde hace catorce o quince veranos. Y se ha soltado el pelo. Por supuesto, este era el peor verano que había pasado en toda su vida en ese negocio, aunque ya lleva treinta años y tres crisis encima, y decía que este año estaba siendo el peor con diferencia, que no había llenado la terraza ni un solo dia. Recuerdo que incluso el año pasado, que ya era malo, había gente de pié, deambulando por allí a la espera de que alguien se levantara para saltar sobre su mesa. Directamente se ha puesto a echar pestes del gobierno, y, hablando de los problemas de financiación que le traen loco, ha dado en el clavo: Los bancos no le prestan a las empresas porque lo que tienen para prestar se lo prestan al gobierno.

Tiene toda la razón. ¿Cómo coño van a prestar los bancos a nadie si es el estado quien más dinero prestado necesita?. Le prestan al estado y siguen con su negocio, que de los demás no se fían porque no ven ni la más mínima medida que pueda reflotar este desastre. Se trata de la otra cara del déficit público, que se debe financiar, que hay que pedir prestado y lo que le prestan al estado no se lo prestan a las empresas. No es sólo de que todos estos gastos enloquecidos en los que nos están metiendo esta banda de insensatos incompetentes tengamos que pagarlos durante muchos años corregidos y aumentados por sus intereses, sino que también, y quizá eso sea lo peor, están drenando el crédito disponible de una forma estremecedora, con lo que de forma indirecta se van a llevar por delante el tejido industrial del pais al eliminar las financiaciones disponibles. Y eso tiene peor arreglo. Sólo sobrevivirán los grandes, que tienen músculo suficiente y acceso a la financiación de otras entidades extranjeras que no tienen el menor interés en financiar un país que cada vez está mas cerca de una suspensión de pagos a la Argentina que de iniciar ningún tipo de recuperación.

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