Desde hace ya algunos años es fácil pensar que la calidad intelectual de nuestra clase política se ha reducido de forma considerable. Muchas veces, sin embargo, me he inclinado a pensar que lo que se ha reducido de verdad no es tanto el nivel de preparación como la calidad moral de los políticos. Pero lo que tal vez esté pasando sea que tenemos las dos cosas en las mismas personas.
No me refiero a que quienes deciden sobre nuestras vidas sean un tropel de chorizos medio idiotas que se las han apañado no se sabe cómo para subirse al machito y no despegarse de él ni con agua caliente, no. Probablemente los que están en las cúpulas sean tipos listísimos y absolutamente honrados, pero su formación y su escala de valores parece que ha sufrido una enorme desviación de lo que se espera de ellos, o mejor dicho, de lo que deberíamos esperar de ellos, que no creo que este pueblo nuestro, maltratado, abandonado, engañado y traicionado durante siglos, sea capaz de racionalizar sus expectativas y mirar más allá, de parar de implorar a sus amos para que sus intereses, propios de verdad o inducidos por los amos, sean protegidos desde el poder de papá estado sin que se le exija nada a cambio.
La falta de sensibilidad crítica, la tendencia a sentirnos acreedores de todo y deudores de nada, nuestra incapacidad para admitir que otros puedan tener ideas diferentes a las nuestras, es decir, la estupidez, el egoísmo y la intolerancia, las tres características del ser humano que sólo afloran entre los pueblos mal dirigidos y destinados a la pobreza, nos han llevado de cabeza a que los más avisados políticos se hayan dado cuenta de que lo que en realidad deseamos la mayoría es entrar en una dictadura peronista.
Porque lo que pasa es que somos un pueblo de súbditos, nos gusta que nos manden y nos molesta tomar nuestras propias decisiones. Mantenemos en el poder a quienes están ya lo tienen, pero luego les apedreamos cuando nos aseguramos de que han caído. Un ejemplo que daría mucha risa si no fuera dramático es el odio que se ha desatado contra Franco: mientras vivía, sólo cuatro gatos pensaban mal de él, y de ellos sólo uno hacía algo para combatirlo. Ahora, quien tiene edad suficiente se declara luchador antifranquista de toda la vida y quien no la tiene manifiesta literalmente a voces su odio hacia el personaje y hacia quien les han contado que colaboraron con él (que conste que no digo que odien a Janli Cebrián, director de informativos de la televisión franquista, no sé si porque no lo saben o porque no lo creen) y también se hace llamar luchadorer antifranquistas. ¡Menuda banda de semovientes aborregados!
Ya se me ha vuelto a ir la olla. Este post iba en realidad de la falta de preparación y de honestidad, y de la, a mi juicio, consiguiente profesionalización de la clase política, me lo ha sugerido esta mañana S. McCoy en El Confidencial cuando decía:
El caso es que McCoy me ha llevado a preguntarme qué es lo que ha pasado para que nos veamos abocados a una argentinización no sé si ineludible, qué fue lo que se dio antes entre nuestros políticos para que llegaran a profesionalizarse, si la falta de preparación, las tendencias liberticidas o la falta de honradez encarnada en la mutación de su escala de valores, tres notas muy características de los políticos patrios, especialmente de los que se dicen progresistas, feministas y solidarios.
Y con pocas vacilaciones he llegado a la conclusión de que lo esencial es la falta de preparación. La gente que hizo la transición, con escasísimas excepciones, no eran políticos profesionales, eran profesionales que hicieron política, y todavía se critica que Martín Villa lleve toda su vida subido a un coche oficial o que Suárez tuviera que ser auxiliado como expresidente por los presupuestos de estado (gracias a una ley del gobierno de González que facilita despacho, vehículos, seguridad y asignación a los presidentes en cesantía). Los demás políticos ucedeos volvieron a su cátedra, a su despacho o a dirigir empresas ganando más dinero que como políticos. Y no sólo los de UCD, también os del PSOE tenían profesiones variablemente lucrativas (también con excepciones) antes de dedicarse a la política.
Pero ahora eso no suele pasar, y de hecho, pasa poco. Ahí tenemos los ejemplos de los estudios de Pepiño, el currículo de Aido o el pasado de Montilla. Y es que no puede ser de otra forma. Para legar a algo en el gobierno hay que ser algo en el partido, y llegar a eso exige esfuerzo y dedicación plena. Los mas avispados estudian (aunque ahora no haya que ser especialmente brillante para sacar una carrera), después de eso, para mantenerse en la militancia además de sectario hay que ser casi mudo. Todo aquél que además de militar en un partido se dedica profesionalmente a otra cosa tiene que sufrir, antes o después, un bajonazo casual o intencionado en sus propios intereses por parte de un gobierno estatal, autonómico o municipal de su propio partido. Y, claro, se enfada y tiende a criticar la medida que le escuece. Si lo hace, está perdido. Acabó su carrera política. Eso es inaceptable para un militante con aspiraciones.
El militante correcto no puede, en ningún caso, criticar nada del partido. Así que militar exige, por lo pronto, falta de espíritu analítico, inmensa capacidad de mentira o mutismo casi total, y siempre, dedicar todo el tiempo libre a crearse una red de sustento con los demás militantes huyendo de los que apuntan maneras críticas o poco prudentes y a adular a os que están un escalón por encima. Solo así se llegará a mandar algo.
Un mando medio debe apoyar todas os actos del partido acciones. Ciegamente. Sin cuestionarse otras posibilidades. Aunque incluyan apalear a su padre o jurar que eso de decir que hay crisis es cosa de fascistas desestabilizadores. Un cargo medio no puede tener otros intereses que los de su partido y los que de él deriven, ora hacia sí, ora hacia su cuñado. Un cargo medio no cuestiona las decisiones de su partido. Si el militante da vueltas y vueltas a la noria sin saber por qué, el mando dirige esas vueltas sin preguntarse si obtiene agua o no.
En esas condiciones, el militante con aspiraciones no se puede preparar para nada salvo para dirigir algo en el partido. Es ya un profesional de la política. Si llega a pisar moqueta pública, le gusta. En unos meses llega a acostumbrarse a esa vida. La política está muy mal pagada en España y a un empresario, a un profesional, no le compensan las pelas. Alguno hay que tiene verdadera vocación de servicio, que cree que puede hacer mejor la vida de los demás aplicando las ideas que le sugiere su forma de ver la sociedad y renuncia al dinero para intentarlo cuando le ofrecen entrar en los partidos por arriba, pero otros, los auténticos militantes, los que necesitan de esos pocos profesionales brillantes para dar imagen de modernidad, se ponen a ingresar mas pasta de la que nunca pudieron imaginar. Esos son los que mas mandan, los que no están dispuestos a bajarse del coche oficial y volver a la sede local o a dar clases al instituto o a cuidar los parques de su ayuntamiento. Esos individuos de escasa o nula preparación, de escasa o nula experiencia en la vida real, definen la ideología, los mensajes y el agit-prop del partido (que todo eso es lo mismo). Son como los curas cuando hablan de sexo, que sólo lo entienden de oídas mientras creen saberlo todo, y harán lo posible por mantenerse en el púlpito teniendo a mano el cepillo. Cualquier cosa para no volver a pagarse la gasolina de su coche o subirse al metro.
En el momento en que se pisa por vez primera la moqueta se produce el cambio en su escala de valores. Lo importante ya no es lo que la gente necesita, sino lo que la gente desea. El gobierno ya no sabe solucionar problemas, sólo dar subvenciones. Se mueven a golpe de encuestas de tal manera que son materialmente incapaces de hacer nada impopular. Pero esa forma de actuar, lo saben, tiene las patas cortas. Antes o después la gente parará de dejarse engañar y pedirá cuentas. No porque de repente nos broten verdes capacidades críticas o analíticas, sino porque cuando las cosas empiezan a ir mal, los votantes se mosquean y culpan a alguien. Los políticos deben preparar las cosas para que no haya discrepancias. Ellos, que tanto sufrieron cuando no atinaban a aprobar la química o la historia, eliminan de la enseñanza cualquier recompensa al esfuerzo o al éxito asociándolo con falta de igualdad o solidaridad, introducen mensajes y procedimientos que penalizan a crítica y, así, van creando un campo abonado para que florezca cualquier tipo de demagogia.
Y es cuando todo empieza a ir mal cuando aparecen las tendencias liberticidas que los profesionales de la cosa han estado preparando mientras no se notaban los errores. La demagogia funciona como un reloj y sus mensajes calan en los votantes. Ya se había empezado a demonizar al discrepante, ahora se le culpa de la crispación, pronto intentarán criminalizarlo. Se había limitado o eliminado el premio al esfuerzo y al éxito, y se empieza a culpar a los triunfadores de los males presentes y se les persigue con palabras y con impuestos confiscatorios. Pronto aparecerán las actitudes violentas y se lanzarán piedras contra las sedes de los partidos rivales, se asaltarán las sedes parlamentarias que no controlen.
El fascismo y la pobreza se hacen los dueños de todo. Todo empezó con la creación de un pueblo con derechos pero sin deberes.
(Nota off topic: he añadido en los links un blog imprescindible para entender el lavado de cerebro que sufrimos. Se lama “la frase progre”. Disfrutadlo, que acabarán prohibiéndolo)
No me refiero a que quienes deciden sobre nuestras vidas sean un tropel de chorizos medio idiotas que se las han apañado no se sabe cómo para subirse al machito y no despegarse de él ni con agua caliente, no. Probablemente los que están en las cúpulas sean tipos listísimos y absolutamente honrados, pero su formación y su escala de valores parece que ha sufrido una enorme desviación de lo que se espera de ellos, o mejor dicho, de lo que deberíamos esperar de ellos, que no creo que este pueblo nuestro, maltratado, abandonado, engañado y traicionado durante siglos, sea capaz de racionalizar sus expectativas y mirar más allá, de parar de implorar a sus amos para que sus intereses, propios de verdad o inducidos por los amos, sean protegidos desde el poder de papá estado sin que se le exija nada a cambio.La falta de sensibilidad crítica, la tendencia a sentirnos acreedores de todo y deudores de nada, nuestra incapacidad para admitir que otros puedan tener ideas diferentes a las nuestras, es decir, la estupidez, el egoísmo y la intolerancia, las tres características del ser humano que sólo afloran entre los pueblos mal dirigidos y destinados a la pobreza, nos han llevado de cabeza a que los más avisados políticos se hayan dado cuenta de que lo que en realidad deseamos la mayoría es entrar en una dictadura peronista.
Porque lo que pasa es que somos un pueblo de súbditos, nos gusta que nos manden y nos molesta tomar nuestras propias decisiones. Mantenemos en el poder a quienes están ya lo tienen, pero luego les apedreamos cuando nos aseguramos de que han caído. Un ejemplo que daría mucha risa si no fuera dramático es el odio que se ha desatado contra Franco: mientras vivía, sólo cuatro gatos pensaban mal de él, y de ellos sólo uno hacía algo para combatirlo. Ahora, quien tiene edad suficiente se declara luchador antifranquista de toda la vida y quien no la tiene manifiesta literalmente a voces su odio hacia el personaje y hacia quien les han contado que colaboraron con él (que conste que no digo que odien a Janli Cebrián, director de informativos de la televisión franquista, no sé si porque no lo saben o porque no lo creen) y también se hace llamar luchadorer antifranquistas. ¡Menuda banda de semovientes aborregados!
Ya se me ha vuelto a ir la olla. Este post iba en realidad de la falta de preparación y de honestidad, y de la, a mi juicio, consiguiente profesionalización de la clase política, me lo ha sugerido esta mañana S. McCoy en El Confidencial cuando decía:
“El fenómeno de peronización de un país requiere, como acabamos de apuntar, primero un distanciamiento de las instituciones administrativas del fin para el que han sido creadas. Su caldo de cultivo ideal es la profesionalización de la política en contraste de la política de buenos profesionales que hicieron, por poner un ejemplo, la Transición en España. Implica el triunfo de la mediocridad, de las carcasas vacías, de esos loros repetidores de clichés demagógicos que terminan por anidar en los bosques del resto de los poderes del Estado esparciendo su vomitivo guano de partidismo y corrupción. Pero necesita igualmente de un anestesiamiento, perdón por el palabro, de todos los llamados a censurar y detener, con su voto, la generalización de la mala praxis pública: los sufridos españoles...”
El caso es que McCoy me ha llevado a preguntarme qué es lo que ha pasado para que nos veamos abocados a una argentinización no sé si ineludible, qué fue lo que se dio antes entre nuestros políticos para que llegaran a profesionalizarse, si la falta de preparación, las tendencias liberticidas o la falta de honradez encarnada en la mutación de su escala de valores, tres notas muy características de los políticos patrios, especialmente de los que se dicen progresistas, feministas y solidarios.
Y con pocas vacilaciones he llegado a la conclusión de que lo esencial es la falta de preparación. La gente que hizo la transición, con escasísimas excepciones, no eran políticos profesionales, eran profesionales que hicieron política, y todavía se critica que Martín Villa lleve toda su vida subido a un coche oficial o que Suárez tuviera que ser auxiliado como expresidente por los presupuestos de estado (gracias a una ley del gobierno de González que facilita despacho, vehículos, seguridad y asignación a los presidentes en cesantía). Los demás políticos ucedeos volvieron a su cátedra, a su despacho o a dirigir empresas ganando más dinero que como políticos. Y no sólo los de UCD, también os del PSOE tenían profesiones variablemente lucrativas (también con excepciones) antes de dedicarse a la política.
Pero ahora eso no suele pasar, y de hecho, pasa poco. Ahí tenemos los ejemplos de los estudios de Pepiño, el currículo de Aido o el pasado de Montilla. Y es que no puede ser de otra forma. Para legar a algo en el gobierno hay que ser algo en el partido, y llegar a eso exige esfuerzo y dedicación plena. Los mas avispados estudian (aunque ahora no haya que ser especialmente brillante para sacar una carrera), después de eso, para mantenerse en la militancia además de sectario hay que ser casi mudo. Todo aquél que además de militar en un partido se dedica profesionalmente a otra cosa tiene que sufrir, antes o después, un bajonazo casual o intencionado en sus propios intereses por parte de un gobierno estatal, autonómico o municipal de su propio partido. Y, claro, se enfada y tiende a criticar la medida que le escuece. Si lo hace, está perdido. Acabó su carrera política. Eso es inaceptable para un militante con aspiraciones.
El militante correcto no puede, en ningún caso, criticar nada del partido. Así que militar exige, por lo pronto, falta de espíritu analítico, inmensa capacidad de mentira o mutismo casi total, y siempre, dedicar todo el tiempo libre a crearse una red de sustento con los demás militantes huyendo de los que apuntan maneras críticas o poco prudentes y a adular a os que están un escalón por encima. Solo así se llegará a mandar algo.
Un mando medio debe apoyar todas os actos del partido acciones. Ciegamente. Sin cuestionarse otras posibilidades. Aunque incluyan apalear a su padre o jurar que eso de decir que hay crisis es cosa de fascistas desestabilizadores. Un cargo medio no puede tener otros intereses que los de su partido y los que de él deriven, ora hacia sí, ora hacia su cuñado. Un cargo medio no cuestiona las decisiones de su partido. Si el militante da vueltas y vueltas a la noria sin saber por qué, el mando dirige esas vueltas sin preguntarse si obtiene agua o no.
En esas condiciones, el militante con aspiraciones no se puede preparar para nada salvo para dirigir algo en el partido. Es ya un profesional de la política. Si llega a pisar moqueta pública, le gusta. En unos meses llega a acostumbrarse a esa vida. La política está muy mal pagada en España y a un empresario, a un profesional, no le compensan las pelas. Alguno hay que tiene verdadera vocación de servicio, que cree que puede hacer mejor la vida de los demás aplicando las ideas que le sugiere su forma de ver la sociedad y renuncia al dinero para intentarlo cuando le ofrecen entrar en los partidos por arriba, pero otros, los auténticos militantes, los que necesitan de esos pocos profesionales brillantes para dar imagen de modernidad, se ponen a ingresar mas pasta de la que nunca pudieron imaginar. Esos son los que mas mandan, los que no están dispuestos a bajarse del coche oficial y volver a la sede local o a dar clases al instituto o a cuidar los parques de su ayuntamiento. Esos individuos de escasa o nula preparación, de escasa o nula experiencia en la vida real, definen la ideología, los mensajes y el agit-prop del partido (que todo eso es lo mismo). Son como los curas cuando hablan de sexo, que sólo lo entienden de oídas mientras creen saberlo todo, y harán lo posible por mantenerse en el púlpito teniendo a mano el cepillo. Cualquier cosa para no volver a pagarse la gasolina de su coche o subirse al metro.En el momento en que se pisa por vez primera la moqueta se produce el cambio en su escala de valores. Lo importante ya no es lo que la gente necesita, sino lo que la gente desea. El gobierno ya no sabe solucionar problemas, sólo dar subvenciones. Se mueven a golpe de encuestas de tal manera que son materialmente incapaces de hacer nada impopular. Pero esa forma de actuar, lo saben, tiene las patas cortas. Antes o después la gente parará de dejarse engañar y pedirá cuentas. No porque de repente nos broten verdes capacidades críticas o analíticas, sino porque cuando las cosas empiezan a ir mal, los votantes se mosquean y culpan a alguien. Los políticos deben preparar las cosas para que no haya discrepancias. Ellos, que tanto sufrieron cuando no atinaban a aprobar la química o la historia, eliminan de la enseñanza cualquier recompensa al esfuerzo o al éxito asociándolo con falta de igualdad o solidaridad, introducen mensajes y procedimientos que penalizan a crítica y, así, van creando un campo abonado para que florezca cualquier tipo de demagogia.
Y es cuando todo empieza a ir mal cuando aparecen las tendencias liberticidas que los profesionales de la cosa han estado preparando mientras no se notaban los errores. La demagogia funciona como un reloj y sus mensajes calan en los votantes. Ya se había empezado a demonizar al discrepante, ahora se le culpa de la crispación, pronto intentarán criminalizarlo. Se había limitado o eliminado el premio al esfuerzo y al éxito, y se empieza a culpar a los triunfadores de los males presentes y se les persigue con palabras y con impuestos confiscatorios. Pronto aparecerán las actitudes violentas y se lanzarán piedras contra las sedes de los partidos rivales, se asaltarán las sedes parlamentarias que no controlen.
El fascismo y la pobreza se hacen los dueños de todo. Todo empezó con la creación de un pueblo con derechos pero sin deberes.
(Nota off topic: he añadido en los links un blog imprescindible para entender el lavado de cerebro que sufrimos. Se lama “la frase progre”. Disfrutadlo, que acabarán prohibiéndolo)

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